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Brasil, más apurado que su presidenta

Es tan probable que un intento de destituir a la poco popular presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, prospere como que lo hagan las abatidas finanzas del país. Puede que el movimiento no tenga suficientes apoyos para ir muy lejos. Puede que su impulsor, el portavoz de la cámara baja del Congreso Eduardo Cunha, esté intentando desviar la atención de las acusaciones de soborno que pesan contra ella y que niega. Pero sus chanchullos políticos debilitarán los esfuerzos para arreglar la mayor economía de América Latina.

Han tenido que pasar casi tres meses para que Cunha aceptara la solicitud de la oposición para abrir el procedimiento que echaría de su puesto a Rousseff, quien dijo que estaba “indignada” y negó las acusaciones. Ahora un comité formado por todos los partidos se dedicará durante algunas semanas a evaluar el caso, que se basa en una supuesta contabilidad corrupta que su Gobierno pudo haber utilizado para beneficiar a su campaña para la reelección el año pasado. Luego, dos tercios de la cámara baja tendrían que votar para continuar con el procedimiento. Es muy poco probable que se encuentren los 342 votos necesarios entre los enemigos de Rousseff.

El jaleo en el parlamento debilitará los esfuerzos para abordar los problemas profundos de su economía

Sin embargo, el jaleo parlamentario debilitará los nuevos esfuerzos del ministro de Finanzas Joaquim Levy para abordar los problemas profundos de la economía. En los últimos meses Brasil ha entrado en su peor recesión en 25 años en medio de una caída de los precios de las materias primas y unas torpes políticas de control del Estado durante el primer mandato de Rousseff.

Standard&Poor’s ya ha despojado a Brasil de su grado de inversión. Las agencias de calificación Moodys y Fitch han aguantado sin hacerlo hasta ahora. Un movimiento para recortar a Brasil a la categoría de basura elevaría el coste de su endeudamiento y podría obligar a algunos inversores a huir del país, afectando aún más a los esfuerzos de recuperación del Gobierno. Si se suma la incertidumbre política al hundimiento del crecimiento de Brasil, los analistas de una o ambas firmas podrían afilar sus lápices.

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