Tribuna

Donald Trump, un candidato sin programa

Si hoy hubiera elecciones presidenciales, Clinton ganaría (54%) a Trump (41%). Traducido a delegados que eligen al presidente, hablaríamos de 347 (Clinton) y 191 (Trump). Ironías: esto sucede cuando, por vez primera en años, Obama obtiene un índice de aprobación de su gestión más favorable (51%) que desfavorable (49%): “Más vale lo malo conocido, que lo bueno por conocer…”.

No solo las encuestas son contrarias a Trump. Dos presidentes republicanos (Bush, padre e hijo) dicen que no le apoyarán. Tampoco los dos últimos candidatos presidenciales republicanos: McCain (2008) y Romney (2012). Paul Ryan, presidente de la Cámara de Representantes, afirma que “aún no estoy preparado para apoyar a Trump”. Y explica por qué: “No necesitamos un líder que represente sus valores, sino los principios del Partido Republicano”. Y la cuestión es que pocos saben lo que Trump defiende. Hasta The Rolling Stones ha pedido a Trump que no utilice sus canciones en los mítines.

Ante este panorama, cualquier persona podría desanimarse. Trump, no: “Hasta sin encuestas, amigos y música se puede ganar elecciones”, es su reacción. Esto se explica por su forma de ser. Aunque soy pro-Clinton, he tenido la ocasión de estar con Trump en seis ocasiones. De su personalidad destacaría dos rasgos: es un vendedor nato y tiene una infinita confianza en sí mismo. Sus libros son reflejo de su pensamiento, actitud y comportamiento. Cualquiera que lea su obra Piensa como un campeón puede llegar a creerse Napoleón, Steve Jobs o Alejandro Magno. Eso sí, como diría mi madre, “primero es Trump, luego Trump y, en último lugar, Trump”. Es una persona egocéntrica que está convencida de ser el más rico, el más inteligente, quien mejor soluciona los problemas y el hombre elegido por el destino para “hacer que América sea grande otra vez” (lema de su campaña electoral).

Exagera su riqueza: dice tener activos de 10.000 millones de dólares, cuando en realidad son 3.700. Lo que él entiende por inteligencia es pisotear a los demás, pasarles por encima: así, a Jeb Bush le llamaba tortuga aburrida porque decía que hablaba muy lento en los debates; a Ted Cruz le denominaba Ted el mentiroso; a Carly Fiorina, “la peor ejecutiva de América que hundió Hewlett-Packard y… ¡ah!, se me olvidaba, dejó Lucent hecha unos zorros”. Insultó en los debates a todos sus supuestos correligionarios. Denigró a la periodista Megan Kelly (Fox News) e hizo extensivo el insulto a todo el sexo femenino, alienando al 51% del electorado; a los latinos los llamó “asesinos, violadores y traficantes”, aunque sea difícil pensar que el 13% de los electores americanos (50 millones de hispanos legales con derecho a voto) sean todos violadores.

Nada que decir de los 11 millones de inmigrantes latinos a quienes quiere meter en autobuses y expulsar del país, mandándoles a México: le da igual sus vidas, sus familias o que los hispanos no equivale a mexicanos, sino a bolivianos, peruanos, ecuatorianos…; los europeos somos débiles y no sabemos ni autogobernarnos ni manejar nuestra economía. China es el enemigo: amenaza con sentarles en una mesa de negociaciones y golpearles hasta que se dobleguen. Como no ha especificado si los golpes serían reales o figurados, suponemos se trata de una metáfora. “Putin es un machote”. Como si las cosas no estuvieran suficientemente calientes en Asia, Trump quiere retirar los 100.000 marines estacionados en Japón y que este país obtenga la bomba atómica; conclusión: todos temblando, con China, Corea del Norte y Japón con armas nucleares, como quien comparte alegremente mesa y mantel.

Trump asegura que “barrerá a ISIS de la faz de la tierra”, aunque no dice cómo y esto preocupa más todavía. Quiere prohibir la entrada de musulmanes a Estados Unidos: como primero dispara y luego pregunta, asume que, por defecto, todos los musulmanes son potenciales terroristas. No sabemos cómo gobernaría, porque no ha presentado un programa de gobierno. Dice que hay que dirigir el país como él manda en sus empresas. Esperemos que, si es presidente, Estados Unidos tenga más suerte que sus casinos, que quebraron por exceso de deuda, aunque él promete acabar en 10 años con la deuda pública del país. Algún día les contaré cómo conocí a Trump, en agosto de 2011. Solo diré, ahora, que, en ese primer encuentro, me quiso vender una corbata y unos gemelos que llevaban su imagen. De otra cosa sí, pero de humildad, Trump, no se morirá. No compré ni la corbata ni los gemelos.

Jorge Díaz-Cardiel es Socio Director Advice Strategic Consultants