Los ahorradores y la banca buscan zafarse del activismo del BCE

Es necesario admitir que los retornos tradicionales, más nominales que reales, no volverán en muchos años

La abusiva utilización de las políticas monetarias expansivas en los últimos años en Europa (y también en Estados Unidos y antes que en ambos territorios en Japón), cuyo próximo capítulo ha sido ya anunciado de manera explícita por el presidente del Banco Central Europeo para los próximos meses, está empezando a dar señales de agotamiento en sus efectos aparentemente positivos, pero está intensificando los supuestamente negativos. Hasta el punto de que cada vez más economistas, y cada vez más miembros de los consejos de gobierno de los bancos centrales, empiezan a cuestionar si el camino a seguir es insistir en la laxitud monetaria a toda costa. Lo que comenzó como una reacción defensiva ante la amenaza de deflación, degeneró en un mecanismo de limpieza de balances de banca y empresas y terminó como un formato neokeynesiano de estimular el crecimiento ante la imposibilidad de utilizar instrumentos fiscales, se ha convertido en una inyección irrenunciable de oxígeno para los mercados financieros que ven como una variable eterna la reducción sistemática de los costes financieros de las empresas y de los tesoros soberanos.

Bien es verdad que esta sobreintervención monetaria en los mercados financieros, con tipos bajos, liquidez ilimitada y compra masiva de activos (deuda sobre todo, pero quizás acciones próximamente) podría estar falseando los precios de los activos, además de condenar a los bancos comerciales a alambicados ejercicios para lograr mantener las ganancias en un escenario de márgenes tan estrechos como los actuales. La banca dispone de pocas opciones que no sean una adaptación acelerada a los nuevos formatos de comercialización digital para reducir costes, así como intensificar el recorte de plantilla, tal como ha admitido el consejero delegado de uno de los grandes bancos españoles; o, en último extremo, proceder a concentraciones para ganar masa de mercado, una opción a la que oponen más resistencia de la cuenta las entidades de toda Europa.

Los bancos centrales también están sometiendo a la inmensa mayoría de los ahorradores tradicionales a una presión sostenida para buscar unas alternativas de rentabilidad para las que necesariamente tienen que asumir un riesgo que muchas veces les produce vértigo. Este colectivo tiene que terminar admitiendo que los retornos tradicionales, más nominales que reales, no volverán en muchos años, porque la inflación tardará en aparecer, y que ahorrar no es necesariamente invertir, un ejercicio este que conlleva más exposición, pero que generalmente reporta mayores satisfacciones financieras.

 

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