Agromartín, en Huelva, salva sus frutales de las heladas con el uso de ‘big data’

Drones y sensores toman la huerta

De la mano de nuevas empresas tecnológicas, los agricultores en España empiezan a adoptar el análisis de datos en tiempo real para mejorar la gestión de sus cultivos.

Bynse
Sensor de Bynse en una plantación.

Las frutas de hueso son muy sensibles a las heladas. Una caída de la temperatura por debajo de -2o C en plena floración o etapa de engorde puede echar a perder la cosecha.

Hasta hace poco, en Agromartín, una empresa familiar que cultiva fresas, paraguayas y melocotones en Lepe (Huelva), enviaban a un trabajador a vigilar la temperatura con un termómetro los días en que había más riesgo de helada. “Era un método prehistórico”, recuerda José Antonio Martín, responsable de la compañía. 

Eso cambió hace dos años. La empresa, que exporta gran parte de su producción a la UE, principalmente a Reino Unido y Suiza, accedió a probar una nueva tecnología. Agromartín plantó un sensor en cada una de sus 10 fincas.

El dispositivo controla la temperatura en cada una de ellas y avisa al móvil de los trabajadores cuando esta llega a 0 grados. A partir de ese momento, envía un informe cada 10 minutos. Las señales de alerta solo se detienen cuando la temperatura vuelve a estar por arriba de 0 y el peligro ha pasado.

En lugar de aplicar la misma técnica a toda la finca, el productor puede hacerlo por parcelas

“Antes teníamos que estar pendientes de la predicción meteorológica. Ahora vemos la temperatura en tiempo real y podemos detectar con exactitud en qué puntos de la explotación ha bajado, tomar medidas y salvar la cosecha”, explica Martín.

Agromartin es una de las primeras empresas agrícolas de Huelva que ha empezado a usar sensores inteligentes para mejorar la gestión de sus explotaciones. La penetración de estos sistemas en el campo español todavía es incipiente, pero forma parte de un movimiento tecnológico que en los próximos años revolucionará la forma de producir alimentos.

Es la agricultura de precisión. El concepto parte de la evidencia de que las condiciones de humedad, clima y nutrientes no son uniformes a lo largo de un mismo terreno sino variables. Así que en lugar de aplicar la misma técnica de cultivo a toda la finca, el agricultor puede echar la cantidad exacta de agua y abono que requiere cada parcela.

Para saber lo que requiere cada punto específico, usa información recogida por sensores y analizada con técnicas de big data.

A diferencia de las compañías medianas y grandes como Agromartín, los agricultores pequeños son más reacios a experimentar con estas innovaciones, pero eso podría ir cambiando a medida que surge en España una nueva generación de emprendedores interesados en fusionar tecnología y agricultura.

Gonzalo Martín, de 32 años, es uno de ellos. Junto a otro joven de su edad, Alberto Oikawa, ha creado Bynse, la startup que desarrolla el sistema usado por Agromartin. El proyecto comenzó hace dos años y ha recibido la financiación de dos inversores ángel y el programa Avanza del Ministerio de Industria.

Las cifras

Bynse

16% es el aumento en el rendimiento de los cultivos obtenido por agricultores que usaron tecnologías de precisión, según cifras divulgadas por las asociaciones europeas de productores y cooperativas agrarias.

30% es la reducción en consumo de agua que consiguió una finca de olivos de 50 hectáreas gracias al uso de los sensores de Bynse. Pero de acuerdo con las cifras de Copa y Cogeca, el ahorro puede llegar al 50%.

Los sensores de Bynse recogen información del suelo, los químicos aplicados, las tareas realizadas y el clima. Todos estos datos son almacenados en un servidor cloud que los correlaciona e interpreta para pasar al agricultor un informe detallado.

“La idea es que no tenga que gestionar de manera homogénea toda la finca, sino que pode en un sitio y abone en otro. Ahí es donde conseguimos el ahorro”, explica Martín. “Si las fincas están muy dispersas, el gasto en transporte, por ejemplo, puede ser grande. Trabajando de esta forma, en cambio, puede trasladarse a los puntos críticos solo cuando el sistema se lo sugiere”, abunda.

El servicio cuesta 300 euros mensuales, pero requiere una inversión inicial en la compra e instalación de los sensores que en el caso de un olivar de 50 hectáreas puede variar entre los 7.000 y 10.000 euros.

“Hasta que no termine la campaña el productor no va a poder medir el retorno de su inversión, pero en riego de olivares, por ejemplo, puede conseguirse un ahorro del 30%”, estima.

Bynse, que salió al mercado en 2014, tiene 50 clientes, tres de ellos en Portugal y dos en Marruecos. En España, además de Agromartin, presta servicios a empresas como Hortesca, productora de melones y sandías en Murcia, Agromedina, que cultiva frambuesas en Valladolid, y Proaco, que produce ajos para Mercadona en Córdoba. Este año, la compañía espera duplicar sus ingresos hasta los 300.000 euros.

Hemav es otra startup que está trabajando en agricultura de precisión. Creada en Tarrasa por siete ingenieros de la Politécnica de Cataluña, la empresa embarca los sensores en drones equipados con cámaras que sobrevuelan los campos.

Con los datos y las imágenes recogidas genera mapas del estado vegetativo de las plantas y recomienda medidas de abono, poda o riego.

“La ventaja de usar drones es que puedes auditar toda la explotación”, defiende Cesc Carbó, responsable de la línea agrícola de Hemav. La firma, que recaudó 450.000 euros en una campaña de crowdfunding, también usa sus drones para hacer trabajos audiovisuales, topográficos y de inspección industrial.

drones
Los drones de Hemav están equipados con cámaras térmicas que ayudan a detectar plagas.

Cada vuelo cuesta entre 10 y 35 euros por hectárea dependiendo del servicio contratado y el tipo de cultivo. El cliente no tiene que comprar los sensores. A cambio, la firma promete a sus usuarios una mejora mínima del 5% en producción, aunque en su caso más exitoso el aumento ha sido del 27%.

La startup facturó en el segundo semestre del año pasado 250.000 euros (una restricción legislativa le impidió operar los drones en la primera mitad del año), de los que el 30% provino de la división agrícola. Este año prevé alcanzar su primer millón de euros. La firma tiene unos 30 clientes, sobre todo en Cataluña, Aragón, Andalucía y Extremadura.

“Usar este tipo de tecnologías tiene su coste”, reconoce José Antonio Martín, responsable de Agromartín. “Pero una explotación de tamaño medio se lo puede permitir y con el ahorro de costes obtenido, se amortiza rápidamente”, asegura.

Según unas cifras divulgadas por las asociaciones europeas de productores y cooperativas agrarias, Copa y Cogeca, durante una reciente reunión sobre el tema en Bruselas, los agricultores que usan tecnologías de precisión aumentan el rendimiento de sus cultivos un 16% y reducen el consumo de agua a la mitad.

A la espera de un Android para el campo

Hemav
Un dron de Hemav sobrevuela una finca agrícola.

Bynse y Hemav coinciden en que mientras más pequeña es la empresa agrícola, más reacia se muestra a incorporar las nuevas tecnologías. “La mayoría cree en el concepto y está de acuerdo en que el futuro va en esa dirección”, apunta Gonzalo Martín, de Bynse. “Pero antes de invertir en la tecnología quiere saber quién lo está usando y cómo le ha ido. También quiere saber quiénes somos nosotros y es normal porque somos nuevos en el sector”, comenta.

Por lo mismo, señala que nadie empieza llenando de sensores toda la finca. Lo más común es que se comience con áreas pequeñas. “Cuando pasa una campaña y ven que funciona, amplían la cobertura de los dispositivos”, precisa.

José Luis Miguel, director técnico de COAG (Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos), opina que la popularización de las nuevas tecnologías en el campo va a depender también del desarrollo de un sistema operativo que propicie la aparición de aplicaciones móviles específicas para agricultores, lo que él llama “un Android de la agricultura”. Destaca, además, que el uso de tecnología en las fincas va a servir de estímulo para que más jóvenes quieran trabajar en el campo.

El grado de innovación del sector es otro aspecto que influirá en la adaptación de las nuevas tecnologías. ¿Cuán innovador es el agro español? Una forma de medir la actividad inventiva en el sector es fijarse en el número de títulos de propiedad industrial que tramita.

Según un informe de la consultora Pons Patentes y marcas, en España hay publicadas 23.747 patentes que tienen que ver con agricultura. Solo en 2014 se registraron 676 y este año se espera que se superen las 726. Los mayores solicitantes son el fabricante de tractores John Deere y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

“La cantidad de patentes relacionadas con maquinaria agrícola (trabajo de la tierra, fertilización, cosechado, plantación, etc.) asciende a 3.998, lo que supone el 48% de todos los registros que se han clasificado dentro de las 10 áreas del sector agrícola más solicitadas”, comenta Rafael López, director de la oficina de la consultora en Valencia. “La maquinaria agrícola es, sin duda, uno de las grandes fortalezas de nuestro sector”, añade.

En Europa, en cambio, predominan las patentes relacionadas con la modificación genética de plantas.

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