Editorial

Unos tipos para invertir y no ahorrar

Europa vive una situación financiera que no habían visto nunca los vivos: tipos de interés del 0%. Los temores a la deflación, la certeza del estancamiento económico casi generalizado en el continente y la necesidad de recomponer el sistema financiero y su función, que en la crisis resultó ser el pilar más débil del proyecto euro, han llevado a las autoridades monetarias a practicar un activismo desconocido. Tras varias multimillonarias operaciones de inyección de liquidez en la banca, donde casi todo valía como colateral, el Banco Central Europeo se ha embarcado ahora en una desaforada compra de deuda y cédulas por nada menos que 60.000 millones de euros cada uno de los meses hasta finalizar 2016. Mientras mantiene los tipos de interés oficiales en el cero, presiona con sus prácticas a los tipos de largo y medio plazo para que sigan bajando, a la par que aligera los balances de la banca, la gran tenedora de deuda soberana, y fuerza al dinero de los fondos y los particulares a dejar activos sin rentabilidad real para invertir en alternativas más atractivas, aunque sean menos seguras. Y aunque la semana que ahora concluye ha visto movimientos apuntando a una corrección de ese estatus quo, con subidas muy fuertes en los tipos de largo plazo de los bonos y bajadas de precios de los títulos, el mercado considera que se trata solo de un vaivén cuasi especulativo, y que los tipos seguirán bajos una larga temporada.

Con este escenario, la inmensa masa de liquidez existente en el mercado tiene que replantearse su proceder, como se lo tienen que plantear los pequeños inversores o los pequeños ahorradores. Si el dinero está barato, y nunca lo ha estado tanto, solo tiene sentido invertir, y carece de él, ahorrar. El esfuerzo del ahorro no se remunera, no se recompensa; por contra, se premia el riesgo de la inversión, de la aventura financiera. En España, un país más acostumbrado al ahorro tradicional, al apego al depósito a plazo en la banca remunerado a tipos nominales aceptables, este comportamiento debe ir corrigiéndose, puesto que de mantenerse, los particulares únicamente se habrán convertido en proveedores de liquidez barata a la banca.

Ha llegado, por tanto, la hora del riesgo, de asumir una dosis, aunque sea controlada, de aventura, para obtener la rentabilidad nominal que antes se lograba con la comodidad y pasividad de los depósitos a plazo o incluso de los bonos de deuda pública. Los nada despreciables avances que lleva acumulados la Bolsa en toda Europa no responden a otro patrón de comportamiento que ese: salida de la deuda en busca de rentabilidades, aunque ello suponga poner en riesgo el sagrado mantenimiento del capital. Este mismo movimiento se ha producido en EE UU, Reino Unido e incluso Japón, y generalmente con desempeños muy aceptables para la economía, que ha comenzado a consolidar crecimientos razonables. De producirse esta misma reacción en todas las economías de Europa, las empresas mejorarán, y mucho, su cuenta de resultados, y con ella, los precios de sus acciones y los retornos por la vía de los dividendos, lo que supone consolidar una doble vía de rentabilidad.

En todo caso, aunque la Bolsa es el mercado que los expertos citan como más atractivo con el actual escenario de tipos, inflación y crecimiento, exige una serie de cautelas para quienes nunca pusieron allí su dinero y quieren hacerlo ahora. Es necesario el asesoramiento de los expertos, y optar por empresas con carreras de cotización muy largas y de reconocidos resultados, así como de pagos regulares a sus socios, y pensar más en el largo plazo que en la rentabilidad rápida.

Y más allá de la búsqueda de rentabilidad con seguridad, la inversión en proyectos empresariales es una iniciativa que activa el propio crecimiento de la economía, y que gana importancia en un momento en el que la financiación bancaria de la actividad está en buena parte retenida. Y una segunda fórmula de financiación empresarial es la que ofrecen los bonos de las empresas, que suelen reportar rentabilidades apetitosas y en muchos casos se trata de emisores cuasi tan robustos como un Estado. Además, siempre que se mantengan hasta su vencimiento, los bonos proporcionan más seguridad que las acciones, puesto que además tienen prelación de cobro frente a los dividendos para los accionistas.

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