El Casco, la grapadora española que ha conquistado el escritorio de Putin

Los orígenes de la compañía se remontan a 1920 en Eíbar (Guipúzcoa)

Su presencia internacional supera los 40 países

El Casco
Varios artículos de El Casco con acabado en oro.

Prestigiosas publicaciones de todo el mundo han alabado sus virtudes. La famosa prescriptora Gillian de Bono (Financial Times) llegó a decir al utilizarla que nunca había sentido tanta satisfacción al juntar papeles. El modelo M5 de El Casco ha formado parte, incluso, de exposiciones en museos de arte y diseño. De hecho, es uno de los indispensables del diseño industrial en el ámbito cotidiano del catálogo del MoMa de Nueva York.

Pero ¿qué hay detrás de esta icónica grapadora que ha conquistado las mesas de dignatarios de la talla de Vladímir Putin o Andrés Pastrana y de ejecutivos de dentro y fuera de España?

Para conocer su historia hay que remontarse a 1920, al municipio guipuzcoano de Eíbar. Allí, Juan Solozabal Mendive y Juan Olave Bilbao, empleados de la empresa Orbea, fabricante en aquellos tiempos de armas de fuego y ahora de bicicletas, cascos y ropa de ciclismo, decidieron emprender la aventura de crear una empresa nueva dedicada a la fabricación de revólveres de gran calidad y fundaron la firma Olave Solozabal.

Los primeros productos se agruparon bajo el paraguas de tres marcas diferentes: El Casco, Duque y Tejón, y cogieron gran popularidad por su “calidad extra”, tal y como reflejan publicaciones de la época.

No fue hasta años más tarde, en 1932, cuando comenzaron a fabricar los primeros artículos de papelería aprovechando la maquinaria que ya empleaban para la producción y control de los revólveres: taladros, barrenos, tornos, fresadoras, prensas, escariadoras, copiadoras, pulidoras y baños galvánicos.

El Casco
Afilalápices.

Todo parecía marchar sobre ruedas, cuando, con la llegada de la Guerra Civil, la Legión Cóndor bombardea la localidad en 1937 y la empresa queda destruida en su totalidad. “Sabían que era un punto clave por la industria armamentística que albergaba Eíbar en aquellos años”, puntualiza Jon Solazabal, gerente de la compañía y nieto de Juan Solozabal. En ese momento salvaron las máquinas que pudieron para volver a comenzar cuando la contienda lo permitiera.

Finalmente, reinician la actividad en 1940 en una nueva localización pero dentro del mismo Eíbar. No sin esfuerzo consiguieron en un breve espacio de tiempo reeditar la gama de productos y recuperar el liderazgo del mercado nacional. El éxito fue tal que esa misma década, en el año 1947, la fábrica se quedó pequeña y apostaron por una tercera ubicación de 8.000 m2 sin salir de la ciudad.

El crecimiento continuó, apoyado en el proteccionismo de Franco, que aunque no dejaba mucha alternativa a la exportación, sí apostaba por el producto hecho en España, lo que beneficiaba, sin duda, a la compañía. En los años sesenta llegaron a la cifra de 200 empleados. “Eran otros tiempos, cuando el trabajo era mucho más manual que ahora”, recuerda Solazabal.

Pero con la muerte de Franco en los setenta, España comienza a abrirse al mundo y llega la feroz competencia europea, lo que, unido a una terrible inflación y la crisis del petróleo, hace tambalear las cuentas de la compañía.

Una vez más los Olave Solozabal logran recuperarse y seguir la actividad, pero en los noventa, una nueve crisis financiera golpea su actividad. De nuevo, consiguieron levantar el vuelo, pero con el estallido de la burbuja inmobiliaria, en 2008, los apuros económicos resultan insalvables y en 2014 la empresa entra en concurso de acreedores.

Tras el conscurso de acreedores, la propuesta más interesante fue la de Bayrak Vedat porque conservaba la marca y recuperaba los puestos de trabajo

Jon Solozabal, gerente de El Casco

A su salvación acude Bayrak Vedat, de origen turco, cliente desde 2005. “Hubo varias propuestas, pero la suya fue la que estimamos más interesante al mantener la marca y, sobre todo, recuperar los puestos de trabajo”, reconoce Jon Solozabal, que permanece como gerente a petición de Vedat, y continúa trabajando con el mismo mimo y entusiasmo en los productos que salen de la fábrica de El Casco.

Radiografía de la compañía

El Casco
Fábrica actual de El Casco, en Elgeta (Guipúzcoa). Fue construida en 2010.

Internacionalización. La gran apuesta por el mercado internacional llega cuando Jon Solozabal toma las riendas de la compañía en 1990. “Visitábamos en torno a 10 ferias al año: Fráncfort, Nueva York, Milán, Inglaterra...”, recuerda. Sus productos se sitúan en papelerías de alta gama y su nivel de exportación llega al 40%, con presencia en más de 40 países.

Facturación. Sus ingresos actuales se sitúan en los dos millones de euros. En 2019 crecieron cerca de un 35%, y en 2020, a pesar del Covid, aumentaron sus ventas un 6%. Este año esperan que sus resultados se incrementen un 20%. La firma emplea a una veintena de trabajadores.

Digitalización. La web de El Casco se ha renovado tres veces, la última hace apenas un año con la intención de apostar más por el mercado online. Hoy este canal representa el 30% de sus ventas.

Divisiones. El negocio de la compañía se divide en dos líneas: los productos icónicos de papelería y los baños galvánicos para artículos de terceros (perfumería y automoción). Cada división genera el 50% de los ingresos.

Baños galvánicos para coches y perfumes de lujo

Baños galvánicos El Casco
Área de baños galvánicos con sistema de depuración de aguas.

“Hacer de la necesidad virtud y utilizar y potenciar lo que sabes hacer”. Ese es el lema de Jon Solozabal y es algo que se palpa en la filosofía de la compañía a lo largo de los años. De nacer como fábrica de armas a convertirse en una marca de referencia en artículos de papelería de lujo y a crear una división especializa en baños galvánicos.

“La maquinaría y los conocimientos ya se tenían y lo que hacía falta era reinventarse para buscar nuevos nichos en los que seguir creciendo”, señala Solozobal. Los primeros técnicos en el desarrollo de grapadoras consideraban que “una grapa debería de desfilar por la grapadora con la misma precisión que una bala por el cañón de un revólver”.

De ahí la calidad y perfección de sus productos. “Hay M5 (el icónico modelo de grapadora) de los setenta y ochenta que siguen funcionando a la perfección”, asegura.

Con la crisis del petróleo de finales de los setenta, la compañía vuelve a evolucionar y da paso a una nueva generación de productos de la más alta calidad, con acabados en oro de 23,4 kilates. Para ello se mejoraron los procesos productivos con líneas de galvanotecnia automatizadas que garantizaban acabados similares a los obtenidos en joyería.

Además, ampliaron la gama de artículos: tijeras, afilalápices, tinteros, cortapuros, abrecartas, ceniceros, portacelos, secantes, tarjeteros de sobremesa...

A finales de 2010, la empresa trasladó sus instalaciones a una moderna planta en Elgeta para optimizar los procesos y mejorar aún más sus productos, conservando su fiabilidad mecánica y estética. Un año más tarde aprovechan esa maquinaria para realizar baños galvánicos para terceros, una línea de negocio que se ha intensificado en la última etapa de la compañía, con la entrada en sectores de lujo, como la perfumería o la automoción.

“Se trata de baños excelentes, con acabados de altísima calidad”, dice Solozabal, que insiste en que una empresa siempre debe saber cuáles son sus puntos fuertes y explotarlos, reinventándose constantemente.

Normas
Entra en El País para participar