¿Tiene la UE algo que ofrecer a EE UU?

El viaje de Juncker a Washington debería incluir, entre otros aspectos, una oferta de cooperación para frenar a China

Hace justo cinco años, bajo el calor sofocante de los meses de julio a la orilla del Potomac, comenzaban las negociaciones entre EE.UU. y la Unión Europea para el establecimiento de una Asociación Transatlántica de Comercio e Inversiones. Buscaban ambas partes establecer la mayor área de libre comercio y acometer una ambiciosa agenda de convergencia regulatoria que hiciera frente al empuje de los países emergentes, sobre todo de China, a través de la promoción de unos estándares globales en línea con las mejores prácticas transatlánticas.

Desde entonces el fiasco ha sido importante. Si ya en ambos lados se fueron poniendo de manifiesto reticencias al proyecto, con la llegada de la Administración Trump primero se certificó el portazo al acuerdo transatlántico, después en marzo de este año se produjo la imposición de tarifas sobre el acero y aluminio europeos, y en junio la respuesta análoga europea sobre la importación de determinados bienes americanos.

Ya en este mes de julio Trump puso fin a su viaje de siete días por Europa calificando a los hasta ahora socios europeos como enemigos comerciales de los EE UU mientras estrenaba una cierta forma de relación preferencial con Rusia. Una gran parte del país está en shock, otra parte confía en que el hombre de negocios Trump sin duda va a sacar rédito de esta historia. El mundo empresarial calla y los números económicos, sobre todo la creación de empleo, siguen siendo extremadamente favorables. Y está en juego también la posibilidad de tarifas americanas sobre la importación de coches y componentes de automoción europeos, cuyo volumen podría multiplicar el alcance de las aplicadas sobre el acero y el aluminio, que ya están siendo analizadas desde la semana pasada en el Departamento de Comercio americano basándose de nuevo en argumentos de seguridad nacional.

Desde la Segunda Guerra Mundial las relaciones transatlánticas han marcado la gobernanza mundial, a través de la OTAN y las principales instituciones económicas multilaterales. Ante el cambio en la economía global, el viraje de EE UU hacia el Pacífico venía siendo claro en los últimos años. Sin embargo, lo que se percibía con fuerza la semana pasada en el Capitolio durante la celebración de la Transatlantic Week, organizada por el Transatlantic Policy Network, es que Trump no está ya simplemente virando sino moviendo con mucha fuerza el tablero mundial. La duda que cabe plantearse es si tiene un plan, o si simplemente está esperando a ver qué piezas quedan de pie tras la sacudida. Amén de la posibilidad de que todo pueda responder a cálculos electoralistas internos o simplemente a unas fotos ocultas tomadas a Trump en San Petersburgo hace tiempo.

En cualquier caso la relación transatlántica está pasando por un momento delicado. En Europa, Merkel lo entendió ya hace tiempo, los europeos no podemos contar más con la protección de los EE UU en materia de seguridad. Macron ha estado intentando en los últimos meses construir una relación directa con Trump, y ahora parece apostar más bien porque el tiempo pase. Theresa May, por su parte, suspiró a buen seguro cuando el presidente americano subió al avión en Escocia rumbo a Helsinki. Cada uno, a su medida, ha intentado poner en valor que la ampliación a la entonces Europa del Este, la ayuda humanitaria y al desarrollo en África son inversiones estratégicas en seguridad. Pero poco o ningún éxito parecen estar teniendo.

También está en juego el futuro del mercado transatlántico, que en términos de paridad de poder de compra supone la tercera parte del PIB global, la mitad del consumo personal mundial, cuenta con nueve millones de puestos de trabajo que dependen directamente de empresas con sede central en la otra orilla del Atlántico, siendo europea más de la mitad de la inversión extranjera que recibe EE.UU. y teniendo por destino Europa más del 60% de la inversión americana.

En este contexto, esta semana es el turno del Presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, que buscó ayer en Washington las rendijas para un diálogo al que la Administración Trump no parece estar muy dispuesta. ¿Qué temas puede la UE ofrecer a EE UU? No cabe esperar un giro radical en la Administración Trump, y Bruselas no puede otorgar reducciones arancelarias fuera de un acuerdo comercial más amplio. Por tanto, hay que plantear asuntos concretos en los que los EE UU pudieran ver ventajas. Comenzando por poner énfasis en la necesidad de continuar la cooperación en el seno de la Organización Mundial del Comercio para hacer frente común en los temas en los que consideran que China está jugando de forma desleal, y también en materia de ciberseguiridad.

Pero la relación económica trasatlántica necesita además de una agenda propia que se aleje de una guerra comercial sin cuartel. Por ejemplo, en la reducción de trabas administrativas que ambas partes han identificado y que son particularmente dañinas para las pymes en las dos orillas. Así como determinados avances en materia regulatoria. Podría incluso ponerse encima de la mesa una agenda transatlántica digital, de gran beneficio mutuo, y que podría constituir otro contrapeso frente al creciente poder de China. Hay que buscar un rumbo en medio de esas aguas turbulentas, porque de lo contrario el mercado transatlántico puede verse afectado de forma muy negativa, arrastrando también a terceros y a la economía global. No se trata en ningún caso de un juego de suma cero y, de persistir en el rumbo, puede que todos acabemos en negativo.

 José María Romero Vera es Economista en Equipo Económico

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