Las preocupantes dependencias del sector español de la automoción

Las factorías siguen pendientes de las decisiones extramuros sobre su carga de trabajo

Los datos de producción de vehículos en España que se acaban de conocer no hacen más que confirmar la situación dramática que vive la economía, en general, y uno de los principales sectores exportadores en particular, lastrado con dureza por la pesada crisis derivada de la pandemia del Covid-19 y unos confinamientos que llegaron incluso a paralizar plantas. La producción española de vehículos cayó un 19,4% en 2020 en comparación con el año anterior, hasta 2,26 millones de unidades, pese a la subida registrada en diciembre por la demanda de los mercados europeos. Según Anfac, se han dejado de fabricar más de 550.000 vehículos en el país frente a 2019. El resultado puede servir de consuelo porque la cifra es menor que la inicialmente prevista por la propia patronal de fabricantes, que en abril y en pleno confinamiento general calculaba la pérdida de 700.000 coches, lo que hubiera supuesto volver al escenario productivo de los “peores años” de la anterior crisis económica, cuando en 2012 la producción bajó a 1,97 millones de unidades.

El factor clave de esta ligera mejora sobre la previsión inicial es la mejor evolución de los mercados alemán, francés, italiano, británico y el creciente turco, a pesar de que –a excepción de este–, como en el caso de España, también sufrieron fuertes descensos de ventas, reflejados en notables caídas de sus importaciones desde España. A pesar del alto componente exportador del sector, sin embargo, solo con una recuperación del mercado español, sumada a la evolución al alza de los mercados europeos, logrará mejorar las cuotas este año: uno de cada cuatro vehículos vendidos en España es de fabricación nacional.

La tercera ola del Covid será determinante en la moderada recuperación que esperan los optimistas. Pero, como quiera que sea, sería una evolución coyuntural. Porque el sector se enfrenta a retos y dependencias estructurales de los que depende su futuro. Entre ellos, el principal es la electrificación, el mayor desafío para unas plantas españolas que tienen sus centros de decisión fuera del país. En este sentido, el proceso de reajuste que están acometiendo todas las marcas, incluidas operaciones de consolidación, pone de manifiesto la fragilidad estructural que aqueja a las factorías españolas, siempre pendientes de nueva carga de trabajo decidida extramuros. Al riesgo de perder producción, unido a las dificultades para conseguir otra adicional por la dura competencia de otros destinos, se une el grave defecto de no contar con una estrategia definida de coche eléctrico en el país, que se visualiza en la inexplicable ausencia de proyectos sólidos de producción de baterías. La recuperación de la demanda, doméstica y exterior, no será suficiente para asegurar el vigor en el futuro, pese a las ayudas puntuales y los planes de largo nombre y escaso recorrido aprobados por el Gobierno.