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Google contra Uber: guerra en Silicon Valley

Una demanda por la propiedad intelectual del coche autónomo puede marcar un giro drástico

Camión autónomo de Otto.
Camión autónomo de Otto.

Un pleito entre Alphabet y Uber podría provocar una abolladura importante en el espíritu de Silicon Valley, que prosperó –especialmente la matriz de Google– mucho más compartiendo que demandando. La pelea por los secretos de los coches sin conductor puede indicar un drástico giro legal.

En cierto modo, es una historia común. Un valioso ingeniero deja Alphabet, crea una empresa basada en la experiencia y el conocimiento que obtuvo en su antiguo empleador y luego la vende a Uber, rival de Alphabet. Así es, en esencia, como funcionó –y floreció– el Valle del Silicio durante décadas.

El gigante acusa a la empresa de transporte de haber violado incluso las permisivas reglas sobre lealtad del centro tecnológico

A diferencia de la ruta 128 de Boston, su predecesora como centro de alta tecnología en EE UU, la región entre San Francisco y San José permitía a los empleados cambiar de trabajo y compartir descubrimientos libremente. Quizás hubiera alguna demanda si la tecnología era única y su potencial inmenso, pero lo más habitual era que el litigio se resolviera, abandonara o rechazara por ser una pérdida de tiempo.

Alphabet, especialmente, evitaba los tribunales. Estuvo atrapado en las guerras de patentes de los smartphones, pero rara vez demandó por secretos comerciales u otro tipo de propiedad intelectual. De hecho, abogó por debilitar ciertas protecciones de esta.

El caso de Uber es diferente. La tecnología de los coches autónomos no solo es valiosa sino potencialmente revolucionaria para conductores y fabricantes. Waymo, división de Alphabet, dedicó siete años y decenas de millones de dólares a desarrollar una versión particularmente sofisticada, para que luego un líder del proyecto, Anthony Levandowski, acusado de robar más de 14.000 archivos de secretos de diseño, los usara para abrir su propia empresa, Otto, en cuestión de meses. Uber compró Otto en agosto por unos 645 millones de euros y nombró a Levandowski jefe de tecnología de conducción autónoma. Además, Alphabet, a través de una rama inversora, invirtió unos 235 millones de euros en Uber hace varios años.

La semana pasada, Waymo demandó a Uber y Otto, alegando competencia desleal y violación de patentes y secretos comerciales. A diferencia de las típicas denuncias legales, esta está escrita en lenguaje simple y convincente que alaba la competencia leal y expresa un potente sentimiento de traición. Es decir, que Uber y Otto han violado incluso las permisivas reglas de Silicon Valley sobre lealtad y secretos.

Hasta hace poco casi no había litigios, y si los había se solían abandonar por ser una pérdida de tiempo

Uber niega las acusaciones, a las que llama “intento infundado de frenar a un competidor”. Pero podrían ser amargas. El fundador y CEO, Travis Kalanick, dijo en agosto que el coche sin conductor era para ellos “existencial”, y si un juez acepta la solicitud de Waymo de impedir que Uber use la tecnología en disputa, podría sufrir un devastador retraso.

Combatir a un monstruo como Alphabet será costoso, sea cual sea el resultado, especialmente para una empresa que pierde dinero. Y sería difícil que el juicio viniera en peor momento: Uber se enfrenta a denuncias de acoso sexual y la consiguiente reacción negativa de los clientes, así como a desafíos constantes de los monopolios de taxis y de los conductores que insisten en ser tratados como empleados de pleno derecho.

De fondo está la situación general. En Silicon Valley, el valor de la tecnología y el talento nunca ha sido mayor que ahora, los mercados potenciales (como la realidad virtual) más lucrativos, o la competencia más feroz. No es de extrañar que los juicios y las prácticas anticompetencia estén ganando importancia. En los últimos años, empresas como Apple, Google, Intel y Adobe han pagado multas por pactar no robarse trabajadores. Apple aceptó el año pasado pagar 425 millones de euros por pactar los precios de los e-books. El mes pasado, un jurado concedió al fabricante de videojuegos ZeniMax 475 millones porque su tecnología había terminado en los cascos de realidad virtual Oculus, de Facebook.

El caso Alphabet contra Uber parece de mayor magnitud: por el valor de la propiedad intelectual en juego, por el alcance y descaro de la supuesta mala conducta, por el detalle y claridad de la denuncia y por las posibles consecuencias para Uber. A diferencia de gran parte de la América corporativa, las empresas del Valle del Silicio –con lemas como Piensa diferente y No seas malvado– han evitado hacer una costumbre de la devastadora actividad de litigar. Este caso marca un cambio, que si se prolonga, dejaría la cultura abierta en el espejo retrovisor.

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