Editorial

La factura de la banca en Europa

José Manuel González-Páramo
José Manuel González-Páramo

El vendaval que ha supuesto la crisis ha golpeado de forma distinta a cada sector de la economía. En el caso de algunos, como el financiero, la dureza de ese período ha sido agravada por un cambio posterior en las condiciones del mercado. La caída de la rentabilidad de la banca, por debajo incluso del coste de capital, se ha visto agravada por la política monetaria del BCE, las severas exigencias normativas del regulador y el reto de la revolución digital. Se trata de un escenario complejo, una “tormenta perfecta”, como lo definió ayer José Manuel González-Páramo, consejero ejecutivo de BBVA y exconsejero del BCE, durante las jornadas organizadas por la APIE en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) sobre las lecciones aprendidas en la crisis.

Como destacó González-Páramo, el gran problema que afronta el sector bancario europeo en este momento es la caída de la rentabilidad, acentuada no solo por la situación económica, sino por la propia estrategia del BCE y su apuesta por los tipos de interés bajos. Todo ello hace presagiar una reconversión en el sector que en el caso de algunas entidades, como advirtió Páramo, puede tener un coste de hasta dos años de supresión del dividendo. En cualquier caso, las dos únicas estrategias posibles ante una coyuntura de márgenes cada vez más estrechos son o bien recortar costes o bien apostar plenamente por la transformación radical que supone la revolución digital.

No hay duda de que la digitalización es un proceso obligado por el que toda la banca pasará antes o después y su impacto en la competitividad de las entidades es un hecho evidente. Sin embargo, en el contexto actual, el sistema financiero está soportando unas exigencias regulatorias y unas condiciones de mercado cuya huella en los márgenes de negocio es innegable y que, al menos de momento, no parecen tener fecha de caducidad.

El BCE mantiene su política de tipos bajos e inyecciones de liquidez como medio para estimular la circulación del crédito y para facilitar el crecimiento. Se trata de una hoja de ruta similar a la que adoptó en su momento la Reserva Federal, pero mientras el organismo supervisor estadounidense puso fin a su programa expansionista, el europeo no ha dado muestras, de momento, de estar dispuesto a fijar un pronto final para esta suerte de cuidados intensivos monetarios. Hay dos grandes razones que harían deseable ese final. La primera es que las condiciones que la política de Mario Draghi ha impuesto a la banca son muy rigurosas y, de mantenerse mucho tiempo, pueden provocar un efecto contrario al pretendido. Y la segunda es que el balón de oxígeno que suponen las inyecciones de liquidez y el bajo precio del dinero han permitiendo a los Gobiernos comunitarios posponer, irresponsablemente, las serias reformas estructurales que Europa necesita.