IWC se estrena en Madrid con una colección de relojes única

La firma suiza abre su primera tienda en la 'milla de oro', que acoge algunas piezas icónicas

Vista de la tienda IWC en Madrid.
Vista de la tienda IWC en Madrid.

La firma suiza IWC, ubicada en Schaffhausen y perteneciente al grupo Richemont, inauguró este miércoles en Madrid su primera boutique en la calle José Ortega y Gasset, en plena milla relojera de la capital. La tienda cuenta con 80 metros cuadrados repartidos en dos plantas, que acoge una selección de piezas exclusivas, como detalla el director de IWC en España, Olivier Lebegue.

Nada más traspasar el umbral del luminoso local, diseñado por el equipo de interioristas de la relojera, destacan los guiños a Madrid, plasmados en el suelo hidráulico, con dibujos en blanco y negro de pata de gallo, que representa los cuadros de los chalecos de los chulapos madrileños. Al fondo, un pequeño salón acogerá a la figura del relojero de bata blanca, que asesorará e instruirá a todo aquel que desee conocer los secretos y las complicaciones de un reloj de alta manufactura.
En las vitrinas lucen algunas piezas especiales de las colecciones Pilot, Portugieser o Portofino. “Son claves para la marca, porque representan lo que es nuestra filosofía de trabajo”, detalla Lebegue. Así, por ejemplo, se puede encontrar el Pilot Calendario Perpetuo con esfera verde por más de 30.000 euros, o el Calendario Perpetuo de la colección Portugieser, con una caja de oro blanco y un fondo de esfera de color azul y correa negra de cocodrilo, que se vende por 41.200 euros.

Otra de las joyas es el modelo Portofino Tourbillon Rètrograde de cuerda manual, con caja de oro rojo y correa de piel de cocodrilo, con un precio de 62.600 euros. En cuanto a la piel que se utiliza en cada pieza desde la firma advierten que su procedencia es respetuosa con el animal, ya que además forman parte de World Wildlife Fund (WWF) y elaboran un informe sostenible para Global Reporting Initiative Standards

El origen de IWC (International Watch Company) se remonta a 1868, cuando Florentine Ariosto Jones, un innovador relojero estadounidense, recurrió a relojeros suizos cualificados y se sirvió de la tecnología moderna y de la energía hidráulica procedente del cercano río Rin, para crear movimientos relojeros de gran calidad.

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