Tribuna

No pretendamos vivir de la basura

Esos desheredados del planeta malviven en y de la basura. Subsisten, se organizan en bandas, en clanes, en mafias, o son lobos solitarios rebuscando algo de valor, algo que se pueda comer, algo que se pueda vender. Moviendo toneladas de residuos sin parar, conviviendo con productos altamente contaminantes, con virus y bacterias más potentes que los que ningún científico pudiera imaginar. Por selección natural, solo sobreviven los más fuertes o los que se organizan y se camuflan mejor.

En el mar de Indonesia, niños, ancianos, familias enteras desguazan barcos con picos, con hachas o con los pies y con las manos. En África se apilan teléfonos móviles, portátiles y demás basura tecnológica…

A veces, solo a veces, los occidentales creadores de basura y derrochadores de recursos nos acercamos al problema y hacemos algún gesto. España, con fondos públicos y con muy buenas intenciones, lo intentó en Managua (Nicaragua). Conozco bien a los que tomaron la iniciativa política, también a los que lo intentaron gestionar. Magníficas personas de gran corazón y buenos profesionales. Pero la realidad trajo problemas complicadísimos: la propiedad de los terrenos, la complicidad de autoridades corruptas, los clanes organizados para cada una de las parcelas en las que se dividía con líneas imaginarias el macroestercolero, el aprovechamiento de los distintos materiales por parte de cartoneros, lateros, todos en cárteles bien organizados. ¡La basura es un gran negocio! Recientemente he participado en Bruselas en una audiencia abierta sobre economía circular. Tuve un déjà vu, me parecía estar en Managua. Inventemos, generemos un problema y vivamos de ello.

¿Y las personas? ¿Y los consumidores? ¿Su papel es solo pagar y callar? Contamos con pocos datos, es posible que sean poco fiables, pero con argumentos que impactan y que facilitan la implantación de la idea. El desperdicio de comida (food waste) merece capítulo aparte. Me dijeron: “¿Sabe cuánta comida se tira?” Pues mire, sí. En España parece que alrededor de un 4% en los hogares, es mucho, pero lejos del 50% del que ustedes hablan. “¿Y la industria? ¿Y la distribución?”. Pues mire, lo mínimo y siempre bien gestionado, que va contra la ética y la cuenta de resultados. “Ah, pues entonces serán los agricultores los que más desperdician”, argumentaron. Claro, las pérdidas de las cosechas por sequías, inundaciones y granizadas las vamos a catalogar como desperdicio. Sospecho que los agricultores no estarán de acuerdo...

“El sistema alimentario es tan ineficiente que junto con la construcción y el transporte generan el 80% del desperdicio”. Creo que podríamos cuestionarlo o, al menos, pedir datos que demuestren esta afirmación, pero si lo hiciéramos no pareceríamos modernos.

Muchos países de la UE-28 rondan el 60% de incineración y depósito en vertederos de sus residuos. El objetivo es bajar ese porcentaje hasta el 10% en 2030. ¿Seremos capaces de hacerlo en 14 años? No nos engañemos, se reciclará y se reutilizará lo que se valorice o lo que se penalice. Los costes energéticos seguirán siendo decisivos para determinar qué se recicla y recupera y qué no.

Iniciativas privadas como los sistemas integrados de gestión (SIG) del que nos hemos dotado sectores industriales comprometidos, en España Ecoembes y Ecovidrio, se ven con recelo o con aversión por parte de los nuevos gurús de la economía circular, cuando la verdad es que ha demostrado sobradamente que es un buen sistema y que funciona.

La educación en el ahorro y el viejo cumplimiento de los principios económicos de los fisiócratas precursores del keynesianismo, en el sentido de no utilizar nada de la naturaleza que no le podamos devolver, deben prevalecer. No podemos abusar más de este planeta, solo tenemos uno, pero a diferencia de otras épocas, tenemos tecnologías y conocimiento a la vez que fuentes de energía más eficientes y renovables.

¿Pero por qué tenemos que plantear el todo o nada? Ahora estamos decididos a pasar de una economía lineal (materias primas, transporte, industria, producto de consumo, basura) a una economía circular sin desperdicio (producto, recuperación, nuevo producto), y sin hablar de los costes energéticos.

Solo con un cambio de percepción de los ciudadanos/consumidores podremos darle la vuelta al problema. Se trata de consumir menos y recuperar, de ser conscientes del problema que generamos y contribuir a paliarlo, de forma individual y de forma colectiva.

Josep Puxeu es Director General de la Asociación de Bebidas Refrescantes y miembro del Consejo Económico y Social Europeo