Ismael Clemente, presidente de Merlin

“Contra los pijos de Londres”

El principal ejecutivo de la socimi española, que acaba de aprobar la absorción de Metrovacesa, relata en primera persona la experiencia el Londres de la salida de Reino Unido de la UE

Ismael Clemente, presidente de Merlin Properties
Ismael Clemente, presidente de Merlin Properties

Por circunstancias, me ha ‎tocado estar en Londres la noche histórica en que se produjo el recuento de votos que ha llevado a Gran Bretaña a romper su relación con los socios europeos.

Durante el día, en reuniones con inversores, prácticamente ni se notaba que ‎se estaba celebrando el referéndum. En general, los gestores profesionales de inversiones son gente culta y, como mucho, dejaban caer su deseo (y convicción, curioso) de que no pasaría nada.

Por la tarde, comencé mi particular toma de pulso con la señora de la limpieza del hotel, que tenía un claro sotaque portugués y resultó ser de una aldea muy cercana a mi pueblo en Badajoz. Era partidaria de seguir todos juntos.

Llamé a unos amigos españoles y quedamos a cenar en un bar de tapas. El taxista me dio el primer mitin contra la Unión Europea, muy acalorado y patriótico: “¡Que se jodan los pijos de Londres!”. Pensé entonces que la exaltación del odio y la envidia como forma de galvanizar a los tuyos contra los otros no era patrimonio exclusivo de la política española, un alivio. Y salió lo inevitable: Manilva (Costa del Sol) ¿Pero cómo se come una cosa con la otra? Me contestó socarrón: “Los siguientes en saliros sois vosotros... os vamos a convencer”. Con tanto idiota, hasta podría tener razón, pensé.

Llegue al sitio, con tiempo, y me sobró un rato para pedirme unas almendritas y un amontillado, llamado Contrabandista. Luis, un jerezano más flamenco que todos los flamencos, admirador de El Torta, sacaba prodigiosos compases de su guitarra por bulerías. Daban ganas de arrancarse, pero Dios no me dio voz de caña partida... Lo tenía claro: a él no le dejaban votar porque residía aquí como europeo, pero cualquier paquistaní que se hubiera nacionalizado sí que podía hacerlo. Decía que era injusto. Le pregunté por su predicción, que resultó profética: "Pisha, estos payos zon mu raros, pa mí que ze piran".

Aún me dio tiempo a acercarme a comprar un purito para luego a una tienda off-licence de esas que regentan los chinos en Nueva York y aquí los indios o pakistaníes. Efectivamente, allí estaba Hammad, que decía ser partidario del bremain, pero en su comunidad era minoría y el resto prefería que Europa no les mandase más inmigrantes. Pregunté: ¿Y Asia sí? Me sonrió, socarrón, y me dijo: "Asia tampoco", los que hay "quieren cerrar la puerta".

Llegaron mis amigos, españoles (y un argentino). Cenamos. Ninguno había podido votar. En sus trabajos, la práctica totalidad votaría bremain, pero uno de ellos, casado con una inglesa, me dijo que su suegro, un farmer (que aquí no significa que lleve mono azul, sombrero de paja y conduzca un John Deere) era partidario acérrimo del brexit. Hicimos bromas sobre cuántos de sus ingresos procederían de subvenciones de la UE. Grosso modo, el 50% del campo británico son subsidios europeos. Dijo que, con cuidado, se lo había planteado alguna vez en comidas familiares, pero que confiaba en que las mantuviera su gobierno una vez fuera de esa "peste de alemanes y franceses". Además, su teoría incluía un aumento de ingresos porque "ya no habría que pagar a los "italianos y españoles". Visión cosmopolita.

Taxista ilegal de vuelta al hotel, pero no Uber (los de pueblo valoramos que con la gracieta de la globalización, hay gente que tiene trabajos basura para que un chaval con granos en California cambie de yate cada seis meses y le llamen genio de las nuevas tecnologías). Conductor de color. Otro mitin en favor del brexit. Otra vez los pijos de Londres. ¿De qué va a vivir usted si se van los pijos? Subsidios. Ha encontrado un chollo en este país. La que sabe cómo explotarlo es su mujer y él sigue sus instrucciones, pero hay mucho dinero en ese negocio. Yo estaba convencido de que el trampeo del subsidio era solamente español, pero se ve que no. Repito misil: Si se van los pijos, digo, ¿quién va a pagar los impuestos que aguantan esos subsidios? Los currantes como yo, me dice. Bien. Entro en la progresividad, en el hecho de que Londres es el 40% del PIB británico, que los "pijos" pagan una morterada de pasta por vivir ahí. Complicado de entender. Llegamos al hotel y se une a la conversación el señor de la puerta, inglés de pura cepa y un caballero de la cabeza a los pies. “Siempre habrá gente que querrá vivir aquí. En Europa tenéis impuestos muy altos”. El conductor del taxi asentía con la cabeza. “Esto será un paraíso fiscal”, proseguía. ¿Pero la idea de pirarse no es sobre todo del votante del Labour Party?

Me enganché a la web de la BBC por ver cómo iba la cosa. Comprendí que pintaba mal. Me quedé dormido con el iPad en las manos. Por la mañana, sorpresa. Día soleado. Todo normal. Caos en los trenes y en el aeropuerto, horas y horas de retrasos. Efectivamente, todo normal.

Me llama un amigo de un banco. “Nuestro CEO acaba de anunciar la deslocalización de 2.000 empleados desde aquí a Dublín o Fráncfort, con efectos inmediatos”. Empiezo a leer. Serán más bien entre 50.000 y 70.000 los que saldrán en todo el sector financiero, la mayoría no deslocalizados, sino despedidos. Se puede contratar a una persona de igual cualificación en el continente por un tercio del salario de aquí. “Londres es muy caro” repetían los agraciados con ese nivel de vida. Pronto no lo será tanto.

En la tragedia, oportunidad. Empiezo a preguntar si los planes de contingencia -que existían, aunque no se hablaba de ellos- contemplan Madrid. El alegrón del día. ‎Puede ser una buenísima línea de trabajo. A todos les suena bien, mientras más sénior el ejecutivo, mejor suena. Quieren fichas de edificios, metros, servicios, líneas de transporte cercanas, plazas de parking asociadas... pero llega la voz experimentada de un jefe de inmuebles. "Un momento, ahora que caigo, hasta el lunes nada". "Tenéis vuestros propios problemas". Dos mudanzas en un año sería too much. Lástima, con lo felices que nos las prometíamos en cuanto a posibilidades para España. Ya en el avión, cierro los ojos e imagino un Gobierno que reacciona rápida e inteligentemente y adapta el impuesto de sociedades para nuevas implantaciones, que ofrece suelo para factorías automovilísticas que no quieran correr riesgo aduanero... Abro los ojos y pienso que probablemente lo que tendremos es referéndum de secesión, más cambios de nombres de calles y seguiremos promoviendo los huertos urbanos.

Por cierto, el sitio del amontillado, de Luis el guitarrista y de Paco el jefe de sala (un crack como profesional) se llamaba Cambio de Tercio‎... Más premonitorio, imposible. Esperemos que se nos dé igual de bien la muleta que el capote, porque picados y banderilleados ya vamos a estar. Después del brexit inglés, el cerebrexit español. Y yo, a seguir pedaleando, que los niños aún están en edad escolar.