El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Por qué Trump quiere cerrar el Gobierno

El presidente defiende con uñas y dientes su presupuesto en un pulso a demócratas y republicanos

Por primera vez, un presidente norteamericano pide que haya un cierre del Gobierno federal (shutdown) para que el poder legislativo aprenda una lección y vote a favor de su presupuesto. En un tuit del 2 de mayo, Trump decía textualmente: “Our country needs a good shutdown in September to fix mess!”. El Congreso extendió a septiembre el techo de gasto, para no cerrar el Gobierno el 5 de mayo.

El cierre del Gobierno federal no sería una buena noticia. Clinton se vio obligado a hacerlo, por la presión republicana, aunque los tres últimos años de su presidencia estuvieron determinados por fuerte crecimiento económico y superávit del déficit público. Guerras y recortes de impuestos a millonarios suelen aumentar el déficit público en Norteamérica, entendiendo por tal el que afecta al Gobierno federal, no al de Estados y ayuntamientos. La suma de todos ellos da como resultado la deuda pública.

El Gobierno federal americano tiene una fuerte tendencia a endeudarse: desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta el día de hoy, el gasto en defensa y los programas sociales han incrementado el déficit federal, que es la parte del león de la deuda pública. Presidentes republicanos han tendido a dejar en manos del crecimiento económico el control de la deuda, a pesar de las bajadas de impuestos y las guerras (Reagan y Bush, por ejemplo), versus presidentes demócratas, que preferían recortar gastos en defensa, mantener programas sociales y evitar las guerras, como hicieron Clinton y Obama, estimulando el crecimiento.

Obama heredó de su predecesor dos guerras (Irak y Afganistán), que aumentaron el déficit federal en 6 billones de dólares y la Gran Recesión de 2007-2009. La presidencia de Obama estuvo determinada por la búsqueda de la recuperación económica en casa y mínima intervención militar exterior. Aun así, la herencia recibida pesaba demasiado y, desde agosto de 2011, el presidente tuvo que pedir anualmente al Congreso que le permitiera aumentar el techo de gasto, incrementando el endeudamiento del Gobierno federal. Obama siempre se sentó a negociar para evitar un cierre del Gobierno y llama la atención que el actual presidente pida un buen cierre del Gobierno para dar una lección al poder legislativo; es decir, para que le dejen hacer lo que él quiere con total libertad, sin control.

Sin embargo, siendo Trump republicano –al menos nominalmente–, su doctrina va en contra de la ortodoxia de su partido y del sentido común. No puede fiar al crecimiento económico el contrapeso a su fuerte bajada de impuestos recientemente propuesta: en el primer trimestre de 2017, siendo él ya presidente, la economía creció solo el 0,7% y, aunque el Gobierno federal ha hecho lo indecible para vender el dato como excelente (aumento del gasto de las familias y de la inversión, incremento de los salarios, etc.), lo cierto es que la Reserva Federal se ha preocupado porque el dato ha sido inesperado, por negativo: la economía creció el 2,1% en el último trimestre de la era Obama versus el 0,7% con Trump.

Para Trump, la culpa del mal dato de PIB en el primer trimestre la tienen los Gobiernos estatales y locales, que gastaron demasiado. Sin embargo, en noviembre de 2016 la deuda del Gobierno federal fue de 14,3 billones de dólares (76% sobre el PIB), a los que añadir 5,4 billones de deuda de los Estados y Gobiernos locales, dando lugar a un total de deuda pública bruta de 19,8 billones (106% sobre PIB). En 2010, escribía en estas páginas que el 32% de la deuda pública americana estaba en manos extranjeras. Hoy, el 45% de la deuda pública está en manos de inversores extranjeros, entre los que destacan, de nuevo, China (1,09 billones) y Japón (1,06).

Trump piensa que puede seguir endeudando al Gobierno federal porque su rebaja de impuestos generará 25 millones de empleos y un crecimiento del PIB del 4%. Y, además, siempre habrá “chinos y japoneses dispuestos a comprar deuda pública americana”. En mayo de 2017, el porcentaje de deuda pública sobre PIB americano es del 104,17%. La deuda del Gobierno federal equivale a 19,846 billones de dólares, versus un PIB de 19.007 billones. En honor a la verdad, los hay que están peor (mal de muchos, consuelo de tontos): el porcentaje de deuda pública sobre PIB en Japón es del 250%, con razón llevan dos décadas estancados; Italia (132,60%); el tercer lugar es América (104,17%), y el cuarto puesto corresponde a España (99,40%). Trump está obsesionado con repeal and replace Obamacare, reducir impuestos salvajemente y aumentar el gasto en defensa (simplificamos, lógicamente), pero, versus Obama o Clinton, Trump no parece prestar atención a la composición del PIB.

En el primer trimestre de 2017, finanzas y seguros, distribución, innovación y TIC fueron los principales contribuidores al crecimiento económico, según datos del Bureau of Economic Analysis. En cambio, en el último trimestre de la presidencia de Obama (cuarto trimestre de 2016) el crecimiento en PIB del 2,1% fue más diversificado: 19 de 22 sectores de actividad contribuyeron al PIB.

Ahora, las TIC y la innovación han salvado por los pelos al PIB americano (+0,7%, primer trimestre de 2017). Este hecho debiera llevar a pensar al presidente si no vale la pena llevarse mejor con las empresas tecnológicas, con quienes Obama y Clinton se entendieron muy bien, estimulando el crecimiento económico. Con Trump, la guerra está abierta. Segundo, el modesto crecimiento vino acompañado de poca creación de empleo en febrero (muy alta en enero: Trump creyó en las estadísticas oficiales de enero). Tercero y como conclusión, bien haría el presidente en poner el foco en la economía en vez de, como Bush, dejarla al albur de la mano invisible del mercado, mientras aumenta el gasto militar y juega con Corea del Norte.

Alentar el cierre del Gobierno federal para imponer su voluntad al poder legislativo no solo va a alienar a Trump aún más de su partido –le ha costado lograr su apoyo para abolir Obamacare–, sino que es una frivolidad de peligrosas consecuencias para la primera economía del mundo.

Jorge Díaz-Cardiel es socio director general de Advice Strategic Consultants, y autor de Hillary vs Trump y El legado de Obama.

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