¿No va siendo hora de acabar con el desempleo?

Durante los últimos 30 años hemos visto ir y venir Gobiernos, pero el paro estructural persiste

¿No va siendo hora de acabar con el desempleo?

Empecemos con un revulsivo: ¿cómo es posible que en España llevemos tres décadas conviviendo con unas tasas de paro que apenas tienen parangón en ninguna de nuestras economías vecinas sin que salten todas las alarmas sociales, invadamos las calles y exijamos a nuestros políticos menos palabras y más soluciones de verdad?

No es una pregunta retórica. Estos días los titulares en prensa resaltan como esperanzadora la noticia de los datos de la última encuesta de población activa. La tasa de paro se ha situado en el 14,7% (frente al 25% en el pico de la crisis) y el número de ocupados ha crecido por encima de los 19 millones de personas. Aunque la leve mejora del paciente siempre es buena noticia, alegrarse de que el enfermo esté un poco menos terminal no parece demasiado motivador.

En España tendemos a engañarnos (o a engañar) palmeando cada vez que la elevada sensibilidad de nuestro PIB a fenómenos como el turismo o la estacionalidad vacacional hace que las cifras mejoren puntualmente en fechas clave. Entre el ruido de las palmas, cuesta a veces darse cuenta de que apostar a convivir con niveles del 10% ya nos parece un buen objetivo. ¿Duraría mucho el sistema político de Alemania, Noruega o Suecia –o el de cualquiera de nuestros desarrollados vecinos– si sus gobernantes mantuvieran a la ciudadanía en la situación que aquí damos por buena? Salvo por la involuntaria solidaridad de nuestros sureños amigos en el infortunio (Grecia, Italia y Portugal), el hecho de que índices de paro por debajo del 15% se consideren alentadores debería ser un preocupante síntoma de derrotismo institucionalizado.

Los daños colaterales de un paro estructural y cronificado han ido adquiriendo la forma de una monstruosa hidra de la desesperación, en la que cada cabeza podría dar nombre a un horror que heredarán nuestros descendientes: desempleo sénior, paro juvenil, precariedad, temporalidad, salarios bajos. Coleccionamos ninis, brechas por sexos, techos grises y paro de larga duración. El 71% de los jóvenes trabaja bajo contratos temporales y el 39% de ellos lo hace a tiempo parcial. La crisis, que llegó a dejar sin trabajo a casi la mitad de este colectivo, ha situado a los que han conseguido salir adelante en el vórtice de un triángulo de las Bermudas caracterizado por la temporalidad, los contratos parciales y las retribuciones de miseria. ¿Es esta la mejor forma de invertir en el futuro?

Hay problemas de fondo igualmente importantes. Las tasas de abandono escolar prematuro nacionales se encuentran entre las más altas de la Unión Europea, con hasta un 39% de los jóvenes entre 16 y 29 años que apenas tienen la ESO. Los presupuestos para formación se destinan a cursos de utilidad cuestionable. La Formación Profesional está mal orientada y desprestigiada. Convivir con estos problemas endémicos es un drama que nos sitúa en la cola de Europa. En 2016 uno de cada cuatro parados en la UE era español. En 2017 más de un tercio de los jóvenes españoles estaba en paro. En 2018 más de un millón de hogares tenían a todos sus miembros en el desempleo. ¿Cómo podemos mantener vivo este panorama sin morirnos de vergüenza?

¿Hay soluciones? Desde luego, poner de nuevo parches al neumático no es la vía. Si esta vez queremos hacer algo antes de que vuelva a ser tarde, habrá que pensar en cambiar el neumático, la rueda o tal vez incluso el motor del coche.

Se ha hablado mucho de la famosa mochila austriaca. Austria no es España, ni la situación de partida de países que han implantado mecanismos parecidos es la de nuestro país, pero la mochila puede ser una idea a explorar. Tal vez deba adaptarse a nuestra realidad y hacerse progresiva. ¿Puede convivir el sistema actual de indemnizaciones al despido con la introducción gradual de un sistema de cuentas individuales? ¿Habrá que hacer compatibles ambos sistemas durante un tiempo o incluso permitir que se complementen? Posiblemente la mochila española se parezca más a una maleta de viaje, que llevemos con nosotros a todas partes pero que incluya algo más de equipaje al principio, para hacer más llevadero el camino. Hacerla viable será también un reto. Llámenme keynesiano, pero tal vez sea inevitable estar dispuestos a tirar de presupuesto al principio, aunque haya poco de dónde rascar y se nos dispare un poco el déficit en una UE que lo penaliza con severidad.

A corto plazo probablemente convenga adoptar otras medidas más inmediatas, intentando hacer la vida más fácil a empresas y trabajadores. Reducir la burocracia interminable, mejorar la fiscalidad infernal, promover la identificación y corrección temprana del fracaso escolar, intentar que las ayudas a la formación sirvan para algo, promover la FP dual. Durante los últimos 30 años hemos visto ir y venir Gobiernos de todos los signos, con no pocas recetas y medidas de todos los colores, tanto en coyunturas adversas como en situaciones más favorables. El rosario de ideas y propuestas para reconducir el problema ha sido tan variado como poco eficaz. El problema del paro estructural persiste.

Pasada ya la euforia electoral, más tarde o más temprano tendremos nuevo Gobierno. Reclamemos a nuestros dirigentes que afronten este problema. Pidámosles que lo hagan poniéndose de acuerdo en unos principios comunes. Más allá de afiliaciones políticas y afinidades ideológicas, este es un apremiante problema de país que debe abordarse con pactos y visión de Estado. ¿No va siendo hora ya de pensar seriamente en resolverlo?

Pedro Nueno es Socio director de InterBen

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