Editorial

Cataluña, la china que sigue en el zapato de los inversores

La comunidad autónoma precisa sosiego, primero, y negociación, después

El expresidente de Cataluña Carles Puigdemont interviene en videoconferencia en el mitin de Junts per Catalunya en Tarragona.
El expresidente de Cataluña Carles Puigdemont interviene en videoconferencia en el mitin de Junts per Catalunya en Tarragona.

La reacción de los mercados financieros a la nueva victoria de los independentistas en Cataluña ha sido más comedida y modesta de lo que estimaba el común de los analistas: pérdidas del 1% en la renta variable, con caídas más intensas en los bancos y las empresas radicadas en Cataluña, y ligerísimos rebotes muy puntuales de la prima de riesgo del Reino de España. Algo que cuantitativamente puede ocurrir cualquier día del año por cualquier pequeño acontecimiento lejano o un cambio de humor de un gran banco de inversión acerca de la economía. Pero el panorama es mucho más preocupante de lo que han dicho los precios de las acciones o los bailes de los tipos de interés de la deuda: el conflicto catalán sigue donde estaba en septiembre, con mayoría de los independentistas y con cuatro años de legislatura por delante. De qué iniciativas tenga el Gobierno que se constituya en Cataluña y de qué receptividad al diálogo tenga el Gobierno de Madrid dependerá la gobernabilidad de Cataluña y España, el marchamo de la economía y el empleo, y su reflejo en las Bolsas y mercados de deuda que financian a uno de los países que más precisa del cariño de los financiadores en todo el mundo.

Parece evidente que habrá un Gobierno soberanista en Cataluña, al menos si los dos grandes partidos catalanistas son capaces de superar las grandes diferentes que se han abierto entre ellos en los últimos meses. Pero la población agregada de Cataluña exige un Gobierno que gobierne para todos, que no prime los intereses del 47% ganador sobre el 53% perdedor; que integre lo que ha desintegrado antes; que recomponga lo que el simple anuncio de la independencia descompuso en la sociedad y en la economía catalana; que prime la vuelta a la racionalidad y recupere a las empresas que han optado por mejores climas jurídicos y políticos. Los últimos meses son una magistral lección de lo que no se debe hacer, y todo el mundo espera que los políticos, incluidos los más radicales y de razón distraída, lo hayan aprehendido. La salida de las empresas hasta ahora es una señal de atención que se intensificará si los nacionalistas persisten en el error, y la segunda vuelta será una pérdida de empleo y riqueza de proporciones desconocidas. Cataluña precisa sosiego primero, y negociación después para llegar a los anhelos posibles, descartando los imposibles. Y todos saben dónde está el límite.

Los analistas del mercado han manejado muchos escenarios y han considerado que hasta la victoria repetida de los independentistas estaba descontada. Pero saben también que Cataluña seguirá siendo una china en el zapato de la economía que retrasará su crecimiento, con un coste inevitable en las cuentas de las empresas y en su valor en los mercados.

 

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