Tribuna

Cae un peón, continúa el juego en Oriente Medio

Los rusos barajaban el riesgo de acciones violentas en suelo turco

El supuesto atacante, identificado como Mevlüt Mert Altintas (atrás) permanece junto al cuerpo sin vida del embajador ruso en Turquía, Andréi Karlov.
El supuesto atacante, identificado como Mevlüt Mert Altintas (atrás) permanece junto al cuerpo sin vida del embajador ruso en Turquía, Andréi Karlov.

Sonaron los disparos. Luego se oyó la voz del agresor, del asesino. “Alá es grande, Alá es grande, Alá es grande. Venganza por Alepo…” El embajador ruso en Ankara, Andrei Karlov, yacía en el suelo, acribillado por las balas del agresor, Mevlüt Mert Altintas, un ex policía turco de 22 años, expulsado del cuerpo después de la intentona golpista del 15 de julio. Los servicios de seguridad le acusaron de pertenecer a la organización radical Haberturk, agrupación vinculada al Frente Al Nusra, máximo exponente de Al Qaeda en Siria.

La reacción del Kremlin fue instantánea. Las autoridades rusas tildaron el atentado de “ataque terrorista”. ¿Sorpresa? ¿Indignación? No, al parecer los rusos habían barajado la posibilidad de acciones violentas llevadas a cabo en suelo turco. De hecho, hace apenas unos días, los medios de comunicación moscovitas se hicieron eco de la detención, por los servicios secretos de Ankara, de varios “terroristas islamistas” que estaban preparando atentados contra objetivos estratégicos rusos.

Los militantes del Estado Islámico, que utilizaron durante años el territorio turco como plataforma para sus acciones contra Occidente, hallaron en el régimen de Ankara un apoyo tácito, cierta complacencia, cierta comprensión. Todo ello, pese a las advertencias de Washington y las críticas, veladas, pero constantes, de los mandos de la OTAN. En la mayoría de los casos, los oficiales turcos se escudaban detrás de un firme: “No os preocupéis; sabemos lo que hacemos…”

Las relaciones entre Ankara y Moscú llegaron a su nivel más bajo tras el derribo, en noviembre de 2015, de un caza ruso que efectuaba una misión en Siria, a escasos kilómetros de la frontera con Turquía. Putin decretó la expulsión de las empresas turcas radicadas en la Federación Rusa; siguieron las sanciones económicas y el boicot turístico del país vecino, destino privilegiado de… ¡dos millones de visitantes rusos!

Las cosas cambiaron radicalmente después de la intentona golpista del 15 de julio, en la cual los servicios secretos rusos desempeñaron un papel preponderante. Los analistas occidentales están persuadidos que Erdogan recibió información muy valiosa de la “antena” del Servicio de Inteligencia exterior (SVR) en Ankara, que conocía los proyectos de los militares sublevados. De hecho, Erdogan jamás reveló detalles sobre su rocambolesco rescate.

Después del 15 de julio, Ankara y Moscú sellaron las paces. La cooperación, tanto política como militar en el conflicto de Siria parecía posible, incluso deseable. El frente Moscú–Ankara–Teherán coordinaba las acciones militares. Sus éxitos irritaban sobremanera a Barack Obama y sus aliados en la coalición anti-Daesh. Aparentemente, Rusia, el “gran hermano” de Bashar al Assad en la guerra contra las facciones rebeldes, estaba a punto de cambiar el rumbo de la confrontación. Y eso bien valía una venganza. Tras la neutralización de los comandos dispuestos a atentar en suelo ruso, quedaba, pues, la opción turca. El atentado llegó a materializarse anoche, en Ankara, a gritos de ¡Alá es grande!

¿Qué supone ello para el porvenir de las relaciones ruso-turcas? Ni que decir tiene que Moscú exigirá explicaciones, pedirá que se depuren responsabilidades, que se vigilen las sedes de sus representaciones diplomáticas y afines. Sin embargo, los contactos en materia de defensa, es decir, la coordinación de las acciones conjuntas en suelo sirio no están afectados por el trágico incidente de ayer. Rusos, turcos e iraníes se reunirán este martes en Moscú. Business as usual…

Adrián Mac Liman es analista político internacional

Normas