Tribuna

Europa, a 30 años

Se cumplen tres décadas desde la firma de adhesión a la entonces Comunidad Económica Europea. El paso del tiempo, con su suave poso, deja al descubierto muchas evidencias que, a veces, nos empeñamos, deliberada y conscientemente, ignorar o minimizar. En el Salón de Columnas del Palacio Real, España y Portugal se homologaban, al fin y por fin, en Europa. No fue fácil llegar a este momento. Trabas, recelos, bloqueos, miedos hacia estos dos países que salían de larguísimas dictaduras, y la competencia en algún sector concreto y para algún país particular habían dificultado el camino. Conviene no olvidarlo, sí superarlo, como se ha hecho. Solo se hace camino caminando. Todo lo que vino después se resume, y únicamente se puede condensar, en una sola expresión, positivo. Este país ha cambiado de arriba hacia abajo y viceversa. No solo en modernidad y homologación, sino en actitudes, comportamientos y mentalidades, por muy cansino a lomos de mula vieja machadiana a la que tanto se entrega, sin embargo. Tres datos, nuestra renta media era notablemente inferior de la europea entonces –por debajo del 75%–, nuestra esperanza de vida aumentó en siete años y han sido cientos de miles de millones de euros los que recibió nuestro país en fondos estructurales, de cohesión, regionales, etcétera, que supusieron un incremento en el PIB, el alcance de convergencia de no pocas regiones españolas, en el empleo, si bien hoy la cifra de desempleo es cinco puntos superior a la de 1985, y en lo que ha supuesto como poder adquisitivo y de compra del español medio. Ello no es óbice para críticas, para errores, para censurar los excesos en inversiones innecesarias e irresponsables.

 Se habló del milagro español, como antes del irlandés. Véanse solo las radiografías de nuestra red de infraestructuras. Su desarrollo, su crecimiento, su expansión y las empresas y sectores que las protagonizaron y que hoy son vanguardia en la internacionalización. El apuntalamiento definitivo del sistema de sanidad, la educación, por muy devaluada que esté en estos momentos en planes académicos descabellados, la innovación, la competitividad, el conocimiento y las tecnologías y sus transferencias hacia todos los sectores, públicos, privados, empresariales o en el hogar.

Solo en los primeros 20 años de adhesión, el crecimiento en el PIB fue vertiginoso, pasándose de un nivel de renta en 1985 de menos de 8.000 euros de media a superar los 23.000 en 2005. Hoy, 30 años después, nuestro PIB se cuadriplicó. Subimos a un tren y llegamos a los vagones de cabeza en algún momento. Nunca a la locomotora. Somos un país grande, con peso en la Unión, si bien no tan grande ni con tanto peso como alemanes, franceses y británicos. No siempre hemos sabido ni querido ejercer ese peso y ha habido errores manifiestos, graves, pero el proceso de construcción, pese al ruido británico y heleno, sigue en marcha. Ha faltado liderazgo en Europa después de Jacques Delors, nunca ha vuelto a haberlo, pero este constructo económico y político aunque en menor plano, nos ha cambiado definitivamente a los españoles.

La España de hoy, pese a los zarpazos de la crisis, aún presentes, pese a los cambios, pese a la erosión de alguno de los pilares clave de nuestro sistema, tanto en lo institucional como en lo económico, es hoy un país más próspero, más moderno, más solidario, más desarrollado e integrador. Europa ayudó a fortalecer y consolidar nuestra democracia y con ella los mejores años de convivencia, futuro y presente.

¿Qué queda por hacer? Todo. ¿Qué puede hacer España por Europa? Casi todo. Europa cambió el rostro y parte de la fisonomía de los españoles, de sus empresas, de sus costumbres, de su sociedad. En todos los campos, personales, sociales, económicos, culturales, académicos, etcétera. España debe y puede aportar estabilidad, ilusión, creatividad, fuerza y estímulo a un proyecto cuestionado con dureza e injustamente. Esa misma Europa que empezó a cuestionarse y modernizarse hace ahora dos siglos, Waterloo, 18 de junio de 1815, y que vivió las peores guerras de la historia. España y Europa no pueden entenderse, ni deben, la una sin la otra. Parte y alma de identidades comunes y especiales, particulares y diferentes, que aúnan voluntad, corazón y esfuerzo. 30 años después, este país, simplemente, es otro. Distinto. Diferente, más abierto, más plural, más dinámico, menos acomplejado, menos víctima, menos pesimista.

Abel Veiga es profesor de Derecho en Icade

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