Editorial

El FMI pide estabilidad a España

El Fondo Monetario Internacional (FMI) volvió ayer a dar un fuerte espaldarazo a España al otorgar a nuestra economía unas previsiones de crecimiento que la sitúan a la cabeza de los países desarrollados. Si en el ejercicio que acabamos de cerrar, España fue el país que registró un mayor crecimiento –de un 3,2%–, en 2016 ese avance será del 2,7% y dejará atrás por una décima a EEUU y por cuatro, a Reino Unido. Pese a que las previsiones para 2017 colocan a la economía estadounidense ya por delante de la española, esta seguirá a la cabeza de sus socios europeos y crecerá por encima de la media de la zona euro.

Junto a estas estimaciones, el economista jefe del FMI, Maurice Obstfeld, advertía ayer del riesgo que supone para la buena marcha de la locomotora española el clima de inestabilidad política, con un Gobierno que sigue en funciones y las dudas sembradas por el órdago soberanista catalán. “Una pronta resolución de la incertidumbre política sería positivo para España”, sentenciaba ayer Obstfeld. Tanto las previsiones de crecimiento como las recomendaciones del FMI no constituyen una novedad, pero tienen el peso indudable de estar suscritas por este organismo. Además, la radiografía que Obstfeld detalló ayer sobre la coyuntura económica mundial no es ni mucho menos optimista. Es cierto que prevé un ligero repunte del crecimiento global –del 3,4% este año y del 3,7% para el siguiente–, pero la cifra ha sido corregida a la baja en relación a las anteriores previsiones.

Las amenazas que explican este panorama global de crecimiento anémico son tres: el riesgo de una China que está inmersa en un cambio de modelo económico; la persistente caída del precio de las materias primas –con el crudo a la cabeza– y la retirada de estímulos en la política monetaria de Estados Unidos. En este ecosistema incierto es en el que tendrá que seguir creciendo España, rodeada de países con menor tasa de actividad y amenazada, como el resto de las economías desarrolladas, por esa tríada de factores de riesgo que no parecen de momento estar prontos a desaparecer.

Todo ello conforma una coyuntura lo suficientemente compleja como para que se vea agravada por una marejada política que no termina de amainar y unas fuerzas parlamentarias incapaces de cumplir con el mandato constitucional de pactar un nuevo Gobierno. Las insistentes voces que reclaman con urgencia un acuerdo de gobernabilidad para España han sido hasta ahora voces internas. Cuando desde un organismo como el FMI se advierte sobre las sombras que supone la inestabilidad política para una economía, la imagen de ese país en el exterior paga un precio. Un precio muy alto que España no debe ni puede permitirse pagar.