Solo quieren que se las trate como a uno más

Aún hay sectores donde las empleadas son minoría. Seis mujeres cuentan su experiencia personal y resaltan su rechazo a la condescendencia de sus compañeros

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Carmela Gómez, carpintera.

Frases como en la fábrica “somos las consentidas”, “me hierve la sangre cuando se dirigen a mí con condescendencia”, “nos tratan mejor” o “no me gusta su complacencia”, resumen lo que sienten las mujeres que han participado en este reportaje y que tienen un denominador común: trabajan en sectores donde la mayoría de los trabajadores son hombres.

Son Arantxa Toriza (1989, Viveiro, Lugo), marinera; Silvia Vega (1987, Nava, Asturias), trabajadora del metal en Arcelor; Carmela Gómez (1979, A Coruña), carpintera; Magdalena Verdú (1968, Valencia), dueña de una empresa de instalación de gas, y Elena Alonso (1986, Pola de Laviana, Asturias), minera.

Mineras, marineras, gasistas, carpinteras o metalúrgicas son ya referentes

Todas tienen experiencias que demuestran las dificultades que han tenido que sortear para entrar primero y ser aceptadas después en un mundo de hombres.

Arantxa Toriza comenzó sus prácticas en un remolcador y no en un barco pesquero, como sí hicieron sus compañeros del grado superior de FP de Navegación, Pesca y Transporte Marítimo.

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Arantxa Toriza, marinera.

“La excusa es la de siempre: no hay camarotes para mujeres, los baños no están preparados”, recuerda, y añade que estuvo buscando barco durante dos o tres años y trabajando en tierra entretanto.

“Estuve a punto de dejarlo, porque veía a mis compañeros que lo encontraban y yo nada”. Los datos del Ministerio de Agricultura revelan que hay un 5,4% de mujeres que trabajan en la pesca extractiva, donde se incluiría el trabajo de Toriza.

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Silvia Vega, metalúrgica.

Su situación cambió al encontrar barco en Celeiro. Durante dos años y varios viajes pudo completar su formación. Ahora la llaman cuando se produce una baja y ya trabaja como segundo oficial de puente. Después, envió su currículum a la Fundación para la Pesca y el Marisqueo (Fundamar), que la incluyó en el proyecto Redmar II (Red Española de Mujeres en el Sector Pesquero) para llevar a mujeres a campañas de pesca en altura en las islas Malvinas y Uruguay.

Pasó tres meses y se convirtió en la tercera autoridad de un barco con 35 hombres. Cuenta que nunca tuvo problemas, pero sí notó que la trataban “mejor y con condescendencia”.

Los sueldos son más altos que en sanidad, servicios o en cuidado de dependientes

También tratan muy bien a Silvia Vega en la fábrica que Arcelor tiene en Gijón. “Somos las consentidas”, ironiza, refiriéndose al 6% de mu­jeres que, como ella, trabajan en producción, donde se dedican a hacer alambrón para construcción, neumáticos o tornillería. Según UGT-Asturias, en esta comunidad hay un 20% de féminas empleadas en esta industria.

La que no nota ningún trato de favor es la minera Elena Alonso. A 900 metros ahí abajo “somos una más, no hay condescendencia”, explica. Después de 11 años de trabajo en el Pozo Carrio, donde falleció en un accidente su padre, dice que ahora hay pocas mujeres en la mina debido a la crisis que atraviesa el sector por el cierre de los pozos.

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Elena Alonso, minera.

Con datos del SOMA-UGT Asturias, actualmente la plantilla de la empresa pública Hunosa emplea a 959 personas, de ellas 122 mujeres; 57 lo hacen en el interior de la mina.

Sí que nota “condescendencia a saco” la carpintera Carmela Gómez, que compagina los trabajos en su taller con su faceta de socióloga. También confirma lo mismo la empresaria Magdalena Verdú, aunque destaca “la evolución positiva” que ha notado “de 20 años para acá” con la gente joven, “mucho más abierta de mente”. Vega cree que “se falla en casa” y que las costumbres y la cultura “aún pesan mucho”.

Mientras, Gómez insiste: “Los hombres tienen que cambiar también su mirada”. Alonso lamenta que la única forma que tenían las mujeres para trabajar en la mina era a través de la muerte de un familiar directo. Verdú cree fundamental “dar visibilidad a lo que hacemos y tener referentes”.

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Magdalena Verdú, gasista.

Una forma de atraer más mujeres a estos trabajos es poner el foco en los sueldos que ganan y compararlos con otros sectores donde el empleo femenino es mayoritario, como servicios, sanidad o cuidado de dependientes.

La empresa de Verdú facturó 1,2 millones de euros en 2018 y emplea a 14 personas. En Arcelor, Vega gana 2.100 euros. Algo menos, 1.300 euros, se lleva Alonso. En el barco, el sueldo de Toriza depende de la pesca y de la venta, pero una de sus últimas ganancias fue de 1.500 euros por 15 días de faena.

Ana Santiago: "Las barreras las ponemos nosotras mismas"

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Ana Santiago, CEO de Sisteplant.

En lo más alto de la pirámide laboral, donde están los CEO, también hay pocas mujeres. Un 3,82%, según un estudio de este año del IESE y Atrevia. Ana Santiago (Bilbao, 1970) es una de ellas. Esta ingeniera industrial es CEO desde 2016 de Sisteplant, una compañía que optimiza los procesos de producción de las empresas. Acostumbrada a desenvolverse con soltura en un entorno donde los hombres son mayoría, en concreto, el 74,2% en el sector industrial, reconoce que al principio de su desarrollo profesional era “un perfil raro” y que resultaba difícil “encontrar oportunidades” para trabajar de lo suyo.

En su discurso se combinan dos ideas. Por un lado, la defensa de las medidas legales para fomentar la igualdad entre hombres y mujeres, “porque hay empresas a las que les cuesta un poco”. Y por otro, hace referencia a unas barreras “que algunas piensan que hay, pero que nos ponemos nosotras mismas”.

Señala también que “hay que aprovechar las oportunidades que se presentan” y opina que no hay que centrarse solo en las mujeres, “y si te eligen a ti, que lo hagan porque eres la mejor profesional”. Es consciente de que lo tienen a veces más difícil que los hombres, pero lanza una pregunta para animarlas: “¿Y si vas y lo intentas?”.

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