La economía precisa corregir el intenso deterioro de la productividad

Debe volver el cambio a un modelo productivo más manufacturero y de intensidad tecnológica, sin despreciar los servicios de valor añadido

La productividad es una de las variables más antipáticas de la economía, pero uno de los motores más potentes del crecimiento y que más consistencia le proporcionan. Su avance constante da lustre a la salud de una economía y es seña de identidad de un modelo productivo robusto, mientras que su descenso alerta de uno decadente que camina a su agotamiento. Llanamente, significa que el valor unitario de la producción (el que hace cada unidad productiva, se trate de fuerza laboral, incorporación tecnológica o capital) crece por encima de su coste, proporcionándole un valor y competitividad crecientes frente a sus competidores, y reportando riqueza adicional a la economía en términos agregados. Su comportamiento depende de la cualificación de los trabajadores, de las inversiones en tecnología y de todos los procesos de gestión. Es, por tanto, complicado hacer una contabilización analítica de la productividad, y la más comúnmente utilizada es la del factor trabajo, que pone en relación producción y empleo.

En los dos últimos años afectados por la pandemia de covid, pero con una evolución iniciada incluso antes, la productividad aparente del factor trabajo ha descendido de forma alarmante, en un proceso de terciarización adicional de la economía que ha provocado un acelerado reparto del empleo, pero en el que se ha estancado el valor de la producción. En concreto, si el número de trabajadores ocupados en España ha recuperado ya el nivel previo a la crisis del covid, la producción real sigue aún un 6,6% por debajo de la registrada a finales de 2019. La pérdida se ha concentrado fundamentalmente en las actividades industriales, que han perdido terreno relativo en el modelo productivo, justo lo contrario de lo que los responsables políticos tenían como objetivo.

La distorsión de las variables en los trimestres más agitados del vaivén de la actividad generado por el covid puede explicar una pequeña parte del fenómeno de deterioro de la productividad. Pero la tendencia se consolida con el paso de los trimestres, y lo hace precisamente en paralelo a un fenómeno que se supone que se ha intensificado con la pandemia, cual es la digitalización de muchas actividades. La economía precisa parar lo antes posible este deterioro de la productividad, que va acompañado de un crecimiento continuo muy significativo de los costes laborales unitarios, en parte impulsados por las políticas gubernamentales, y que cercenan cada mes la competitividad de la economía española. Precisa retomar con firmeza el cambio a un modelo productivo más manufacturero y de intensidad tecnológica, sin despreciar los servicios de valor añadido, para recuperar el ritmo alcista de la productividad, que es clave para sostener en el futuro un estado de bienestar tan generoso como el español.