Los vicepresidentes mandan, a falta de convenciones

Las noticias económicas y el protagonismo de los número dos de Trump y Biden marcan la carrera por la presidencia estadounidense

El candidato demócrata, Joe Biden, (en primer plano) y su vicepresidenta, Kamala Harris.
El candidato demócrata, Joe Biden, (en primer plano) y su vicepresidenta, Kamala Harris.

América nunca defrauda en agosto. La prensa política y la económica siempre tienen noticias en abundancia. Más aún en año electoral como 2020, cuando se dilucidará “qué alma de EE UU” triunfa en las elecciones de noviembre. Al factor electoral se añaden las consecuencias sanitarias de la pandemia y la crisis económica consiguiente que, en esta ocasión y por primera vez desde 1918, es mundial.

Un torrente de noticias económicas aparecen el viernes 14 de agosto: las ventas minoristas aumentaron en julio por tercer mes consecutivo (1,2%). Los mercados de valores, Dow Jones, S&P 500 y Nasdaq, siguen en máximos y recuperan los niveles previos a la pandemia.

“Desconexión” es la palabra de moda para definir la divergencia entre la “exuberancia irracional” (Alan Greenspan, expresidente de la Fed) de las Bolsas y la economía de la producción y el consumo. Los índices de producción industrial, productividad y competitividad y confianza de los consumidores de la Universidad de Míchigan son positivos, pero los futuros, incluidos materias primas, commodities, oro, plata y petróleo, abren en un muy ligero negativo. Los inversores y los analistas están pendientes de las negociaciones comerciales entre EE UU y China, cuyo objetivo es avanzar en el cumplimiento del acuerdo comercial firmado por Trump y Xi Jinping en enero.

China dice que crece en PIB en el segundo y tercer trimestre. Aun cuando fuera cierto, sus datos dicen que solo crece la oferta (producción), pero no la demanda (consumo de hogares e inversión empresarial), síntoma de que pudiera tratarse de una recuperación artificial impulsada por la financiación pública china.

La población, sin poder adquisitivo, apenas gasta. En cambio, la mentalidad consumista norteamericana se aviva en cuanto echan leña al fuego: entre abril y julio el Gobierno federal ha destinado 250.000 millones de dólares (25% del PIB español) en ayudas directas a las familias mediante cheques de 600 dólares semanales. Y la Reserva Federal ha seguido proveyendo de financiación sin límites a tipos de interés cero, tanto a los bancos como directamente a empresas, especialmente pymes, paganinis habituales de las crisis, junto a los autónomos.

Hay debate entre economistas en EE UU sobre si las ayudas directas a los parados son positivas o negativas. Los keynesianos dicen que incentivan el consumo y, con este, la producción. Los monetaristas opinan que desincentivan la búsqueda de empleo, porque se vive mejor recibiendo un subsidio sin trabajar. Hasta ahora, la factura la paga el déficit federal, que excluye estados y ayuntamientos y que alcanza 3,2 billones de dólares o tres veces el PIB español. La deuda pública, que incluye los déficits de las tres Administraciones, llega a 19 billones de dólares, el 97% del PIB norteamericano.

En este punto, y cuando quedan tres meses para las elecciones presidenciales, Trump y demócratas difieren en si aprobar o no un nuevo paquete de estímulo directo. Trump sostiene que los demócratas quieren financiar, con esos fondos, iniciativas que les benefician electoralmente como, por ejemplo, insuflar dinero a Correos, que ha sufrido mucho a consecuencia de la competencia de Amazon.

Trump argumenta que el voto por correo beneficia a los demócratas y amenaza con vetar el paquete de ayuda procedente de la Cámara de Representante, con mayoría demócrata. Y los demócratas acusan a Trump de beneficiarse electoralmente de las ayudas directas a los americanos: el presidente “amenaza” con aprobar vía orden ejecutiva otra ayuda semanal de 400 dólares hasta las elecciones del 3 de noviembre.

Y, por vez primera en décadas, no hay convenciones de partidos para consagrar a los “dúos dinámicos electorales”: Biden/Harris vs. Trump/Pence. Serán convenciones chiquititas y a través de internet.

A falta de orgía electoral, los medios ponen el foco en el papel esencial que en estas elecciones juegan los candidatos a vicepresidente. Realmente, este año son importantes. Aportan mucho a los presidenciables, ambos “cojos”. Trump cae bien a pocos (el índice de aprobación de su gestión es la más baja desde que Nixon dimitió en 1974) y Biden no es el candidato ideal para los demócratas: con 79 años sería el presidente de más edad de la historia americana. Si abre la boca, mete la pata (Obama tuvo que salir en su rescate en infinidad de ocasiones) porque es un anciano simpático pero superficial a quien le faltan la gravitas y las auctoritas de Bill Clinton y Barack Obama.

Kamala Harris le aporta la seriedad y el peso específico que Biden necesita porque su historial desde 1994 a hoy como fiscal general en San Francisco, en California, y, recientemente, como senadora por California es excelente. Su formación como jurista y su ejecución en el cargo harán que Biden no pierda el norte, amén de proveerle voto femenino, urbano, progresista, afroamericano, joven e indio (un padre era jamaicano y el otro de India).

Pence apela al electorado más centrado, sensato y religioso del lado conservador. Es un bombero que apaga fuegos iniciados por Trump, quien no fue invitado, por ejemplo, a los funerales de Bush padre y John McCain, donde sí estuvieron Obama, Clinton, Bush Jr. y... Mike Pence.

Y como colofón de toda presidencia norteamericana, un acuerdo de paz en Oriente Medio que Trump ha “colado” con calzador al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu: los Emiratos Árabes Unidos reconocerán a Israel y mantendrán relaciones diplomáticas y, a cambio, Netanyahu aparcará su plan de anexionar territorios del West Bank. Solo queda evitar interferencias rusas en la campaña electoral, con la colaboración de las empresas americanas de internet.

Jorge Díaz Cardiel es socio director de Advice Strategic Consultants y autor de ‘Trump, año uno’, ‘Hillary vs. Trump’ y ‘Trump, año de trueno y complacencia’