Tribuna

¿Desenlace feliz o tragedia griega?

Después de muchos (demasiados) meses de negociaciones, la cuestión griega se acerca a su final. Para bien o para mal, durante los últimos días las cartas se han puesto encima de la mesa y las posiciones de cada uno han quedado al descubierto. La impresión que queda es que el Gobierno griego puede haberse confundido habiendo querido llevar las cosas demasiado lejos.

 

La ruptura de las negociaciones por parte de Tsipras tiene poca justificación. Es cierto que en el pasado los ajustes que se han exigido a Grecia por parte de los acreedores han sido excesivos e incluso contraproducentes. Es verdad que hasta hace muy poco la posición comunitaria continuaba siendo demasiado intransigente. Pero lo que también parece evidente es que la última oferta por parte de los acreedores era lo suficientemente generosa como para poder haber sido aceptada por parte de las autoridades griegas.

En su discurso del pasado lunes, el presidente de la Comisión Europea explicó que en las nuevas condiciones establecidas para Grecia no se exigían recortes salariales ni tampoco reducciones a corto plazo en las pensiones. Lo que sí se pedían eran recortes en el gasto militar y medidas de medio plazo para garantizar la sostenibilidad a largo plazo del sistema público de pensiones. Y se solicitaba también un cierto esfuerzo en gastos e ingresos públicos, suficiente como para que Grecia pudiera alcanzar un superávit primario moderado, condición necesaria para poner la deuda pública griega en una cierta trayectoria descendente.

A cambio de lo anterior, los acreedores se habían mostrado dispuestos a conceder más financiación a Grecia; a aprobar un programa de inversiones para los próximos años; y a considerar, en los próximos meses, una posible reestructuración de la deuda griega, en forma de concesión de más plazo y de rebaja de la carga de intereses.

¿Es todo lo anterior tan inaceptable como para haber forzado a Tsipras a levantarse de la mesa de negociación? Parecería que no, la verdad.

Uno tiende a sentir simpatía por Grecia. En parte por culpa de programas de ajuste mal diseñados en el pasado, el PIB del país heleno se ha caído más de un 25% y los niveles de paro son sencillamente inaceptables. Es lógico pues, hasta cierto punto, que la población griega esté cansada de tanta austeridad que no parece llevar a ninguna parte.

Pero un Gobierno responsable debería entender que su labor, una vez que ha conseguido que los acreedores muestren más flexibilidad, era explicar a su población que aceptar el nuevo programa de rescate era (y es) lo mejor para el país. Sobre todo, porque no hacerlo podría muy bien suponer la salida del país del área euro, algo que muy pocos griegos parecen desear.

El Gobierno griego, sin embargo, ha optado por lo contrario. Ha lanzado un órdago y, en nuestra opinión, todo hace pensar que le va a salir mal. La situación en Grecia se va a deteriorar mucho los próximos días. La gente lo va a sentir en sus propias carnes. Así las cosas, vemos altamente probable una victoria del sí en el referéndum del próximo domingo, aunque sólo sea por las enormes incertidumbres que para Grecia plantea el escenario de salida del euro.

En este escenario, y si Tsipras persiste en su apoyo al no, lo más probable es que Grecia acabe quedándose en el euro, posiblemente con un Gobierno distinto al que hay hoy, con un programa de rescate similar al que ofrecieron los acreedores en su última oferta y con unos términos más favorables para su deuda externa.

¿Qué supone todo esto para el resto de países europeos e incluso para la economía global? En nuestra opinión, si sale el sí en el referéndum, la posibilidad de que toda esta tragedia acabe teniendo efectos importantes fuera de Grecia es muy baja.

Incluso si Grecia acabara saliendo del euro, los problemas no tienen tampoco por qué ser excesivos. En el corto plazo, el BCE ya ha avisado de que hará lo necesario (incluida la activación del OMT) para garantizar la estabilidad de la Eurozona. A medio plazo, y una vez que parece claro que Europa ha hecho todo lo posible para mantener a Grecia en el euro, los riesgos de contagio también deberían de ser manejables, sobre todo si se hacen declaraciones a favor de progresar de forma suficientemente rápida hacia la unión fiscal.

Álvaro Sanmartín Antelo es Chief Economist de Grant Thornton y asesor del fondo Alinea Global

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