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Pokémon Go no ha inventado la pólvora

Es una versión descafeinda y digital de Geocaching, el juego preferido de los ‘cazatesoros’

Pokémon Go
Un contenedor (o caché), en este caso con forma de llavero y camuflado bajo una piedra, es lo que buscan los aficionados al Geocaching con la ayuda de un GPS. La gracia del juego es que se esconden en emplazamientos singulares.

Existe una prueba definitiva para saber hasta qué punto algo es o no tendencia: comparar las búsquedas que tiene en Google con las que cosecha el término porno, tan solicitado como estable en el tiempo. Brexit lo superó el día después del referéndum; Niza solo lo logró durante unas horas tras el terrible atentado. Pokémon lleva desde el día 9 de julio muy por encima de la palabra clave de las búsquedas calenturientas, todo un hito en la era de internet.

Aventuras dignas de Indiana Jones

Albert Feliu cuenta que las coordenadas de un caché le llevaron hasta una iglesia de Premià de Mar, en Barcelona, donde debía buscar el trofeo valiéndose de la siguiente instrucción: “Para encontrarme necesitarás FE”. Tras darle vueltas y más vueltas, se le ocurrió pasar una barra de hierro (FE es su símbolo en la tabla periódica) por la fachada principal. De una rendija salió un llavero imantado con el premio. Una aventura digna de Indiana Jones.

Son los propios geocachers quienes han ido sofisticando el juego. Abundan los acertijos en las instrucciones de búsqueda. Los multicachés, por su parte, exigen encontrar varios cachés que, todos juntos, revelan las coordenadas del trofeo final. Y luego están los travelbugs: muñecos grabados con un número de registro que se dejan dentro del contenedor y que incorporan misiones. Por ejemplo, ir y volver a Australia. En este caso, los usuarios los van acercando hacia su objetivo para que otro prosiga el trabajo.

Pokémon Go se ha convertido en un fenómeno de masas al unir el mundo virtual y el físico gracias a la realidad aumentada. La propuesta del videojuego de Nintendo es sencilla: salir a capturar pokémons, unos animalitos desperdigados por el mundo, para luego entrenarlos y usarlos en combates contra otros jugadores. Pese a ser gratuito, tiene un sistema de micropagos voluntarios para acelerar la progresión de los personajes, que ya ha generado más de 30 millones de euros. Eso sin contar que las acciones de la firma nipona se han revalorizado casi un 100% desde el lanzamiento del producto.

El éxito del juego desde el punto de vista comercial es indiscutible. Pero no convence a los auténticos cazatesoros. “Está bien, pero es aburrido. No obtienes una recompensa en el mundo real, que es lo que busco cuando busco cachés”, explica Manuel Burló. Este alicantino de 36 años es uno de los coordinadores de Geocaching Spain, la mayor asociación del país de aficionados al Geocaching, un juego que se basa en encontrar objetos físicos diseminados por lo largo y ancho del globo.

La recompensa a la que se refiere Burló es que estos particulares tesoros suelen colocarse en lugares singulares, ya sea por su paisaje o por la historia que encierran. Esta afición nació en EE UU en 2000, cuando aparecieron en el mercado los primeros GPS. Originalmente era un juego de montañeros, que colocaban objetos (cachés) en espacios espectaculares para compartir sus hallazgos con los demás. El fenómeno ha crecido hasta sumar unos tres millones de seguidores registrados en la web (más de 32.000 solo en España) y unos 2,8 millones de cachés escondidos en los rincones más insospechados (61.000 en este país).

La idea es sencilla: se camufla un contenedor hermético (el caché), cuyo tamaño puede oscilar entre un dedal y la caja de un tráiler, en un lugar determinado y se cuelgan sus coordenadas en la web. Dentro del recipiente se coloca un libro de registro, de manera que quienes lo encuentren puedan dejar constancia de ello. El dueño de cada caché es el responsable de revisarlo regularmente y de corroborar que quienes dicen haberlo localizado lo hayan hecho.

  • El impulso del ‘smartphone’
A los aficionados al Geocaching trabajarse los escondites de los cachés. En la imagen, uno camuflado en un tronco de árbol hueco.
A los aficionados al Geocaching trabajarse los escondites de los cachés. En la imagen, uno camuflado en un tronco de árbol hueco.

Los teléfonos inteligentes dieron un renovado impulso a este juego, que saltó a las ciudades. “En el centro de Madrid debe de haber unos 2.000 cachés”, estima Burló, a la sazón profesor de una asignatura de libre elección en la Universidad de Alicante sobre las aplicaciones del Geocaching. Porque, tal y como empieza a pasar con Pokémon Go, las posibilidades de esta afición no han pasado desapercibidas. Varias oficinas de turismo, como la de Islas Azores, tienen repartidos cachés por puntos de interés del archipiélago. “Una empresa de buceo tiene uno colocado en un barco hundido para promocionar sus servicios. Yo lo he capturado”, explica Paula Calsamiglia, una barcelonesa atrapada por este hobby desde hace seis años. “Me gusta porque me permite conocer lugares especiales para la gente local. Comparado con el Geocaching, Pokémon Go es muy frío. Creo que será una moda pasajera”.

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