Evergrande es todos los males de China en uno

Xi Jinping quiere digitalizar la economía bajo su control absoluto, a costa del crecimiento inmediato

El ex primer ministro Wen Jiabao calificó la economía china de “inestable, dese­quilibrada, descoordinada e insostenible” hace 14 años. No se sabe si previó que China se vería un día acosada por una enorme burbuja inmobiliaria, un exceso de inversión, una acumulación excesiva de deuda y un sistema crediticio tambaleante, pero se ha hecho realidad. Evergrande está desde hace tiempo en la intersección de estos desequilibrios. Al ponerla en situación de quiebra, Xi Jinping demuestra que quiere agarrar el toro por los cuernos. A medida que la economía de burbuja se desinfle, será sustituida por un nuevo sistema económico bajo su mando absoluto.

Antes de la crisis financiera mundial, el crecimiento de China estuvo impulsado por la subida de las exportaciones y la correspondiente inversión en fábricas y manufacturas. Tras la quiebra de Leh­man Brothers, Pekín lanzó un plan de estímulo masivo, financiado con dinero prestado. En los años siguientes, la economía estuvo impulsada por dosis cada vez mayores de inversión y crédito. El inmobiliario fue el centro de este auge. Tras sobrevivir a numerosos reveses, se ganó la reputación de invencible. Como decía el título de un libro reciente, era la “burbuja que nunca estalla”.

A diferencia de la mayoría de las autoridades, Xi no se dejó seducir. Los auges inmobiliarios proporcionan un crecimiento de baja calidad o “ficticio”, dijo. En los últimos años, el retorno de las inversiones en China se ha desplomado y el crecimiento de la productividad (producción per cápita) ha caído a la mitad de su nivel de 2007. Xi también tachó el auge inmobiliario de divisor social. El desarrollo de la tierra alimentó la corrupción pública, que Xi intenta erradicar. La subida de la vivienda agravó la desigualdad –la mitad de los multimillonarios del sector del mundo proceden de China– y excluyó a los más jóvenes. Millones de inmuebles propiedad de inversores se han quedado vacíos.

La pandemia hizo que el mercado se disparara. Pekín publicó “tres líneas rojas” que limitaban el uso del apalancamiento, y que acabaron llevando Evergrande al borde del abismo. Las ventas de viviendas se acaban de desplomar. Es un movimiento arriesgado. El valor del stock de viviendas es de 3,7 veces el PIB, según Stewart Paterson, de Capital Dialectics. Gran parte de la deuda china está garantizada con inmuebles. Casi un tercio de la actividad está expuesta, directa o indirectamente, al sector.

Ningún país ha desinflado nunca una burbuja inmobiliaria sin experimentar una grave caída, a menudo acompañada de una crisis financiera. Existen paralelismos con Japón. El valor total de las propiedades chinas (respecto al PIB) está a la par con los bienes raíces nipones en su pico de 1990. El crecimiento del crédito en China ha sido más extremo que el de Japón en los ochenta. Después de que Tokio subiera los tipos para reventar el frenesí especulativo, hubo una grave crisis bancaria y la economía sufrió una “década perdida”. Al tiempo, la caída de la población activa exacerbó las fuerzas deflacionarias desatadas por el colapso de la burbuja. China afronta una situación similar.

Pero Pekín cree que está mejor situada. Es probable que las promotoras controladas por el Estado y los gobiernos locales se hagan cargo de los proyectos de vivienda de Evergrande y otras promotoras privadas. La ley de contratos no determinará cómo se resuelven las deudas incobrables: los préstamos morosos se repartirán por el opaco sistema crediticio chino y las autoridades decidirán quién absorbe las pérdidas. A ello ayudará que el país tenga una exposición relativamente limitada a los acreedores extranjeros.

Es casi seguro que la economía se ralentizará a medida que la burbuja suelte aire. A menudo se dice que la legitimidad del Gobierno del Partido Comunista depende de que aporte crecimiento. Pero el secretario general está más interesado en la “resistencia” y la “prosperidad común” que en los objetivos del PIB. Su principal objetivo no es el económico, sino el “rejuvenecimiento” nacional. Xi está dispuesto a sacrificar el crecimiento inmediato. Su posición es lo suficientemente fuerte como para enfrentarse a los intereses creados que más sufrirán con el colapso.

Además, tiene una visión de futuro. Su plan China 2025 pretende establecer el predominio chino en tecnologías como la inteligencia artificial o la robótica. Un sistema de créditos sociales complementará el crédito convencional. El yuan digital oficial complementará, y quizá incluso sustituya, al dinero convencional. La estructura del país se volverá más digital. El big data, alimentado por internet y los cientos de millones de cámaras públicas, apoyará la sociedad de la vigilancia de Xi.

Los inversores occidentales tienen mucho que procesar. El impacto inmediato de la caída del inmobiliario es deflacionario. El cambio reducirá la demanda mundial de materias primas. Si el banco central imprime dinero para aliviar los problemas de deuda, como parece probable, el yuan podría sufrir en las Bolsas extranjeras. La fuga de capitales podría ejercer más presión sobre él, pero si China arroja al resto del mundo sus excedentes de mercancías baratas, las tensiones comerciales volverán a surgir.

El país se está volviendo más peligroso para los inversores extranjeros. El reciente trato de Pekín a las firmas tecnológicas y educativas cotizadas demuestra que todas las empresas deben anteponer los intereses del Estado a los de los accionistas. A medida que afloren los problemas de endeudamiento, los acreedores extranjeros se encontrarán a sí mismos al final de la fila. La semana pasada, cuando Evergrande dejó de pagar a sus acreedores extranjeros, se informó de que se habían renegociado los intereses de su deuda interna.

El periodo de “reforma y apertura” que comenzó con Deng Xiaoping revivió el “Sueño de China”, la vieja idea de que la demanda de la enorme población del país generaría grandes beneficios para los extranjeros. Ese sueño ha muerto. En su lugar, Xi habla del “Sueño Chino”, un proyecto colectivista que exalta el Estado-nación y sitúa al partido en el control total. El socialismo con características chinas empieza a parecerse mucho al comunismo de antaño. Solo que esta vez su tecnología es más avanzada.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías