Editorial

Adaptarse a un escenario de tipos bajos

La política monetaria del Banco Central Europeo (BCE) ha instaurado en Europa una era de bajos tipos de interés –incluso negativos– que muy probablemente se mantendrá al menos durante una buena temporada. Una estrategia que ha incidido en la política del sector bancario y, por tanto, en el diseño y las ofertas de los productos financieros. Atrás quedaron los tiempos en que la guerra de depósitos enfrentaba a las entidades por la captación de clientes a través de la oferta de elevadas rentabilidades. Lo mismo ha ocurrido con la época en la que la banca comercializaba hipotecas con tipos de interés de hasta el 7%, mientras el euríbor llegaba, así ocurrió en 2008, a alcanzar el 5,6%.

Hoy las remuneraciones de los depósitos son prácticamente nulas y el euríbor ha ido descendiendo hasta llegar a mediados de febrero a entrar en negativo en su media mensual. Tanto el BCE como los bancos centrales de los países del euro han reducido los tipos de la facilidad de depósito de la banca hasta alcanzar tasas negativas –es el caso de Suiza o Dinamarca– como medio para instar a las entidades a conceder crédito e irrigar así el tejido empresarial. Incluso, los mercados descuentan que entre las medidas que se adopten en la próxima reunión del BCE se incluya una nueva reducción de esa tasa de facilidad de depósito.

Este horizonte de tipos bajos de interés constituye un marco financiero que beneficia a algunos sectores y perjudica a otros. Tanto los hogares como las empresas forman parte del primer grupo, puesto que unos tipos ultrarreducidos mitigan considerablemente la carga de los créditos e hipotecas. La mayor parte de los préstamos para adquisición de vivienda concedidos en España están referenciados al euríbor, por lo que se han beneficiado de la progresiva rebaja de este, aunque ese efecto será previsiblemente cada vez menos perceptible. A ello hay que sumar el aumento de renta disponible que la caída del precio del dinero supone para las familias y que, al menos teóricamente, debería traducirse en un aumento del consumo. También para las empresas constituye una oportunidad un escenario de tipos bajos, especialmente en una etapa en la que resulta fundamental acceder a una financiación asequible que permita ampliar la actividad y dar respuesta al aumento de la demanda.

En el extremo opuesto, el de los perjudicados, se halla el sector financiero, que se ha visto obligado a lidiar con un mercado en el que los márgenes de negocio son cada vez más estrechos y en el que la optimización de los costes y de la gestión, a través de las tecnologías y de la creación de nuevos productos, está llamada a ocupar un lugar clave. Como todo horizonte con obstáculos, el escenario exige un esfuerzo de adaptación y de flexibilidad, pero también supone una oportunidad para innovar y competir más.