Es probable que China deje de ser la exportadora de deflación

Pekín ha implantado medidas contra el aumento de precios de las materias primas y la especulación en los mercados

La economía china es la segunda más grande del mundo y posiblemente llegue a ser la mayor para finales de esta década. Pero, tras la interrupción causada por la pandemia y posterior rápida recuperación, su tasa de crecimiento probablemente siga disminuyendo la próxima década. La tendencia a la baja del crecimiento económico de China puede agudizarse a partir de 2030, cuando sus emisiones de CO2 estén a punto de alcanzar máximos e implante más medidas para eliminar la generación de energía intensiva en carbono. En concreto, esperamos una tasa de crecimiento anual en China del 4,3% para 2031, frente a 6% de 2019.

De momento el índice de precios de fabricación en China ha seguido aumentando en mayo, hasta los niveles de septiembre de 2008. Pero la inflación industrial puede haber alcanzado ya máximo. Hay ausencia de fuerte demanda de los consumidores y la transferencia de precios al consumo es bastante limitada. De manera que hemos revisado a la baja la previsión de inflación general en China para 2021 de 1,7% a 1,2% y mantenido la subyacente (sin precios de la energía ni alimentos no elaborados) en 1,4 %. Así que no esperamos un impacto en la política monetaria de su banco central, ya endurecida por el énfasis en la normalización. Aunque la divergencia entre precios probablemente perjudique los márgenes de las empresas relacionadas con consumo, el Gobierno chino ha implantado medidas que intentan frenar el aumento de precios en algunas materias primas, como el impulso de la oferta doméstica de acero y desalentar la especulación en los mercados. Queda por ver si puede tener impacto duradero.

Al respecto, hay que tener en cuenta que con la adhesión de China a la Organización Mundial del Comercio en 2001, 500 millones de trabajadores de bajo coste se agregaron a la mano de obra mundial. Ahora se está reduciendo el dividendo demográfico del que ha disfrutado desde que comenzó a abrirse al mundo en la década de 1980. A la menor abundancia de mano de obra se añade cierta desglobalización, con crecientes costes laborales. Además, China ya ha recogido los frutos de las reformas institucionales que transformaron su economía de planificación en una economía impulsada en gran medida por el mercado. Las reformas adicionales pueden ser mucho más difíciles de implantar. A ello se añade que ya ha cosechado el rápido aumento de productividad de ponerse al día en el uso de tecnologías existentes. Para mejorar más la productividad, tendrá que depender de I+D original, lo que suele ser mucho más lento. Por último, pero no menos importante, la competencia estratégica ha llevado a China al deterioro de las relaciones con EEUU (y con algunos aliados).

De hecho, en marzo de 2021, China aprobó el 14º plan quinquenal 2021-2026 y discutió planes estratégicos hasta 2035, con dos pilares de especial impacto. El primero es un énfasis mucho mayor del Gobierno en tecnología e innovación. El objetivo es un mayor grado de autosuficiencia en tecnologías clave, como semiconductores, la fórmula definitiva del aumento de la productividad, destinado a ser la principal fuente de su crecimiento los próximos años. Más aún, las tensiones con EEUU y la capacidad y voluntad de este de utilizar sus ventajas tecnológicas contra China proporcionan al gigante asiático un incentivo adicional, pues es probable que la rivalidad tecnológica entre ambas potencias persista a largo plazo. De manera que aunque el 14º plan quinquenal no establece un objetivo de crecimiento promedio del PIB, sí ha determinado por primera vez un objetivo de crecimiento del gasto en I+D en más de 7% anual. Además China está invirtiendo fuertemente en capital humano. En 2016 ya hubo 1,76 millones de titulados en ciencias e ingeniería, más del doble que en EE UU y la UE, y más de cuatro veces que a principios de este milenio.

Un segundo pilar es la transición hacia una economía más verde, como indica la promesa del presidente Xi Jinping de lograr la neutralidad en las emisiones de carbono para 2060. Requerirá un cambio masivo y revisión de su sector energético. La correspondiente revolución energética y fuerte impulso a la innovación pueden ser catalizadores de la posición de liderazgo de China en energía eólica y solar.

Al mismo tiempo la estructura de su economía sigue cambiando. Por la demanda, es probable que el consumo de los hogares gane peso en relación con la inversión en capital fijo y las exportaciones netas. Esta expansión del consumo vendrá impulsada principalmente por el aumento de los ingresos per cápita y de la clase media. El rápido envejecimiento de la sociedad china también puede desempeñar un papel, ya que una mayor proporción de la población está pasando de ser ahorrador neto a consumidor neto con la jubilación. Además, la estrategia establecida por el gobierno chino a mediados de 2020, que pone especial énfasis en la demanda interna, puede catalizar esta tendencia.

Estos factores estructurales pueden cambiar la dinámica de precios a largo plazo en China y la inflación solo aumentar moderadamente los próximos diez años, para situarse en 2031 en 3,1%, en comparación con un promedio de 1,9% las dos décadas anteriores, con implicaciones para el resto del mundo. En realidad es probable que China, como mínimo, deje en el futuro de ser la exportadora de deflación.

Dong Chen es Economista de Pictet WM