Europa también pone en marcha su ambicioso estímulo fiscal

En manos de España está lograr la mayor cantidad posible de recursos y esquivar la vigilancia agobiante de los socios

Tras una intensa y maratoniana cumbre de los 27 jefes de Estado y de Gobierno, la UE ha puesto en pie el mayor impulso de gasto de su historia, similar al que en las primeras décadas de la integración distribuyó recursos para la inversión que equiparasen las economías de todo el continente. Europa ha caminado siempre a dos velocidades porque una buena parte de sus integrantes conservan un elevado grado de escepticismo sobre el proceso de construcción europeo, y tal naturaleza ralentiza siempre las decisiones. Como comentaba un embajador francés en Madrid, “nunca lo vamos a arreglar del todo, pero nunca lo echaremos a perder del todo”. Un ejemplo de este largo proceso de alumbramiento de las grandes decisiones puede apreciarse en el diseño, aprobación y ejecución de un plan de estímulos fiscales para relanzar las economías de la Unión, que lleva un considerable retraso en comparación con iniciativas en otros lugares del planeta. Pero al final, tras cuatro meses dándole vueltas, cuando en paralelo caminaban las iniciativas nacionales para sostener la rentas de la población y la salud de las empre­sas y el BCE desplegaba su escudo financiero sobre la deuda soberana, la responsabilidad y el pragmatismo se han impuesto sobre los intereses nacionales.

Nada menos que 750.000 millones saldrán del corazón de la Unión, especialmente hacia los países más dañados por el Covid-19, financiados con cargo a endeudamiento de la CE. España, Italia y otros damnificados recibirán inyecciones muy notables de recursos no retornables (España algo más de 72.000 millones, según los primeros cálculos) para transformar su economía y colocarla en estándares continentales en digitalización y transición verde. Además, contarán con una generosa línea de crédito con coste testimonial para ampliar tales proyectos, para cuya financiación se abre ante Bruselas una suerte de competición en la lucha por los recursos.

Se trata de dos potentes pulmones que proporcionarán a España el oxígeno necesario para salir de la recesión, corregir las deficiencias de su tejido productivo y eliminar rigideces normativas. Podrá así estirar su crecimiento potencial e inmunizar la economía ante choques externos, o al menos hacerla menos vulnerable. En manos de España está, por tanto, lograr la mayor cantidad posible de recursos y esquivar la vigilancia agobiante de los socios. Para evitarlo, nada como mostrar una actitud activa en la proposición de un catálogo certero de proyectos y reformas, y un refinado esmero en su gestión. Para ello, el Gobierno precisa clarificar, con un diálogo serio con los agentes económicos y políticos, cuáles son las necesidades de transformación real de la economía y hacer una defensa de ellas.