La UE debe hacer lo posible para defender a Europa del Brexit

El deber de los 27 es salvaguardar los intereses europeos, pero sin transmitir la peligrosa idea de que en la UE se puede estar con un pie dentro y otro fuera

La prórroga que los 27 han concedido finalmente a Reino Unido para hallar una solución al laberinto político del Brexit supone la mejor y más sensata de las opciones para evitar el peor y más insensato de los desenlaces: un divorcio sin acuerdo y con portazo entre Londres y la UE. Tras un debate no demasiado largo en el que Francia defendió inicialmente una prórroga más corta y Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, una más larga, el término medio se impuso en el Consejo y los británicos tendrán hasta el próximo 31 de octubre para resolver esta crisis. Se trata de una prórroga flexible, que permitirá al Gobierno de Theresa May dejar la UE si Westminster ratifica antes de esa fecha un acuerdo de salida o incluso, en lo que sería el mejor pero menos probable de los escenarios, si el país desiste unilateralmente de su decisión de marcharse.

Los temores del Gobierno francés de que Londres aproveche este tiempo en tierra de nadie para actuar a modo de caballo de Troya en el interior de la UE han sido finalmente solventados con un compromiso, a modo de pacto de honor, por parte de May de jugar limpio. Pese a los recelos de París, todo apunta a que el mayor riesgo que afronta Europa de aquí a octubre no es tanto una política obstruccionista británica de puertas adentro como que la parálisis institucional que aqueja al Reino Unido agote la prórroga y también la paciencia europea.

A día de hoy, el liderazgo de May aparece como uno de los principales obstáculos para lograr una solución ordenada al conflicto. Pese a la mejora del diálogo con la oposición laborista, la dura división en las filas de su propio partido conservador, la sucesión de derrotas parlamentarias y la polarización creciente del país parecen aconsejar valorar la posibilidad de que la primera ministra tory deje paso a alguien capaz de sacar a los británicos, y al resto de los europeos, de este desgastante impás. Si la opción de una marcha atrás unilateral como decisión estrictamente gubernamental parece difícil, no ocurre lo mismo con la posibilidad de convocar un segundo referéndum que permita a los británicos decidir con suficientes elementos de juicio sobre su futuro y su relación con Europa.

La posición de la UE de aquí a octubre no va a ser cómoda. El deber de los 27 es salvaguardar los intereses europeos, lo que supone hacer todo lo posible política y diplomáticamente para suavizar los efectos de la salida, incluso trabajar activamente para que el divorcio no llegue a producirse, pero sin transmitir en ningún caso la peligrosa idea de que se puede permanecer eternamente con un pie dentro de Europa y el otro fuera.

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