¿Es hoy más seguro el mundo que cuando nació la UE?

Tras casi 70 años de la Declaración Schuman, la integración regional sigue siendo el caballo de batalla

Foto de familia de los líderes del G20 en su reunión de julio del año pasado.
Foto de familia de los líderes del G20 en su reunión de julio del año pasado.

Casi siete décadas después de la Declaración Schuman, la integración regional es interpretada de forma diferente en la Unión Europea, Estados Unidos y América Latina. Mientras en la UE se ha amaestrado la omnipotencia del estado que llevó a dos guerras suicidas, el recorrido hacia diversos experimentos de integración y cooperación regional ha sido más lento en las Américas. Latinoamérica ha ofrecido éxitos y fracasos en la formación de entes de integración, pero sin trasponer la barrera de la supranacionalidad. Se ha mantenido respetuosa con los tabúes de la soberanía nacional y la inviolabilidad territorial. Un aspecto fundamental del tejido interior de la mayor parte de los países latinoamericanos es la causa principal de la carencia de integración regional. La ausencia de la integración nacional ha sido un obstáculo para la ampliación regional. Un número mayoritario de países siguen zapados por unos índices de pobreza alarmantes.

Pero peor es la desigualdad.La variante de construcción nacional que se ensayó en América Latina fue la liberal, de opción, abierta a la inmigración. No se eligió la variante étnica, “primordial”. Pero al proceder a la diaria vespertina votación que señaló Ernest Renan en ¿Qué es una nación?, el resultado es frecuentemente negativo: una mayoría de los ciudadanos de muchos países preferirían vivir en otro. No palpan que el Estado-nación forjado por los próceres les pertenece. Se consideran expulsados, marginados, discriminados. Es difícil que un país sin cohesión nacional opte por complicarla con la integración regional. Los dirigentes necesitan reforzar el control interior, se afanan en la reelección. Ningún presidente está dispuesto a saltar sin red al vacío de la supranacionalidad. Sin un Jean Monnet que les haya convencido de su error, Mercosur y la Comunidad Andina languidecen.

Estados Unidos apenas ha explorado el terreno de la cooperación económica en alianzas débiles con sus vecinos. La sique política siempre está bajo la amenaza de la supremacía de los entes de Washington que no permiten su menoscabo, reduciendo su papel en el multilateralismo prudente, optando por la unilateralidad fragante. Esta actitud tradicional ha llegado al paroxismo con la llegada al poder del presidente Trump con su lema de America, first!. Se ha derribado el débil andamiaje de algunos proyectos de acuerdos comerciales (Pacífico, ahora dejado en manos de China), se repite mentalmente el fracaso de la Zona de Libre Comercio de las Américas (reducida a unas cumbres trianuales. Se presume de haber dado la puntilla al Partenariado de Comercio e Inversiones con Europa (TTIP). La OTAN ha sido cuestionada. Se ha celebrado el brexit como aperitivo de otras deserciones que suicidamente se aplaudirían en Washington en una curiosa resurrección del lema por el que “lo que es malo para Europa es bueno para América”.

Mientras, Europa ha seguido mostrando su modelo de integración regional al mundo, pero recientemente se ha visto atenazada por el regreso de viejos males que amenazan seriamente el progreso a una efectiva Unión: neonacionalismo, inmigración descontrolada, crisis económica. Un liderazgo indeciso no ha ido más allá del ofrecimiento de esquemas innovadores de la arquitectura institucional, explorada por el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker. Si tuviera suerte, pudiera llegar al nivel de decisión del mismo Jean Monnet o Jacques Delors, pero debe luchar con los frenos de seguridad aplicados por protagonistas del Consejo, cada uno compitiendo en proteger su patio particular. Si antes las renuencias a una supranacionalidad efectiva venían de Londres, ahora la resistencia “nacional” se ha apoderado de los gobiernos de la alianza de Visegrád, compuesta por Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia. Sin que sus argumentos se puedan interpretar como nostalgia por los viejos tiempo en que estaban sometidos a la disciplina de Moscú, ahora exigen una menor disciplina de los centros de decisión comunitarios y presentan una oposición notable a la profundización de la autoridad de Bruselas.

Este panorama dispar se viene reforzado por el débil progreso de la cooperación internacional en el resto del planeta, más allá de las alianzas ad-hoc en el terreno militar, bajo el guion del unilateralismo. China y Rusia lideran sus particulares variantes de “....first”, y todos temen los impredecibles lanzamientos balísticos norcoreanos. El mundo de Jean Monnet era más seguro.

Joaquín Royes Catedrático Jean Monnet y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami. jroy@miami.edu


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