El Guggenheim saca a la luz el arte de las mujeres del abstracto

El museo bilbaíno exhibe hasta el 27 de febrero obras de artistas que siguieron y ampliaron esta corriente y cuyo trabajo tuvo escaso reconocimiento

Obras de Claire Falkenstein y de Ruth Asawa.
Obras de Claire Falkenstein y de Ruth Asawa.

El Museo Guggenheim de Bilbao saca a la luz la aportación de las mujeres artistas a la abstracción a lo largo del siglo XX y hasta la década de los años ochenta, aunque alguna fue pionera ya en el siglo anterior. Es el caso de Georgiana Houghton, que en la década de 1860 comienza a ilustrar el concepto del simbolismo sagrado y el espiritualismo, algo en boga en aquella época y que constituyó el camino hacia la abstracción. Y a pesar de que no estuvieron reconocidas ni se las consideró en su momento, las mujeres fueron precursoras e inventaron una abstracción no conceptualizada. De ello da cuenta la exposición Mujeres de la abstracción, patrocinada por la Fundación BBVA y que se exhibe en la citada pinacoteca hasta el 27 de febrero de 2022.

Al margen del valor artístico de las obras expuestas, lo que reivindica la muestra es la invisibilidad de las artistas, aunque muchas de ellas no buscaron ese reconocimiento. Algunas, como Sonia Delaunay-Terk, que tuvo una casa de costura en París, adoptaron una posición no marcada por el género, mientras otras, como Judy Chicago, propugnaron un arte femenino.

Porque el estudio de la abstracción ha estado limitado a la pintura, una de las razones por las cuales las mujeres han sido excluidas, dado que ese enfoque moderno rechazaba las dimensiones espiritualistas, ornamentales y performativas de la abstracción. “Lo que deseamos es mostrar la visibilidad de artistas de diferentes tiempos, momentos y lugares, que no tuvieron ni la formación ni el reconocimiento, ya que tampoco lo buscaban, de los varones”, apuntó una de las comisarias, Christine Macel, curator del Centro Pompidou.

Uno de los casos, así lo destacó una de las comisarias de la muestra, Lekha Hileman Waitoller, curator del Guggenheim, es el de la artista catalana Aurèlia Muñoz, fallecida en 2011, que a partir de los años 50 y hasta los 80 acometió “obras importantes, pero consideradas de entorno doméstico, y no tuvo un destacado reconocimiento”. Aquí lo tiene. En uno de los pasillos, por ejemplo, luce una ornamental instalación de papel realizada a mano, “una especie de composición japonesa de origami que convive con el mar Mediterráneo”.

Fue una artista que elevó a escultura el textil, como las piezas Fragmento de palmera (1976) o Ente Aéreo (1976), otro de los temas en los que ahonda esta exposición, disciplina en la que trabajaron algunas de las artistas a partir de los años sesenta, fundamentalmente en Europa del Este y Estados Unidos, al crear obras con tejidos. 

A lo largo del recorrido se ensalza también el trabajo de la neoyorquina Lee Krasner, artista que se inició a edad temprana en la pintura, pero cuya carrera quedó eclipsada tras casarse en 1945 con Jackson Pollock, al que ayudó a promocionar su obra, dado que ella ya era una artista conocida. Ambos vivieron en una granja en Long Island, cuyo paisaje le inspiró para su selección de delicadas Pequeñas imágenes. A pesar de ello, tuvo que oír frases como "No necesitamos damas", tal y como le espetó el pintor Barnett Newman en 1950.

Entre esas damas, se encuentran obras de Louise Bourgeois, Esther Ferrer, Elaine de Kooning, Atsuko Tanaka, Eva Hesse, Carmen Herrera o Saloua Raouda Choucair. 

Con esta muestra, el Guggenheim Bilbao cierra un bloque de exposiciones dedicado a las mujeres, que comenzó el 17 de septiembre con la inauguración de Alice Neel: las personas primero

 

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