España y Portugal, vecindad económica… ¿y estratégica?

Una integración más fuerte entre ambos elevaría su peso en la UE y beneficiaría a áreas como el transporte o la sanidad

Siempre se ha dicho que España y Portugal son dos países que han vivido de espaldas el uno del otro, a pesar de la vecindad y los lazos históricos que nos unen. Sin embargo, un análisis de las relaciones comerciales que mantienen los dos Estados puede llevarnos a conclusiones bien distintas, e incluso puede darnos pie a reflexionar sobre las consecuencias positivas que la mutua cooperación en otros ámbitos institucionales podría reportar a sus sociedades.

Quizás no todo el mundo sepa que el monto de la exportación española a Portugal supera ampliamente al realizado con todos los países latinoamericanos. Hablamos, con datos relativos a 2019, de unas ventas de más de 22.000 millones de euros frente a los 17.000, aproximadamente, que representan los flujos de mercancías de España a América Latina, y eso que la diferencia de población es patente: algo más de 10 millones habitantes en el caso de Portugal frente a los más de 600 millones del subcontinente americano, incluyendo el Caribe.

Todo ello da como resultado que más del 30% de los productos importados por nuestro vecino proceden de nuestras empresas, al tiempo que sus ventas a España representan el 23% de sus exportaciones, lo que convierte a nuestro país en su primer mercado exterior. Además, las empresas españolas mantienen un stock de inversión directa en el país cercano a los 20.000 millones de euros, lo que prácticamente representa el 4% del total de la inversión española en el mundo. Esta cifra tiene su réplica en los más de 3.000 millones de euros que supone el stock de IED portuguesa en nuestro país.

Si descendemos con el análisis hasta el nivel micro, lo que se aprecia también es una importante presencia de las empresas de uno y otro país en los mercados del vecino. Los últimos datos disponibles, procedentes del ICEX, nos hablan de más de 1.200 empresas españolas localizadas en Portugal, contando aquellas que pueden pertenecer a un mismo grupo, mientras que las empresas portuguesas presentes en nuestro mercado ascienden a algo menos de 400. Asimismo, de los diez principales mercados exteriores, los dos países comparten seis, mientras que las diferencias son más apreciables en aquellos ajenos a la zona euro, donde cada país cuenta con una mayor penetración como consecuencia de lazos culturales o políticos.

Por tanto, en vista de este elevado grado de interrelación económica, quizás cabría preguntarse si no sería oportuno avanzar además hacia una mayor integración o, al menos, coordinación en el plano institucional. No nos referimos a recuperar viejas, y quizá imposibles, ideas de unificación política, sino a avanzar hacia un plano de colaboración más estrecha y de índole estratégica, que permitiese a los dos países ganar fuerza e influencia tanto en el contexto europeo como global.

Sin ser capaces de adelantar en qué términos y de qué manera podría cristalizar esa cooperación, dado que no nos compete ese papel, el hecho de compartir una misma demarcación geográfica, y periférica, respecto del conjunto de la UE, además de necesidades y desafíos económicos, financieros y sociales muy parecidos, justificaría explorar esta posibilidad.

De alguna manera, la realidad económica que describen los datos expuestos ya orienta algunos puntos hacia los que esa cooperación de la que hablamos podría encaminarse. Nos referimos, por ejemplo, al desarrollo de infraestructuras de transporte, y en especial al ferrocarril, con el fin de dotar de mayor eficiencia a los movimientos de personas y mercancías entre los dos países, al tiempo que vertebrar la conexión con el resto de Europa. Otro ámbito en el que la posible estrategia conjunta podría sustanciarse sería el de la cooperación en asuntos relativos a emergencias ambientales o sanitarias, donde el aspecto frontera resta eficacia y eleva los costes de intervención, o la armonización de sistemas educativos y títulos académicos en ambos lados de la frontera con el fin de nutrir las necesidades de talento de las empresas de uno y otro país.

Por otra parte, la relación privilegiada que los dos países mantienen con el Mercosur, una región que, como vimos, supera los 600 millones de habitantes, les confiere un atractivo indiscutible de cara erigirse en polos de atracción de inversiones internacionales, bien procedentes de la UE o de otros lugares del mundo que desean posicionarse en ese continente. He aquí, pues, otra de las razones para presentar al exterior una estrategia común orientada a la creación de incentivos para la captación de inversiones.

En el contexto de la UE, una estrategia coordinada podría reforzar la posición de los dos países en su seno de cara a la gestión y asignación presupuestarias, y les dotaría de un mayor peso e influencia en su seno a la hora de defender sus intereses en campos tan importantes como la política agraria común o la nueva agenda industrial, dos de los ejes principales para el desarrollo comunitario en los próximos años.

Asimismo, la llegada de los fondos de recuperación, que deberán contribuir a relanzar las economías de los 27 tras la pandemia, puede representar también una gran oportunidad para que los Gobiernos de los dos países exploren la posibilidad de presentar proyectos comunes en aquellos ámbitos que se consideran prioritarios, como la mejora de las comunicaciones, la innovación tecnológica o la sostenibilidad. Todo ello con la vista puesta en mejorar el potencial competitivo de sus respectivos tejidos productivos, ensanchar su base exportadora y escalar posiciones en los mercados globales.

Duarte Monteiro es Director regional de Ebury Sur de Europa