La velocidad del plan de recuperación y de las reformas

Los cambios fiscales apuntan a parcheos en lugar de a un plan integral estimulador de la actividad

El Plan Nacional de Recuperación y Resiliencia lleva casi un año completo deambulando por las mentes de los gestores de la política económica, justo desde que la Unión Europea aprobó un paquete de estímulo presupuestario de gran envergadura para recuperar las economías tras el Covid y hacerlo de forma simétrica en todo el territorio comunitario. Un conjunto de proyectos de inversión financiados en buena parte con dinero procedente de la Unión Europea, pero complementado con recursos públicos y privados nacionales para transformar la economía, hacerla más resiliente a las crisis y que debería ir acompañado de una serie de reformas capitales para explotar el crecimiento potencial de la economía española.

El presidente del Gobierno anunció ayer que en las próximas semanas verá la luz tal vasto proyecto de inversiones y de reformas, aunque todo parece indicar que aquellas de más relevancia tanto sobre los administrados como sobre el crecimiento económico deberán esperar una temporada más. La laboral, la fiscal (cuya comisión preparatoria se anunció ayer) y la que afecta a las pensiones no están listas, pese a llevar varios meses dándoles vueltas, lo que puede provocar un retraso similar en la toma de decisiones capitales por parte de los agentes económicos, especialmente las que puedan afectar a las inversiones y al consumo privado.

La economía española lleva un retraso cíclico considerable respecto a los países centrales de la Unión por la naturaleza de su sistema productivo, muy condicionado por la movilidad, aunque el avance del plan de inmunización de la población camina al mismo ritmo de los vecinos. Pese a que el Gobierno ya ha rebajado la euforia de sus predicciones económicas, y no ha dispuesto los planes de inversión cuya financiación europea proyectaba anticipar con emisiones del Tesoro, la economía no puede permitirse aplazamientos adicionales de las decisiones, porque ello supone añadir estrés adicional, incrementando los colectivos de empresas y sectores irrecuperables cada mes que pasa.

Por supuesto que los planes de inversión y las reformas tienen que caminar de la mano; pero no todo el futuro de la economía está en manos del plan gubernamental, puesto que hay infinidad de empresas que tienen futuro con sus propias fuerzas si se despejan las incertidumbres y se hacen las reformas pertinentes en materia laboral o fiscal, y que no penalicen ni la inversión ni la contratación ni el consumo. Ese debe ser, en todo caso, el norte de la reforma fiscal, pero que, a juzgar por las indicaciones de la titular del Ministerio de Hacienda, apunta primero a reduccionistas parcheos en los ingresos a cargo de grandes empresas y rentas y patrimonio elevados, antes que a un plan integral estimulador de la actividad.