Elecciones EE UU
El candidato republicano a la Casa Blanca, Donald Trump en un acto de campaña en Warren, Michigan. REUTERS
El candidato republicano a la Casa Blanca, Donald Trump en un acto de campaña en Warren, Michigan. REUTERS REUTERS

Qué ocurriría en EE UU si Trump fuera presidente

El candidato republicano anuncia recortes de impuestos y creación de empleo basadas en “intuiciones”

Tiene más actitudes en común con Maduro, Putin o Le Pen que con Washington o Jefferson

Nunca he experimentado un fracaso. Siempre he convertido los fracasos en éxitos”, dijo un empresario, promotor inmobiliario, fallido dueño de casinos, causante de la ruina económica de Atlantic City –cientos de empresas cerradas y miles de trabajadores despedidos– y, sí, habiendo experimentado fracasos: al menos, seis bancarrotas y cinco suspensiones de pagos. Sin embargo, para esta persona, los fracasos son éxitos. ¿Por qué? Porque mediante esos sonoros fracasos, este hombre ha conseguido hacerse famoso. Y como él mismo dijo en 2014, “mi peor pesadilla es no tener el reconocimiento público, el no ser famoso: por eso, la mayor parte de la gente que pasa desapercibida no merece ni mi respeto, ni mi admiración”. Hablamos de Trump, quien hizo estas declaraciones en 2014 a Michael D’Antonio, periodista ganador del Pulitzer que escribió una biografía sobre Trump (The truth about Trump).

Empiezo por aquí porque, como decía mi maestro en Sociología: “Lo más importante es saber lo que las personas tienen en la cabeza”. En el caso de un potencial presidente de Estados Unidos, saber esto es esencial porque, junto al carácter, historia personal y profesional, ideología, etc., nos da pistas sobre cómo será su presidencia. Por ejemplo, Ronald Reagan, icono republicano, actor, excelente comunicador y, en general, hombre inculto sin interés por aprender.

En sus memorias, Margaret Thatcher, primera ministra británica, escribió que, tras bailar en la Casa Blanca con Reagan, se volvió a su jefe de gabinete y le dijo con pena, refiriéndose a Reagan: “Poor thing. He has nothing between his ears” (“pobrecillo, tiene la cabeza hueca”).

También refiriéndose a Reagan, Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal durante 19 años, afirmó en The age of turbulance (2008) que “Reagan ni sabía de economía ni le interesaba saber. En una ocasión, viajando en el Air Force One, tuve que informarle del estado de la economía y, de aburrimiento, se me quedó dormido. En cambio, Clinton era una esponja –tenían posiciones políticas opuestas– que absorbía todo conocimiento y dato económico. Es el mejor presidente norteamericano en lo económico en el siglo XX”.

“Las presidencias se ven venir”, es decir, en gran parte son predecibles. Todo el mundo sabía que Nixon era un sinvergüenza, que a Clinton le gustaban las mujeres ajenas en exceso y que Trump es un narcisista que busca el reconocimiento público, la alabanza, el aplauso, que se hable de él. Le salió objetivamente mal la acusación de que Obama era keniano y no estadounidense. La investigación del FBI y el certificado de nacimiento de Obama le dejaron en ridículo ante todo el mundo. Pero Trump hizo de la necesidad virtud: “Han hablado de mí, que es lo importante”. Dejó boquiabierto a todo el país.

A pocos días de que se celebren las elecciones, las acusaciones de Trump sobre que están amañadas no solo le dan publicidad, sino que le proporcionan la salida perfecta para, en la noche electoral, no parecer un perdedor: “Lo avisé, las elecciones estaban ya decididas por el establishment, los medios y Hillary”.

Es un secreto a voces que Trump, si –como dicen hoy las encuestas– pierde las elecciones, va a montar un emporio de medios de comunicación con la ayuda de Roger Ailes –expresidente de Fox News, de donde fue despedido por acusaciones de acoso sexual a 25 mujeres: Dios los cría y ellos se juntan– y el presentador de extrema derecha Sean Hannity. Trump ya ha dicho a sus íntimos que se aprovecharía de ese 40% de electorado blanco y sin estudios que le apoya, para tener la mayor audiencia de la televisión, robando ese puesto a la Fox, con quien Trump tiene sus cuitas, especialmente con las presentadoras mujeres, como Megan Kelly.

Y es que Trump ama “tener enemigos. Lucho contra mis enemigos. Me gusta destrozarlos hasta que acaban arrastrándose por el suelo”, dijo en 1989, en medio de una batalla legal con el multibillonario Leonard Stern. Su forma de pensar le acompaña hasta hoy: varias veces, en mítines electorales, cuando ha habido demócratas furiosos contra él que han sido expulsados del recinto, el comentario de Trump ha sido: “En mi época esto se solucionaba a puñetazos yendo al parking”; sus masas le aplauden.

La presidencia de Trump sería un mandato de rencor, de odio: ha avisado de que a Hillary la metería en la cárcel. Trump tiene más en común con Maduro, Putin y Le Pen en actitudes y comportamiento que con George Washington y Thomas Jefferson. En lo económico, Trump denunciaría a China como “manipuladora de su moneda” y le declararía la guerra comercial. Al igual que a los países con los que Norteamérica tiene firmados tratados (Nafta, TTP) que Trump considera nocivos para el país.

Dice tener un plan económico –lo he leído y es una simpleza– que promete un crecimiento del 4% en PIB, crear 25 millones de empleos en 10 años, bajar impuestos a las empresas (del 35% al 15%), un 10% por repatriar beneficios “trayendo a casa trillones de millones de dólares”, asegura Trump; reduciendo los tipos impositivos de siete a tres (12%, 15% y 33%); apostando por la independencia energética (algo ya conseguido con Obama) con todo tipo de energía, incluido el “carbón limpio”; mediante absoluta desregulación de los sectores y mercados, dejándolo todo al albur de la mano invisible del mercado de Adam Smith; reducción de la deuda en un trillón de dólares en 10 años...

¿Quién –sensato/a– cree a Trump? Reagan no sabía, pero delegaba en los expertos. Pero Trump dice saber de todo: “Sé más de ISIS que nuestros generales”, ha llegado a decir con arrogancia y desprecio. Aparentemente, la Fed no le molesta... si tiene al frente a alguien de su absoluta confianza: así que Yellen –que no lo es– saldría por la ventana.

Una de las cuestiones más espinosas que quiere hacer Trump, en lo económico, es desmontar todo el edificio construido por Obama. La pérdida de tiempo y recursos sería incalculable. Lo peor es que Trump no tendría un plan creíble para hacer crecer la economía: “Yo me guío por intuiciones”, asevera.

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