Tribuna

¿Qué han hecho los romanos por nosotros?

La victoria del ‘brexit’ podría dar el mensaje de que la UE es un barco que se hunde y del que los primeros pasajeros saltan

Los partidarios del brexit se parecen a los protagonistas de La vida de Brian. Cuando se preguntan qué han hecho los invasores romanos por ellos, descubren que un buen número de las cosas que adoran vinieron con los malvados romanos. Esta paradoja, consustancial a la postura prosalida parece no haber pasado desapercibida entre el electorado inglés. En las últimas horas, la opción de la salida de la Unión parece haberse diluido, como muestran las encuestas y, más claramente, las casas de apuestas. Opinar es mucho más barato que apostar y, a la hora de poner su dinero en juego, los ingleses se quedan los argumentos económicos pro-Unión.

El sustento de los partidarios de la salida ha sido, por contra, más emocional que racional. La razón por la que han seguido este camino es más obligada que elegida. En primer lugar, porque el escenario tras la posible salida de Reino Unido es de todo menos seguro. Según David Cameron, el primer paso tras la victoria del brexit sería invocar el artículo 50 del Tratado de Lisboa. Su aplicación pone en marcha el proceso de negociación para que un país miembro abandone la Unión. Dicho proceso puede durar hasta dos años y de él nacería el vínculo económico y legal que uniría a Reino Unido y a la Unión Europea en el futuro.

En segundo lugar, porque los beneficios económicos y sociales del brexit son mínimos y de difícil consecución. Es cierto que, fuera de la Unión, Reino Unido podría hacer valer su voz en cuestiones comerciales más de lo que lo hace en la actualidad. O que no tendría que acatar necesariamente todas las normativas europeas sobre cuestiones productivas, legales o financieras. Pero más allá de estas posibles ganancias, los costes serían abrumadores y ciertos.

Así, la permanencia se ofrece a los votantes como la opción menos mala. Los partidarios de esta opción reconocen que la Unión Europea sufre una importante crisis de identidad: falta de liderazgo político, problemas con la Unión Monetaria, gestión ineficiente, etcétera. El coste de abandonar dicha unión imperfecta supera con creces, sin embargo, al de mantenerse en ella y reformarla.

El Tesoro británico estima que en los dos primeros años tras su salida de la Unión, el PIB de Reino Unido se contraería un 3,6%, el desempleo aumentaría en más de medio millón de personas y la libra se depreciaría un 12%. En el peor escenario, la contracción alcanzaría los seis puntos, el desempleo crecería en 800.000 personas y la libra caería un 15%.

El impacto en el país iría más allá de las cifras macroeconómicas. Se produciría, en primer lugar, un efecto pobreza que reduciría el consumo, como consecuencia de la contracción económica. En segundo lugar, la falta de estabilidad y la incertidumbre reducirían la inversión extranjera y encarecerían el crédito al sector privado. En tercer lugar, se complicaría la financiación del déficit por cuenta corriente; cerca del 50% de la inversión extranjera que llega a Reino Unido lo hace desde Europa. Finalmente, Reino Unido podría sufrir una crisis de gobernabilidad derivada de la enorme división existente tanto en el partido conservador como en el laborista.

Desde el resto del mundo se mira a Reino Unido con inquietud. Es cierto que los mercados internacionales parecen haber descontado una buena parte de la hipotética salida, pero el impacto sobre Europa sería difícil de evitar. En primer lugar, porque la victoria del brexit podría mandar el mensaje de que la Unión Europea es un barco que se hunde y del que los primeros pasajeros comienzan a saltar. En segundo lugar, porque sería la prueba evidente de que las tesis populistas más alejadas de la lógica económica y política pueden conseguir sus objetivos con mensajes puramente emocionales.

Ante lo incierto del resultado, Europa debe prepararse para una hipotética victoria del y para un creciente apoyo a las tesis prosalida. A corto plazo, el Banco Central Europeo debería proveer la liquidez necesaria para evitar cualquier atisbo de pánico. A medio y largo plazo, es necesario un esfuerzo de adecuación de la Unión Europea a las necesidades del mundo posterior a la Gran Recesión. La permanencia no puede ser el mal menor. Europa necesita una visión compartida respecto de lo que quiere ser. Sin una mayor integración económica y política otros intentos de expulsión de los malvados romanos se repetirán, con resultados imprevisibles.

Gonzalo Gómez Bengoechea es profesor del departamento de Economía de la Universidad Pontificia Comillas ICADE.