Los vientos de Bruselas soplan a favor de Pedro Sánchez

Ni la CE ni Berlín tienen intención de enfrentarse al nuevo Gobierno español. Y Macron le necesita como aliado

La canciller alemana, Angela Merkel, con el presidente del Gobierno, Pedro Sanchez, en la minicumbre del pasado domingo en Brusela. (Thierry MonasseGetty Images)
La canciller alemana, Angela Merkel, con el presidente del Gobierno, Pedro Sanchez, en la minicumbre del pasado domingo en Brusela. (Thierry Monasse/Getty Images)

Pedro Sánchez asegura de sí mismo que es una persona con suerte y muy perseverante. La constancia le ha llevado hasta la Moncloa tras dos derrotas electorales y cuando casi nadie contaba con él en la Unión Europea. Y la buena estrella ha querido que su estreno como presidente del Gobierno coincida con vientos favorables en Bruselas que le pueden ayudar a capear la delicada situación política que atraviesa España.

La primera gira de Sánchez ha confirmado la buena acogida que le espera en las principales capitales. Este martes mostró su sintonía en Berlín con la canciller Angela Merkel, al igual que el pasado sábado con Emmanuel Macron, en París. Y el jueves debuta en el Consejo Europeo con una posición totalmente alineada con la posición del eje franco-alemán en cuanto a la reforma de la zona euro, plasmada en la Declaración de Meseberg suscrita por Merkel y Macron el pasado 19 de junio.

"Quiero reconocer públicamente el acuerdo Francia-Alemania para avanzar en la integración europea", tuiteó Sánchez este martes tras reunirse con la canciller. "Un compromiso decisivo con la unión bancaria, el presupuesto comunitario y la zona euro. He transmitido la voluntad del Gobierno de España de contribuir con soluciones e ideas", añadía el presidente del Gobierno.

Algunos comentaristas auguraban un choque entre el nuevo ejecutivo español y el resto de Europa, comparable incluso al que provocó la llegada al poder en Grecia de Alexis Tsipras y de su ministro de Economía, Yanis Varoufakis. Pero ni la índole ideológica del PSOE es similar a la de Syriza, ni el ambiente político y económico en la UE es comparable al de 2015.

Las instituciones comunitarias están ya en modo preelectoral para la renovación del Parlamento Europeo y quieren esquivar los choques con las capitales para no alentar el euroescepticismo. Bruselas se ha replegado para despejar las acusaciones de injerencia que han surgido en varios países europeos, en particular en el sur de la zona euro.

"La democracia tiene la última palabra", insistía el comisario europeo de Economía, Pierre Moscovici, ante la inminente formación de un Gobierno de talante euroescéptico en Roma. Moscovici incluso admitía, tras el éxito electoral de 5 Estrellas y Liga, que en Italia "hay frustración, y hay que entenderlo, y hay cólera, y hay que escucharlo".

La situación también ha variado en Berlín. La canciller Merkel, cuyo pulgar ha marcado durante una década la supervivencia o la caída de otros Gobiernos de la zona euro, se encuentra más débil que nunca y en riesgo de defenestración.

Y en París reina un Emmanuel Macron que necesita a España, gobierne quien gobierne, para forjar una alianza que impulse sus deseos de reformar la Unión Europea.

Bruselas y Berlín no están en condiciones de abrir un frente con España ni siquiera si Sánchez da marcha atrás en algunas de las reformas acometidas por el ejecutivo de Mariano Rajoy. La Comisión ya guardó silencio cuando el anterior presidente del Gobierno anunció la contrarreforma en pensiones como parte de su acuerdo con el PNV para aprobar los presupuestos. Y el organismo comunitario tampoco ha hecho aspavientos ante la intención del nuevo Gobierno de retocar la reforma laboral.

Alemania, de momento, también ha relajado la vigilancia, después de la salida de Wolfgang Schäuble del ministerio de Finanzas. El antiguo terror del Eurogrupo (ministros de Economía de la zona euro) libró su última batalla contra el gobierno portugués del socialista Antonio Costa. Y la perdió.

Lisboa canceló parte de los ajustes impuestos por la troika a pesar de que Schäuble esgrimió la amenaza de un nuevo rescate. El ministro alemán acabó por rendirse e incluso aupó con sus elogios al ministro portugués, Mario Centeno, convertido poco después en presidente del Eurogrupo.

El nombramiento de Centeno, ministro de un país rescatado, simboliza el cambio de tono en la política económica europea, marcada ahora por una coyuntura muy favorable. La tasa de paro en la zona euro (8,5%) se encuentra en el nivel más bajo desde 2008 y el índice de sentimiento económico cerró 2017 en 116, el nivel más alto en 17 años, y aunque ha caído ligeramente (a 112,5), casi dobla todavía los mínimos marcados durante la crisis de la moneda única.

Sánchez ha llegado al poder con ese viento de cola económico. Y en la escena política, en plena cuenta atrás hacia las elecciones al Parlamento Europeo de mayo de 2018. Un período en el que la Comisión Europea, que también enfila la recta final del mandato de su presidente Jean-Claude Juncker, pretende calmar el juego para dar las menos bazas posibles a las fuerzas euroescépticas en ascenso.

Bruselas ha suprimido de su retórica los llamamientos a la austeridad presupuestaria tras una década de ajustes y de recortes de derechos laborales y sociales en muchos países de la zona euro. El remate del rescate de Grecia, pactado el 21 de junio, ha servido de colofón a la crisis existencial de la moneda única. Atrás ha quedado una larga etapa de marasmo político y económico, en la que una llegada al poder tan abrupta como la de Sánchez hubiera desencadenado una tormenta bursátil y hubiera puesto de uñas a Berlín y Bruselas. Nada que ver con el recibimiento que ha tenido el presidente del Gobierno. Al menos, hasta ahora.

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