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Hollande solo es un chivo expiatorio

Los esfuerzos del presidente Francois Hollande para reformar el mercado de trabajo francés le están haciendo obtener unas calificaciones muy bajas en las encuestas, provocando protestas en las calles y poniendo en peligro sus posibilidades de ser el candidato del partido gobernante de centro izquierda para las elecciones presidenciales de 2017. Es algo solo en parte personal. Tal alboroto es más o menos aceptable en el caso de cualquier político galo que aborda esta espinosa tarea.

Es mejor hacer ciertos tipos de reforma laboral en los buenos tiempos económicos. Un ejemplo sería el cambio en las normas de protección laboral, que pueden mellar el crecimiento a corto plazo, según el Informe sobre la economía mundial del Fondo Monetario Internacional. Las reformas que implican estímulos fiscales se adaptan mejor a los períodos de baja actividad económica. Francia tiene una desafortunada combinación de necesidad de cambios en el mercado laboral y lento crecimiento.

Los políticos galos son sensibles a las manifestaciones en las calles, sobre todo de los estudiantes

Hollande ya ha impulsado reducciones en los impuestos sobre las nóminas para los empleadores. Ahora su gobierno planea que sea más barato y fácil despedir a los trabajadores y fomentar la negociación a nivel corporativo sobre cuestiones como las horas de trabajo y salarios.

La economía francesa creció un 0,3% en el cuarto trimestre de 2015, en comparación con los tres meses anteriores y se enfrenta a los mismos vientos en contra que llevaron al FMI a recortar sus previsiones para la zona del euro y el crecimiento mundial a principios de esta semana. Pero el problema de Hollande no son solo los plazos. Hace alrededor de una década, un gobierno de centro derecha intentó introducir un contrato de trabajo más flexible para los jóvenes. En ese momento, el crecimiento era más fuerte, había menos desempleados y el déficit presupuestario era menor. Sin embargo, las protestas obligaron al entonces primer ministro, Dominique de Villepin, a descartar su introducción.

Este es solo uno de los muchos ejemplos de cómo los políticos galos son sensibles a las manifestaciones en las calles, sobre todo de los estudiantes. Independientemente de cómo esté funcionando la economía, será difícil impulsar las reformas dado que sus ideales se imponen a la posibilidad de crear más puestos de trabajo.