Opinión

Siete claves para una respuesta serena al terror

Son más extranjeros los que combaten con el ISIS en Siria e Irak que los terroristas que actúan en Europa

Un grupo de ciudadanos se concentran en la Plaza de la Bolsa de Bruselas (Bélgica) en recuerdo de las víctimas, un día después de los atentados, hoy, 23 de marzo de 2015.
Un grupo de ciudadanos se concentran en la Plaza de la Bolsa de Bruselas (Bélgica) en recuerdo de las víctimas, un día después de los atentados, hoy, 23 de marzo de 2015. EFE

Entre el dolor y la indignación por un nuevo golpe del terror en Europa, es difícil mantener la cabeza fría, pero hagamos un esfuerzo. España (no solo España) tiene sobrada y trágica experiencia de cómo encarar los atentados con tanta firmeza como serenidad. No hay atajos, y cuando se han buscado se ha dado argumentos al enemigo. Las respuestas, mejor cuanto más unitarias, solo van a dar resultados en el largo plazo. Algunas claves:

- La fuerza del Estado de derecho. Al terrorismo hay que combatirlo desde la ley y con toda la ley. La acción policial y de los servicios de inteligencia son la clave. ¿Hace falta cambiar la ley? Hollande insiste mucho en eso. Y algunas medidas son obvias: en diciembre se supo que pudo escapar Salah Abdeslam, uno de los terroristas de París, porque en Bélgica no podían detenerlo de noche. Pero sería mala idea -un éxito del terror- restringir las libertades que caracterizan el estilo de vida en Europa. Algunas decisiones de Francia, como quitar la nacionalidad a los asesinos, tienen poca eficacia y parecen más dirigidas al consumo interno: para que no saque rédito electoral la derecha (convencional o abiertamente xenófoba).

- ¿Más o menos Europa? Si hacen falta reformas tienen más que ver con esa estructura unitaria de seguridad y defensa que propone Renzi. La triste realidad es que el proyecto europeo está en fase de repliegue, hacia más fronteras y no menos, como muestra la respuesta a la crisis de los refugiados (por cierto, las primeras víctimas de estos mismos desalmados).

- Son nuestros terroristas. El terror islamista es a la vez un fenómeno global y local. El ISIS actúa como una multinacional del terror cuyos ejecutores son a menudo nacionales del país atacado. Los pilotos suicidas-asesinos del 11S llegaron con su plan bien diseñado a EE UU. Pero los autores de la matanza del 11M en Madrid, o los que atacaron Charlie Hebdo en París, eran residentes o nacidos en esa tierra; los de los últimos atentados en París llegaron de la vecina Bruselas, donde igual que en Francia fracasa la integración de lo que se llama inmigrantes de segunda generación (se llama mal: un nacido y criado en un país no es inmigrante porque lo fueran sus padres). El desarraigo –se sienten extraños en Occidente pero tampoco es su patria la de su familia- empuja a muchos jóvenes a dejarse convencer para hacer “algo grande” por la “nación del islam”. Son más extranjeros los combatientes del llamado Estado Islámico en Siria e Irak (menos del 3% proceden de esos países, según la lista filtrada por un desertor) que los terroristas que actúan en Europa.

- Fanatismo religioso... y proyecto político. Es evidente que el yihadismo tiene raíces en el fundamentalismo religioso. Pero, a diferencia de Al Qaeda, el ISIS tiene un proyecto político, totalitario y con objetivos claros: conquistar territorio, derribar regímenes, redibujar fronteras, crear el gran Califato. Así lo explican expertos como Patrick Cockburn (ISIS. El retorno de la yihad). Muchos de los jóvenes occidentales que van a esta guerra tienen poco de devotos. Les motiva más el rencor nacionalista por las supuestas agresiones al pueblo musulmán (Karen Armstrong, Campos de sangre). Según esta visión, han sido las crisis de Palestina, Líbano, Afganistán o Irak (y Guantánamo, y las fotos de Abu Ghraib) lo que ha movilizado a esta versión nihilista y sanguinaria de lo que en otro contexto fueron las Brigadas Internacionales.

- La integración musulmana. Nada beneficia más a los terroristas que la marginación de la comunidad musulmana en Europa. Cuanto más incómodos se sientan, más atractivo les parecerá el soñado Califato. Si esto es una guerra, no es una guerra de civilizaciones, como dijo S. P. Huntington, sino en buena medida una guerra civil dentro del mundo islámico, donde se cuentan la mayor parte de las víctimas. Eso sí, intelectuales como Adonis (sirio) o Ayaan Hirsi Ali (holandesa de origen somalí) urgen a una reforma del islam que articule un discurso propio del siglo XXI.

- ¿Desestabilización de la economía? El 11S tuvo un alto impacto en la economía: para combatir el miedo, se impulsaron políticas monetarias expansivas que tuvieron que ver con las burbujas que estallaron en 2007 y 2008. Ningún atentado posterior ha tenido tanto efecto, y por desgracia está asumido ese coste, aunque Hollande diga que “no habrá desarrollo económico ni de las inversiones duraderas si no tenemos seguridad”. El terrorismo es capaz de causar gran dolor, pero (al menos a esta escala) no de paralizar la economía, a la que no coge por sorpresa. Véase la tranquila reacción de los mercados.

- Por otro orden global. Esto es tarea para una década o más, pero no hay tiempo que perder. La comunidad internacional necesita derrotar al ISIS en su terreno, lo que pasa por arreglar Siria sin repetir los errores de Irak. También urge apagar otros fuegos en Oriente Medio y África (Libia, Yemen, Mali, Nigeria), dar una solución de una vez a Palestina y frenar la rivalidad regional entre Arabia Saudí e Irán, que está en el trasfondo de todo.

Ricardo de Querol Alcaraz es director de CincoDías