Editorial

Lo que la economía necesita de los políticos

La economía es demasiado importante como para dejarla en las exclusivas manos de los economistas. Este aserto afortunado de los políticos no garantiza tampoco que “la administración eficaz y razonable de los bienes” que determina el progreso de la sociedad de un país esté mejor en sus manos que las de los estudiosos de la economía. Y la experiencia proyecta que los mejores éxitos en la gestión de la economía han surgido de las decisiones combinadas, complementadas y moderadas de políticos razonables y economistas razonables, que la riqueza de las naciones, ya desde la revolución inglesa de 1688, se ha fundamentado en vehementos impulsos políticos a la irrenunciable libertad económica, al respeto a la propiedad privada y a la contribución equitativa al bien común. Cuando se ha dejado en la mano de políticos iluminados o de economistas sin dudas, han concluido en fracasos estrepitosos en todas las zonas de la tierra de los que el siglo XX ha sido un espectacular escaparate.

Sin ir más lejos, la pasividad política que a finales del siglo pasado dio barra libre a la liberalidad económica generó la mayor crisis financiera, económica y social que recuerda esta generación. Y ha sido la decisión de los políticos la que ha recompuesto, con la pesada mano de los Estados, las reglas de juego para que los planteamientos de los economistas devolvieran el sosiego a las sociedades avanzadas. España ha sido un ejemplo explícito de ello, donde se ha pasado en muy pocos años de tener cerrado todo el horizonte a atisbar luz otra vez. Tras unos años de renuncias y sacrificios, ha salido de la crisis, porque no otra cosa puede decirse si crece más del 3% anual. Pero arrastra una pesada carga de desempleados que implora que se mantenga el crecimiento para satisfacer miles de proyectos vitales. Se ha superado la crisis, pero la economía sigue pendiendo de un hilo finísimo por la simple circunstancia de que mantener el crecimiento y esquivar la vuelta a la recesión depende de la financiación ajena y externa que mantiene vivo al país. Y esa debe ser la primera condición que los electores que han sido convocados el 20 de diciembre a las urnas deben exigir a los gobernantes que elijan. Eso es lo que la economía necesita de los políticos.

Tenemos la fortuna de que la mayoría de las opciones que confrontan sus programas, algunos de ellos no del todo explicitados aún, coinciden en este diagnóstico, que es algo imprescindible, aunque diverjan en las decisiones para solucionar los problemas. Los electores tuvieron claro en 2011 que se jugaban su bienestar económico, y ahora conocen que está menos en riesgo, pero en absoluto salvado. Y la mayoría de los programas que concurren a las urnas dan en buena parte respuesta a esta preocupación social. Los matices están en la capacidad de unos y otros para la gestión, o en si debe apurarse más el control del gasto o la aportación de los contribuyentes, pero el núcleo duro de las ofertas con opciones respeta lo logrado y pretende prolongarlo, y así lo destacan los inversores internacionales. La economía precisa respetar todas cuantas reformas se han hecho en los últimos años, profundizando en algunas de ellas para mantener la capacidad competitiva de la economía, que ha logrado colocar en los mercados exteriores el 33% de su producción, cuando en 2007 colocaba el 22%. Necesita mantener el esfuerzo por reducir el déficit fiscal porque la vida nos va en que la deuda pública frene su avance para hacer sostenible la que ya tiene el país, publica y privada, y cuya refinanciación, como la de nuevos negocios e inversiones particulares, depende de la confianza del financiador exterior.

Necesita mantener la solidaridad con los colectivos que la crisis ha podido desplazar para siempre, pero tratando de integrarlos en el sistema productivo con incentivos y formación. Necesita libertad para crear y emprender. Necesita solo los imuestos justos para financiar el gasto imprescindible. Necesita un retoque consensuado de los sistemas de protección para preservar un retiro honroso a las futuras gerenarciones de pasivos. Necesita devolver el esfuerzo al sistema educativo y premiar el mérito para que una sociead laboral más polivalente encuentre satisfacción a sus anhelos en la economía globalizada y digitalizada. Necesita redefinir la administración pública, en tamaño y funciones, que eleve la productividad de los funcionarios y proporcione espacio a la actividad privada. Y necesita, para garantizar todo lo citado, que el diálogo destierre los crecientes ruidos políticos, y que cada opción política respete el 21 de diciembre el papel que los votantes le hayan asignado, contribuyendo, por activa o por pasiva, a la gobernabilidad.

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