Editorial

Un verano con las carteras a cubierto

Como ha ocurrido en otros veranos y por razones muy diversas, los inversores se irán de vacaciones este año en un entorno de inestabilidad y alta volatilidad en los mercados. El principal motivo es evidente, la crisis de Grecia, que afronta este domingo una cita clave en un referéndum que puede tumbar al Gobierno de Alexis Tsipras –en el menos dañino de los escenarios– o dejar la economía helena ante un abanico de pésimas posibilidades que podrían incluir hasta el Grexit, la salida del euro. Ocurra lo que ocurra en las urnas, Atenas seguirá provocando marejadas no solo durante los meses de estío, sino probablemente a la vuelta de las vacaciones. Precisamente por este motivo, los analistas aconsejan ponerse a cubierto y preparar la cartera de inversiones para un verano agitado.

La primera variable a analizar es la influencia que pueden tener en los mercados los resultados de la votación. En caso de que triunfe el sí, la Bolsa europea se convertirá en una opción estrella por la elevada relación entre rentabilidad y riesgo. El sector financiero puede beneficiarse especialmente y ejercer de destino preferente para los ahorradores, como también la deuda corporativa periférica. Por el contrario, una victoria del no, además de desatar un ciclón político, social y financiero sobre Atenas de consecuencias nefastas, convertiría la deuda de los países de la periferia de Europa en el activo con peor comportamiento, seguido de las acciones bancarias y, en general, de la renta variable europea. Consejos clásicos como diversificar la cartera o emitir órdenes prefijadas que protejan las inversiones, y una apuesta por valores que ofrezcan dividendos atractivos, muestren una alta exposición al dólar o correspondan a compañías de corte cíclico que puedan aprovechar el tirón de la reactivación económica, constituyen una buena opción para afrontar el verano con prudencia y tranquilidad.

Aunque el atolladero griego no es el único reto que acecha en estos momentos a Europa –cuya recuperación incluye muy diversas velocidades y dispares problemas estructurales–, sí es el más inminente. Pese a ello, incluso en el peor de los casos, el impacto económico que puede tener en la zona euro el total hundimiento griego será negativo a corto plazo, pero siempre dentro de una escala de daño moderada. Por un lado, porque la exposición financiera de la región es pequeña y por otro, porque el BCE dispone de herramientas suficientes para establecer cortafuegos y evitar así un riesgo excesivo de contagio. Lo mismo puede decirse de la evolución de la Bolsa europea, cuyos parqués se están viendo agitados por el convulso desarrollo de los acontecimientos en Atenas, pero que sigue siendo el activo que ofrece más atractivo para invertir.

Cuestión distinta es la mala gestión que pueda hacer Europa del conflicto, que sí puede traer consigo un riesgo importante: el de sentar un mal precedente para cualquier crisis futura que involucre a un socio de la región. Afortunadamente, atrás han quedado los momentos en que la opción de una posible salida por parte de un miembro de la eurozona llegó a poner en cuestión la misma supervivencia de la moneda única. Pero la posibilidad de que Europa pueda ser percibida como una región políticamente débil y amenazada por riesgos potencialmente sistémicos es real y hay que trabajar para atajarla.

Más allá de la crisis de Grecia, la asignatura que Europa tiene ante sí es completar un proceso de consolidación fiscal y de transformación de las economías que permita a empresas y mercados aprovechar al máximo las posibilidades de la recuperación. La conjunción de una serie de factores positivos –como la evolución del precio del petróleo, la devaluación del euro y la política expansiva del BCE– han creado un escenario que ofrece buenas oportunidades de crecimiento para el tejido empresarial europeo. Pero todos ellos son elementos coyunturales, que pueden alimentar, pero no asegurar un ritmo sostenido de crecimiento en el futuro. Las compañías europeas operan en un mercado único en el que perviven todavía barreras y escollos estructurales que es importante remover cuanto antes. Se trata de una transformación profunda, pero cuyos beneficios a largo plazo para Europa son incalculables.

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