Tribuna

Reflexiones sobre un día negro para Europa

Yo era uno de esos optimistas que pensaba que la sensatez brillaría en el pueblo británico, que no era posible otro resultado que el sí a la permanencia en la UE, pero me equivoqué, como tantos. Eso me pasa por ser un europeísta convencido, alguien que, como ciudadano de la UE, recorre el Viejo Continente sintiéndose como en casa.

El pánico que han vivido los mercados responde, entre otras cosas, a que la City londinense, pese a quien le pese, es el corazón financiero de Europa, aunque Reino Unido no estuviera en el euro. La libra era una rareza más de un gran pueblo, como conducir por la izquierda o no utilizar el sistema métrico decimal. Ahora bien, la salida del proyecto europeo es otra cosa. Es renunciar a construir un futuro entre todos y reivindicar un nacionalismo caduco. Sin embargo, ahora solo nos queda respetar la voluntad de los británicos, desearles lo mejor y soñar con un milagro de marcha atrás.

La reacción frente al brexit por parte de los mercados, la propia UE o EE UU pesan sobre los británicos. Hay decisiones que no pueden ser dejadas en manos de un referéndum, necesitan de un debate en el Parlamento, ayudado por la opinión de los, en ocasiones, denostados expertos. Por ello, cabe que pueda llevarse a cabo el milagro, pero no el de los panes y los peces solo para los ciudadanos de la isla, sino para todos los europeos. Hay que congratularse con la respuesta de la UE, de un lado, en el sentido de defender que no puede salirse un Estado del club y ser un socio de referencia. La pertenencia a la UE conlleva derechos y obligaciones y no solo los primeros. De otro, que Europa moverá ficha solo en el momento en que se solicite, formalmente, la aplicación del artículo 50 del Tratado.

¿Qué consecuencias tiene el brexit para nuestro país y la UE? Son impredecibles, pese a todo lo escrito y visto hasta el momento. La existencia de gravámenes aduaneros supondrá un límite a las exportaciones españolas. El turismo, nuestra primera industria nacional, puede verse perjudicado al no contar con el llamado turismo sanitario y se incrementarán las aportaciones económicas del resto de países a la UE, en particular de España.

En todo caso, la experiencia del brexit debe hacer pensar a Bruselas en una reforma en profundidad del proyecto europeo, comenzando por una nueva política de comunicación. En definitiva, saber vender sus bondades, destacando lo que nos une y sin concesiones estentóreas a los países. A Reino Unido se le ha dado gran parte de lo que pidió y solo ha servido para levantar recelos del resto de socios. También se hace necesario profundizar en la integración, eliminando la regla de unanimidad en materia fiscal.

En este sentido, puede desbloquearse el proyecto de la base imponible común consolidada en el impuesto sobre sociedades, al perder fuerza la pinza que Inglaterra mantenía con Irlanda. Al desaparecer los mecanismos reforzados de información y asistencia mutua y, aunque la primera tiene suscritos convenios de doble imposición con todos los países de la UE, limitará la capacidad de actuación de las autoridades tributarias de estos últimos. Ahora bien, ayudará a luchar contra paraísos fiscales encubiertos, como es el caso de Gibraltar, reivindicando, también, la tan manida, por irrealizable hasta el momento, soberanía compartida.

Los costes indirectos de nuestras exportaciones e importaciones se incrementarán por el cumplimiento de las formalidades aduaneras. Sin embargo, ello puede provocar la deslocalización de las empresas domiciliadas en suelo británico hacia países de la UE, por la facilidades del mercado único, lo cual puede generalizarse de aprobarse el TTPI, el Tratado Transatlántico de Libre Comercio e Inversión entre EE UU y la UE. Es cierto que Reino Unido puede negociar un tratado similar, pero Bruselas será contraria a que el mismo tratamiento se aplique a un exsocio. Sin duda, la deslocalización provocará una bajada generalizada de los tipos del impuesto sobre sociedades y una competencia fiscal entre el resto de los países europeos y que, esperemos, no sea desleal.

Como puede comprobarse de todo lo expuesto, más luces que sombras. En un mundo globalizado, los países, de forma individual, poco tienen que decir. Europa se ha convertido en una tierra de provisión en la que, como un espejo, todos quieren mirarse. Por tanto, resultan absurdas situaciones como la del brexit en que un país sale del equipo y obsta por la soledad del corredor de fondo. A los demás, solo nos queda apoyar, con todas nuestras fuerzas, una Europa más unida. Esperemos que así sea.

Javier Martín es Socio director de F&J Martín Abogados. Profesor titular de Derecho Financiero y Tributario de la Universidad Complutense (catedrático acreditado)