Cataluña o por qué el Barça necesita al Real Madrid

Es más fácil vender en Vigo que en París. Cualquier empresario catalán lo sabe

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El delantero argentino Leo Messi y el defensa Gerard Piqué durante el entrenamiento en la ciudad deportiva Joan Gamper de Sant Joan Despí (Barcelona). EFE

El egoísmo y la exclusión son siempre negativos para la economía y las empresas. Esa es la lección de Adam Smith que los separatistas en Cataluña o los Brexiters en el Reino Unido nunca han querido aprender.

Compartir es crecer. En mis debates con separatistas suelo poner un ejemplo, les pregunto cuál es el factor más decisivo y determinante que explica que el Barça haya ganado cuatro Champions League en diez años. Recurro al fútbol porque es siempre un ejemplo claro y comprensible. Unos responden que Messi, lógicamente, otros que La Massia por los Xavi, Puyol, Iniesta, etc. Pero nadie acierta. La respuesta correcta es que el Barça juega la liga española. Esa es la condición base que habilita al resto. Pues bien, algo tan sencillo no se entiende por muchos separatistas. En parte, por el denso barniz emocional que les cubre, pero también por décadas de relato de exaltación de las bondades propias de todo lo catalán y que dificulta ver lo obvio; que tus éxitos y riqueza no caen del cielo, que no se generan en un espacio hermético. Al contrario, surge, se crea y se desarrolla en el seno de un conjunto, de un sistema en el que todos participamos, compartimos y nos enriquecemos; el mercado español.

El mejor aliado del Barça es el Real Madrid, y viceversa. Messi necesita a Cristiano, y viceversa. No entender esto es no comprender cómo funcionan las sinergias de competencia y colaboración. Los competidores se necesitan, se estimulan unos a otros y hasta en ocasiones se asocian para un frente común que les haga crecer a todos (por ejemplo, para negociar y vender los derechos de televisión de La Liga).

Pero aparquemos el fútbol por un momento. Para Cataluña, una hipotética independencia sería mucho peor que el Brexit para el Reino Unido. Y ello por la sencilla razón que los lazos jurídicos (regulación, contratos, etc.) económicos, sistema judicial, sistema financiero, logística, etc. que unen Cataluña con el resto de España son mucho más intensos que los del Reino Unido con el resto de la Unión Europa. Sería todo lo contrario a un win-win, sería un lose-lose para todos y de magnitudes alarmantes.

Estar conectados, compartir y competir en el seno del mercado interno español ha sido y es fuente de riqueza para Cataluña. Que se lo digan al Barça, pero también a La Caixa. Y esta suele ser mi segunda pregunta cuando debato con separatistas; ¿sabes cuántas oficinas comerciales de La Caixa hay en Sevilla? ¿Y en París…? Silencio. Yo les respondo obediente; 217 en Sevilla, 0 en París. Pero, ¿cómo puede ser..? ¿No vivimos en una Europa sin barreras ni aranceles? Sí, pero incluso dentro de Europa hay barreras. Son barreras de todo tipo; regulatorias (que incluso dentro de Europa te obligan a tener un domicilio social y tributar en el mercado en el que operes), sociales, de usos, y de relaciones con proveedores y clientes. Es más fácil vender en Vigo que en París. Eso lo sabe cualquier empresario catalán. Y eso a pesar de que París está más cerca de Barcelona que Vigo y que en Francia la renta per capita es significativamente más alta que la gallega.

Pues bien, esa unidad de mercado, pero también social, económica y jurídica, explica por ejemplo que casi la mitad de las ventas fuera de Cataluña se vendan en el resto de España (unos 40 millones de personas) y que la otra mitad en el resto del mundo (unos 7.000 millones). Hagan números, 40 millones nos compran casi lo mismo que 7.000 millones). O, en concreto, a Aragón le vendemos más que a Francia. Hagan también las cuentas comparando la población y renta per capita de Aragón y Francia. Desde un punto de vista empresarial es simplemente incoherente y muy perjudicial alzar barreras de forma tan gratuita y egoísta con nuestro principal mercado, el de nuestros conciudadanos del resto de España.

Una hipotética independencia de Cataluña del resto de España provocaría ipso facto la deslocalización o partición de muchas empresas con sede en Cataluña. Ya sea por obligaciones legales (sectores regulados; banca, energía, farmacia, seguros, etc.) o por conveniencia (relación con su principal mercado, relaciones institucionales y con bancos), muchas empresas se instalarían y tributarían en el resto de España. Sería un perverso juego en el que se competiría por el mayor número de contribuyentes. Un juego en el que perderíamos todos. Los separatistas argumentarán que también sucedería lo mismo con las empresas españolas que quieran operar en una Cataluña independiente. Sin duda. Pero como la balanza comercial interregional es tan espectacularmente beneficiosa para Cataluña (24.000 millones), la caída del PIB catalán y de los correspondientes ingresos fiscales sería calamitosa. Y todo eso sucedería en cuestión de días; buena parte del PIB se evaporaría y con ello los impuestos.

Y en la partida de costes la debacle no sería menor. Se perderían todas las economías de escala y todos los ahorros que significa compartir instituciones y organismos públicos entre 47 millones. Y de déficit y de financiación de deuda ya ni hablamos.

En definitiva, una hipotética independencia, egoísta, gratuita e incoherente es una sinrazón social y económica, por lo que solo cabe pensar que hay alguien, una pequeña élite, que sí tiene un interés en poner nuevas barreras. Una casta política, y su corte de intelectuales, medios y empresarios (ligados al sector público) que sí se beneficiaría de las nuevas barreras.

Carlos Rivadulla es abogado y empresario. Cofundador de Ecofrego

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