Un 'tapering' posible en EEUU, pero impensable todavía en Europa

La atención de los mercados internacionales estará fija hoy en la reunión de banqueros centrales de Jackson Hole, en Wyoming, Estados Unidos, y muy especialmente en lo que pueda decir el presidente de la FED, Jerome Powell, sobre el denominado tapering, la retirada de los estímulos monetarios a la economía estadounidense. Pese a que no parece probable que Powell haga un anuncio concreto sobre el tema, los rumores sobre una inminente puesta en marcha de esta medida, quizá incluso para antes de final de año, llevan meses sobrevolando –y preocupando– a unos mercados que desde la crisis financiera de 2008 se han acostumbrado a operar en un entorno altamente confortable de política monetaria, más protegido y reforzado aún tras la irrupción del Covid-19.

En el caso de EE UU, el Gobierno puso en marcha en 2020 una histórica inyección masiva de fondos para tratar de limitar el impacto económico provocado por las medidas de contención de la pandemia. Además de fijar el tipo de interés entre el 0% y el 0,25% para rebajar los costes de financiación, la Reserva Federal activó un programa de compra de bonos del Tesoro y titulizaciones hipotecarias por valor de unos 100.000 millones de euros al mes. Sin embargo, la rápida recuperación de la economía y la preocupación por la creciente subida de los precios han abierto el debate en el organismo sobre el riesgo de un recalentamiento por exceso de estímulos y sobre la conveniencia de comenzar a reducir la compra de deuda como primer paso para abordar más adelante un alza de los tipos de interés.

Sea cual sea la agenda que maneje Powell, un hipotético tapering no afectará únicamente a la economía estadounidense e incidirá en la rentabilidad del bono del país, sino que provocará ondas expansivas que afectarán a la deuda de otras economías, especialmente las emergentes, aunque sus finanzas están hoy más saneadas que en crisis anteriores y mejor preparadas para un terremoto con epicentro en la Fed. También otros bancos centrales, como el BCE, sentirán la presión del giro en la política monetaria de la primera economía del mundo, pese a que en Fráncfort no haya un debate siquiera sobre la conveniencia de adoptar ya una medida similar. La inestabilidad de un horizonte sanitario marcado por la variante Delta del Covid-19 y el retraso en la adjudicación de los fondos de ayuda para la recuperación económica son de momento las grandes prioridades europeas y hacen impensable plantear una retirada de estímulos que a día de hoy sería tan precipitada como errónea.