Tribuna

El 'fracking', en cuestión

Ea bancarrota no es un concepto extraño para las compañías de petróleo, wildcatters, empresas pequeñas o medianas que asumen grandes riesgos para extraer petróleo o gas del suelo americano. La quiebra es como una nube lista para descargar su fluido purificador a la espera de riesgos excesivos o malas decisiones, es parte de su ADN.

Hace unos días, Sandro Pozzi informaba en El País sobre los grandes problemas de empresas de fracking como KKR o Pro-Stim Services, que están luchando por su sobrevivencia después de por un lado endeudarse excesivamente y por otro haber estimado que el petróleo no podría bajar de los ochenta o cien dólares. En este mundo, los grandes errores son muy grandes y se pagan frecuentemente con la vida de la sociedad.

Los gigantes del petróleo como Exxon, Mobil, BP o Amoco han preferido explorar grandes yacimientos en ultramar y países remotos, utilizando sus potentes medios financieros y operativos como las plataformas marítimas en vez de meterse en el negocio del fracking. Siempre han pensado que los muchachos que inventaron la fracturación hidráulica eran como unos cow boys locos, embaucadores de pequeños bancos y del personal con un poco de dinero en su cuenta bancaria y muchas ganas de hacerse rico rápidamente. Era el único modo de conseguir fondos para perforar el siguiente pozo y pagar los salarios atrasados a los empleados.

Un ejemplo típico de lo que puede ocurrir ahora es el de Oryx Energy, la empresa que al final de los años ochenta prácticamente inventó la perforación horizontal. Su éxito inicial fue tan mayúsculo, que extraían diez veces más petróleo de lo normal de un pozo casi exhausto. Para asegurarse la compra de terrenos adyacentes con pozos agotados, pararon la extracción durante varios meses para que sus competidores no se enteraran de su éxito. En poco tiempo, se convirtieron en el darling de Wall Street, pero su buena racha solo duro diez años. Al final, la decisión de recomprar el 20 por ciento de las acciones con dinero prestado, justo antes de una caída del precio del petróleo llevó a la empresa a la ruina en 1998.

Ahora, la historia se repetirá, una y otra vez. Es difícil aprender las lecciones del pasado en un mundo capitalista puro. Demasiados préstamos, una estimación de precios petrolíferos optimista o la puesta en marcha de grandes proyectos, causarán pérdidas numerosas o la venta de empresas a precio de saldo, eso en el mejor de los casos, y la bancarrota en los peores.

Pero todo ello no significa en absoluto la agonía o el fin de la fracturación hidráulica. La tecnología está inventada y plenamente experimentada. Los yacimientos están ahí llenos de gas o de petróleo, esperando. Solo falta un elemento para poner la maquinaria en marcha: la señal de que el precio del gas se eleve por encima del coste de extracción.

El sufrimiento de los wildcatters de hoy es la oportunidad para nuevas empresas de mañana. Y, sobre todo, es garantía para los consumidores de gas en los países avestruz -como el nuestro donde los políticos no han querido extraer la riqueza energética de su subsuelo-, de que los precios del gas se mantendrán a un nivel más que razonable.

De aquí en adelante, los que mandan no son los grandes gigantes del petróleo, ni los cárteles reunidos en Ginebra. Los que tienen la paella por el mango son la comunidad de miles de wildcatters de América, listos para arriesgar sus ahorros, hipotecar sus casas y conseguir préstamos, para poner en marcha la locomotora del fracking. Nunca en el pasado había habido esta conjunción de astros. Acaba de llegar y nos parece increíble.

Juan Vila es Presidente de GasIndustrial, Asociación Española de Consumidores Industriales de Gas