El nuevo Gobierno español corteja a Bruselas y el italiano le planta cara

Sánchez logra ganarse la simpatía de unos organismos comunitarios que miran con aprensión al gobierno de Giuseppe Conte

Josep Borrell, cuando presidía el Parlamento Europeo, en 2007.
Josep Borrell, cuando presidía el Parlamento Europeo, en 2007.

Guiño a guiño, Pedro Sánchez ha conformado un Gobierno que parece el prototipo ideal para colmar los deseos de Bruselas. Dosis medidas de veteranía y renovación, aderezadas con una calculada impronta de tecnocracia y unas discretas gotas de ideología. Y por encima, un generoso y vistoso chorretón de europeísmo y feminismo que ha dejado boquiabiertos a eurócratas y analistas de todo el continente.

Sin mover un papel ni gastar un euro, el presidente del Gobierno español se ha anotado así el primer éxito de una trayectoria que hace solo cuatro días, tras el éxito de la moción de censura a Mariano Rajoy, levantaba inquietud entre algunos socios europeos. Sánchez ha logrado calmar los ánimos. Y, sobre todo, levantar una empalizada de tranquilidad para aislarse de los vientos que soplan desde Italia.

El azar quiso que el cambio de Gobierno en Madrid y en Roma fuera casi simultáneo. Y los inversores más impetuosos y menos reflexivos se apresuraron a interpretar con las mismas claves la caída del Partido Popular en España y el ascenso al poder en Italia del Movimiento 5 Estrellas (extrema izquierda) y Liga (extrema derecha). El sismógrafo bursátil empezó a vibrar con paralela intensidad en los dos países y el fantasma de una nueva sacudida en la zona euro provocó escalofríos en parte de la clase política y empresarial europea.

Pero a falta de que empiecen a tomar medidas, el Gobierno de Sánchez y el de Giuseppe Conte, el primer ministro italiano que este miércoles ha recibido el aval del Parlamento, las diferencias entre España e Italia se han visualizado y son reconocidas poco a poco por el mercado y por las capitales europeas.

El Ibex 35 lideraba este miércoles las subidas de las bolsas europeas mientras que la bolsa de Milán seguía a la baja. La cotización política de Sánchez tan bien subía con cada anuncio sobre la composición de su futuro gobierno. Y la Comisión Europea, en particular, recibía con alborozo que una de sus altos cargos, Nadia Calviño, fuera elegida para el Ministerio de Economía. "El puesto de Nadia es una pérdida para la Comisión pero estamos encantados de tenerla al otro lado de la mesa", señaló el miércoles el vicepresidente de la CE, Jiyrki Katainen.

Al éxito de Sánchez ha contribuido también la formación a trompicones del Gobierno italiano y la actitud de Conte, quien, de momento, es observado como un mero portavoz de la dialéctica antisistema de sus dos mentores, Luigi di Maio (5S) y Matteo Salvini (Lega). "Si el populismo es la actitud de la clase dirigente de escuchar a la gente, si antisistema significa intentar establecer otro sistema mejor, este Gobierno se merecerá esas calificaciones", aseguró el martes Conte durante su discurso de investidura en el Parlamento.

El Gobierno italiano ha redoblado su retórica antimigratoria que conecta con Gobiernos tan incómodos para Bruselas y Berlín como los de Hungría y Polonia. Salvini ha dado por muerta la reforma impulsada por la CE sobre el Reglamento de Dublín (que regula la normativa de asilo).

Roma mantiene, por ahora, sus intenciones de rebajar impuestos, a pesar de la inquietud de Bruselas sobre su nivel de deuda. Y anuncia un impulso a la banca pública y cooperativa, pero ninguna medida de saneamiento para un sector que acumula más de 300.000 millones de euros en préstamos dudosos y morosos y que este miércoles provocó nuevas alertas de la agencia de calificación Moody's sobre el riesgo de algunas entidades italianas.

Sánchez, en cambio, no ha dejado de prodigar señales de aquiescencia hacia la UE desde la mismísima sesión parlamentaria que le llevó hasta la Moncloa. La necesidad de recabar el apoyo del PNV le llevó a asumir el proyecto de Presupuestos Generales elaborados por el PP y Ciudadanos. La maniobra le granjeó, de rebote, el beneplácito de la Comisión Europea, que solo una semana antes había validado las cuentas de Rajoy.

Los gestos de simpatía hacia Bruselas no han cesado desde entonces. Mientras Conte porfiaba (sin éxito) por nombrar ministro de Economía a un euroescéptico, Sánchez apostaba por el expresidente del Parlamento Europeo, Josep Borrell, para la cartera de Exteriores, que se ocupará de la negociación de los próximos presupuestos de la UE (en el Consejo de Asuntos Generales). Poco después fichaba a Calviño para las relaciones con el Eurogrupo, entre otras cosas.

En Medioambiente y Energía colocaba a Teresa Ribera, reputada experta con un sinfín de contactos en Europa y que sólo 24 horas antes de su designación se codeaba en Berlín con la canciller Angela Merkel durante un importante foro energético. Y en Agricultura a Luis Planas, secretario general del Comité Económico y Social Europeo y otro viejo conocido de la escena comunitaria, donde fue, entre otras cosas, jefe de gabinete del comisario de Economía Pedro Solbes y representante permanente de España ante la UE al final de la era Zapatero.

Al cambio de la visión internacional sobre España también ha contribuido el empuje de líderes empresariales, con Ana Botín, presidenta del Banco Santander, a la cabeza. La ejecutiva aprovechó su intervención este martes en el Brussels Economic Forum, organizado cada año por la CE, para hacer un encendido alegato sobre las diferencias entre España e Italia.

Ese mismo día, Botín elogiaba en un tuit la elección de Calviño como ministra de Economía, en lo que se interpretó como una señal de respaldo de la número uno del mayor banco de la zona euro a la política económica que cabe esperar de Sánchez, diametralmente opuesta a la que se anticipa en Roma.

Y la fosa entre España e Italia parece llamada a abrirse en las próximas semanas, porque a finales de mes se celebra una cumbre europea sobre la reforma del euro en la que los socios deberán elegir entre el bando más partidario de la integración, encabezado por Emmanuel Macron, o quedarse con los reacios a seguir avanzando. Bruselas da por descontado que un Gobierno con tantos mimbres euroentusiastas como el de Sánchez no tendrá duda sobre dónde colocarse.

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