2020 anticipa mucha menos incertidumbre para la inversión

Un par de nudos que apretaban el ánimo del dinero han comenzado a desatarse: la guerra comercial y el Brexit.

El tiovivo en el que los acontecimientos económicos, políticos y geopolíticos amenazaban con convertir a los mercados finanacieros en los últimos trimestres no ha sido tal. Únicamente el último trimestre de 2018 encajó descensos severos de los precios de los títulos y agitación en la deuda por el temor a que la normalidad descarrilase en una recesión, que estaba generalmente aceptado que se produciría en 2020 como tarde. Pero la inmediata reacción de los bancos centrales, desde Estados Unidos a Europa, pasando por Japón, en todos los casos con un reforzamiento de las políticas expansivas, ha alejado la posibilidad de una contracción económica; e incluso en Europa, donde el ciclo camina con cierto retardo, se admite que la tendencia desaceleradora de la actividad se ha estabilizado, y no se descarta una recuperación sostenida y creciente a medida que avance 2020.

Por tanto, el año que llega en quince días puede convertirse en un ejercicio de recuperación de la inversión en casi todos los activos si a la recomposición al menos inicial de la actividad económica, sumamos el hecho de que un par de nudos que apretaban el ánimo del dinero, han comenzado a desatarse: la guerra comercial y el Brexit. El primero con el avance, lento pero parece que firme a medida que se acercan las elecciones americanas, de un pacto de pacificación comercial entre EE UU y China; y el segundo, por la rapidez relativa con la que se puede solventar la salida de Reino Unido de la Unión Europea, tras la victoria aplastante de los tories, que supone poner fin a una incertidumbre prolongada y paralizante.

Pese a que en algunas zonas económicas el ciclo acumula una longevidad desconocida, bien podría prolongarse con la recomposición de los costes de financiación que suponen las adicionales bajadas de tipos, que pueden también ser cumplimentadas por un tirón de la demanda tras el establecimiento de nuevas reglas comerciales que den estabilidad, aunque sea a precios más elevados. Todo ello sostendrá, en condiciones normales, el crecimiento de los beneficios empresariales y con ellos el avance del precio de los activos. A su vez, tanto los bonos corporativos como los soberanos estarán menos presionados, y recuperarán rentabilidad para sus poseedores.

En cuanto a la ventura que le espera al ahorro más tradicional, los depósitos seguirán mal remunerados; pero esta circunstancia puede convertirse en un impulso hacia otros activos más rentables, pero seguros, como los inmobiliarios, aunque precisen del concurso de financiación ajena. El nuevo paradigma de los tipos muy bajos seguirá su rumbo, aunque desconocemos si es el mejor para la inversión. Las autoridades monetarias entienden que es el mejor en la actuales circunstancias, con una amenaza de deflación no del todo conjurada.