Editorial

Un estancamiento que habrá que pagar

Rueda de prensa del líder del PP, Mariano Rajoy, al término de la la reunión del Comité Ejecutivo Nacional del PP.
Rueda de prensa del líder del PP, Mariano Rajoy, al término de la la reunión del Comité Ejecutivo Nacional del PP. EFE

La vía libre del Comité Ejecutivo del PP al presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy, para negociar las condiciones para que Albert Rivera apoye su investidura era algo que nadie dudaba y no aporta nada nuevo al estancado panorama político. Tras dos horas de reunión con amplia participación de los barones del PP, Rajoy se ha limitado a anunciar que tiene esa carta blanca negociadora y, a renglón seguido, negar que haya aceptado los requisitos establecidos por el líder de Ciudadanos para concederle su apoyo. La afirmación por Rajoy de que en la reunión de la ejecutiva “nadie ha dicho ni una palabra sobre las condiciones”, pese a que Rivera haya puesto la aceptación de estas como requisito previo a sentarse a una mesa negociadora, da idea de lo poco que se ha avanzado en la semana larga transcurrida desde que el pasado 9 de agosto el líder de Ciudadanos dio ese paso.

Las seis medidas del “pacto para la regeneración y la transparencia” propuestas por Rivera, que incluyen la expulsión de la política de los imputados por corruptos, acabar con los indultos de estos casos, eliminar los aforamientos, listas electorales desbloqueadas, limitar los mandatos y una comisión parlamentaria de investigación sobre el caso Bárcenas, son exigencias imprescindibles para Ciudadanos, lo que indica que la negociación que abren hoy los dos líderes se deberá centrar en otros campos. Por eso Rajoy reconoció ayer que “mientras no se nos pida nada que perjudique los intereses de los ciudadanos, podemos aceptar muchas cosas”.

Y es aquí donde la economía debe jugar un papel esencial, especialmente en cuatro escenarios. Las negociaciones con Bruselas sobre el plan de estabilidad, el techo de gasto, las soluciones a la elevada tensión de la deuda pública –se ha disparado hasta cerca del 101%, a niveles no alcanzados desde 1909– y los Presupuestos Generales del Estado para el próximo año son frentes de gran calado que de no gestionarse adecuadamente en tiempo y forma pueden impactar muy negativamente en la economía.

Sí puede ser cierto que la economía española no se ha resentido hasta ahora de la parálisis política, y que el 0,7% que creció el PIB el segundo trimestre supone más del doble que la media europea, y ello mientras el mercado laboral continúa ofreciendo datos positivos en términos cuantitativos. Tan cierto como que esta evolución se produce incluso a pesar de la anómala situación política, y nada asegura que no sería aún mejor si los mercados y demás agentes económicos percibieran de una vez normalidad, seguridad y certeza a largo plazo, que es el caldo de cultivo en el que se desarrolla la verdadera actividad creadora de riqueza. Y ese es uno de los grandes peligros de la actual situación, dificilísimo de cuantificar y que al final habrá que pagar: las oportunidades de inversión y de nuevos negocios que se están perdiendo por este larguísimo periodo de interinidad.

Aunque las negociaciones PP-Ciudadanos llegaran a buen puerto, nada, y menos la aritmética, muestra un horizonte despejado. Poco después de comparecer ayer Rajoy, el líder del PSOE, Pedro Sánchez, reincidió tras reunirse con la cúpula de su partido en su no colegiado al PP “por razones ideológicas y de ética”. Sánchez, que acusó a Rajoy de “mantener cautivas la democracia y las instituciones”, exigió que el PP fije esta semana la fecha de investidura y amenazó con una iniciativa en las Cortes exigiendo la convocatoria inmediata. Y lo hizo después de que Rajoy le demandara la fecha que le parecería adecuada. Un juego en el que Sánchez sigue sin presentar una alternativa que haga compatibles sus noes a Rajoy y a unas terceras elecciones.

A pesar de su referencia a que ningún país europeo ha tenido tras la Segunda Guerra Mundial que repetir tres veces comicios por falta de acuerdo entre los partidos, a sus advertencias por el ridículo internacional que supondría y a sus insistentes declaraciones en contra, Rajoy sabe que puede aumentar su respaldo en una nueva llamada a las urnas. Una opción que empezaría a tomar cuerpo de no consolidarse la mano tendida por Ciudadanos, que ayer se volvió a sentir ninguneado, y una inteligente gestión en las próximas jornadas. Fracasada la gran coalición, sería un doble fracaso con todos como responsables por no saber desarrollar un espíritu reformador y pactista para la gobernabilidad.

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