Editorial

Grecia solo es solvente y viable dentro del euro

Esta especie de juego de la ruleta rusa al que los gobernantes griegos quieren someter a Europa y a la ciudadanía helena no puede acabar bien. Europa no puede permitirse el lujo de ver quebrado el euro, el más fabuloso proyecto de integración política y económica entre diversos pueblos que se recuerda, y los resistentes ciudadanos griegos necesitan que termine bien este episodio porque en ello han depositado sus esperanzas de supervivencia en el corto plazo y de recomposición de los proyectos de vida en un futuro lo más inmediato posible. La decisión del primer ministro Alexis Tsipras, el pasado viernes, de rechazar de plano una más que aceptable propuesta de sus socios europeos para prorrogar otros cinco meses el rescate, lógicamente a cambio de contrapartidas costosas, y de convocar un referéndum para que sean sus compatriotas quienes tomen la última decisión, es un acto negligente e irresponsable.

Por mucho barniz democrático que el Gobierno griego quiera dar a la convocatoria, y por muy trascendente que sea para el pueblo griego, que lo es, la consulta es una herramienta de todo punto inapropiada para resolver esta cuestión para la que ya ha sido designado un gobierno en el mes de enero en elecciones libres. Los gobiernos están para gobernar, para tomar decisiones, para arriesgar sopesando cada elección y cada descarte; no están para dejar responsabilidades de Estado a los administrados. Además, siendo cierto que los más directamente afectados por el rescate y sus condiciones son los habitantes de la Hélade, sus determinaciones afectarán también a los casi 400 millones de ciudadanos unidos por el euro, y unos pocos no pueden imponer nada a muchos; pueden, eso sí, exigirles más generosidad en el reparto de esfuerzos para superar la crisis.

La generosidad y la templanza son precisamente las virtudes más valiosas en este momento, en el que la desatada marcha de los acontecimientos condena a Grecia a un corralito financiero que solo daña a sus moradores, y que puede culminar con la salida del país del euro. La negociación está rota y las posiciones de Grecia y de los acreedores están en modo ultimátum; el BCE mantiene un delgado hilo de liquidez sine die que sirva para hilvanar nuevos contactos, pero no podrá mantenerlo mucho tiempo si no hay gestos reales de diálogo, voluntad de consenso y generosidad. La banca griega ha cerrado hoy sus ventanillas ante la falta de liquidez suficiente, y Atenas tendrá que dictar, apresuradamente, un mecanismo de control de capitales que afectará a la libertad de circulación del dinero en la Unión Europea consagrada en los tratados.

En paralelo, el BCE y el resto de instituciones europeas deberán echar el resto para parar el golpe de los mercados bursátiles, de deuda y de divisas, que vivirán envueltos en la volatilidad hasta que la sensatez de los griegos acepte las propuestas de Bruselas.

Los riesgos de contagio no son menores, por muy recompuestos que tenga la Unión los mecanismos financieros de defensa tras la crisis de 2011 y 2012. Una parte del este de Europa no integrada en el euro (Serbia, Montenegro, Rumanía) tienen relaciones muy intensas con la banca griega, y países como Chipre, Portugal y, por qué no, España, pueden sentir las sacudidas del mercado contra sus bonos y sus compañías cotizadas. La crisis griega siempre tuvo un elevado componente especulativo para los enemigos del euro, y fue utilizada como blanco de todos los ataques por ser la parte más débil del tablero.

Si Grecia abandonase el euro, Europa habría fracasado, por muchas ventajas que los halcones austríacos, holandeses o alemanes vean en su partida. De hacerlo, los especuladores bien podrían dirigir sus dardos después contra la pieza más vulnerable. Pero Grecia debe seguir en el euro porque fuera sería inviable e insolvente. Ni se recuperaría ni se financiaría. Con una deuda del 170% de un PIB en contracción, honrar sus obligaciones financieras es complicado en euros, pero imposible si volviera a un dracma cien veces devaluado. Las condiciones que la UE pone a Grecia son duras, pero tiene que aceptarlas de una vez, tras haberse negado durante cinco años. Solo después puede hablarse de un tercer rescate con una reestructuración de la deuda, que tampoco sería la primera.

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