Tribuna

¿Hay que ser grande para competir fuera?

El problema no es que tengamos demasiadas empresas pequeñas, el problema es que tenemos pocas que sean grandes

Ante la irrupción de gigantes empresariales o grandes grupos industriales y tecnológicos, hoy en día el tema de la dimensión empresarial está presente en todos los debates sobre la competitividad y la internacionalización. Se suele plantear generalmente como una máxima que se repite y se repite que “el tamaño de las empresas de nuestro país es excesivamente reducido para competir en los mercados internacionales”.

Es cierto que en determinados sectores las empresas deben tener dimensión para ser un player de referencia, pero no es menos cierto que tenemos numerosos ejemplos de medianas y pequeñas empresas presentes en decenas de países, compitiendo en nichos específicos con empresas de todo el mundo.

La dimensión es un concepto relativo que depende, entre otros factores, del número y dimensión de los competidores internacionales, de la dimensión del mercado y de las barreras de entrada para nuevos competidores.

Por ello creo más oportuno hablar de adquirir la dimensión óptima que fomentar el crecer por crecer, porque tan malo puede ser quedarnos cortos como pasarnos en exceso.

En mi opinión, para afrontar un cambio de dimensión existen algunas premisas, como son que la empresa debe estar en una situación de buena salud financiera; disponer de un proyecto sólido con una clara propuesta de valor; que el primer ejecutivo y su equipo estén preparados para llevar a cabo el proyecto, y, por supuesto, que el consejo de administración y la propiedad estén alineados para afrontar el proceso.

Por ello, quizás, el primer reto es la identificación de la dimensión óptima para cada empresa, para fijar a partir de ahí el objetivo de dimensión, el plan para su consecución, los recursos necesarios y, no menos importante, el horizonte temporal.

Existen dos grandes elementos de riesgo que afrontan a menudo las empresas y que creo que no hay que dejar de lado: el plantear el cambio de dimensión como una estrategia defensiva y fijar tempos e intensidades en el proceso difíciles de digerir por la organización.

En Amec hemos incorporado el tema de la dimensión óptima en el debate entre las empresas y en las actividades, identificando los motores y frenos al crecimiento, así como alternativas para afrontar el cambio de dimensión, y todo ello con el gran activo que significa la posibilidad de conocer y analizar las best practices desarrolladas por las empresas.

La primera conclusión en la que expertos y empresas convergen en este debate es en destacar la importancia de disponer de una visión estratégica a largo plazo, en la que se detalle qué se quiere hacer y cómo se llevará a cabo: ¿queremos crecer o internacionalizarnos?, ¿deseamos hacerlo solos o en compañía? Una visión clara de lo que se quiere hacer será clave para la consecución de los objetivos y permitirá determinar cómo ganar dimensión y sobre qué áreas de la empresa potenciar el crecimiento. Las empresas que ya han recorrido este camino y nos cuentan sus experiencias señalan que crecer no es el único fin, sino un medio para poder seguir siendo competitivas.

El crecimiento orgánico es el más habitual en las pymes dado que no se depende tanto de financiación externa y se mantiene un mayor control sobre la empresa, mientras que en el inorgánico el crecimiento suele ser más rápido.

Optar por la fórmula que mejor se adapta a cada empresa –crecimiento orgánico o inorgánico– así como el tipo de financiación al que recurrir son decisiones que marcarán el futuro de la compañía. A menudo, las alianzas, sobre todo en el ámbito comercial, resultan ser una de las fórmulas más sencillas. El quid de la cuestión se encuentra en lograr un tamaño eficiente que genere un proyecto competitivo y compartido, coherente con la identidad de la empresa y dirigido a segmentos específicos, aportando a los clientes la mayor satisfacción.

Frente a la perspectiva individual de cada empresa sobre su dimensión, existe la perspectiva del país en su conjunto. En este punto no debemos equivocarnos: el problema no es que tengamos demasiadas empresas pequeñas, el problema es que tenemos pocas que sean grandes. Es decir, que para que nuestra economía tenga un buen grado de solidez de la internacionalización se requiere tanto de empresas grandes competitivas como de pymes competitivas.

Joan Tristany, director general de Amec

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