Editorial

Una solución sin demora para Grecia

Pese al esperanzador diagnóstico sobre las perspectivas de la economía europea que realizó el miércoles el presidente del BCE, Mario Draghi, y las firmes garantías que dio sobre la solidez de su plan de compras de deuda, los mercados frenaron ayer su senda alcista por las perturbaciones que llegan de Grecia. Aunque Draghi descartó una posible suspensión de pagos de Atenas, las bolsas europeas acusaron el efecto de unos rumores que afirman que el Gobierno de Alexis Tsipras podría ser incapaz de afrontar su siguiente vencimiento de deuda en abril. El Ibex, que ya sufrió a principios de semana un correctivo por este motivo, volvió a vivir otro ayer, y cerró la sesión con una caída del 1,42%, lo que le aleja de momento de la anhelada cota de los 12.000 puntos. La de ayer fue la peor sesión desde el pasado 3 de marzo. Una jornada bajista que se repitió en otras bolsas europeas y se cebó especialmente con el sector bancario, el más vulnerable a las turbulencias que provoca el riesgo recurrente de impago de Grecia.

El tira y afloja entre el Gobierno de Tsipras y la troika sigue sin resolverse y parece avanzar hacia un enquistamiento que no beneficia a ninguna de las partes, pero que tampoco nadie parece tener afán resolutivo suficiente para resolver. La próxima cita de Atenas es en el Eurogrupo del 24 de abril. Pero a día de hoy, el Gobierno de Tsipras sigue sin aportar una lista de reformas capaz de convencer a la troika y a sus socios europeos para desbloquear la ayuda pendiente del segundo rescate del país. A los rumores sobre el posible impago de abril se sumaban ayer informaciones de la prensa anglosajona, que aluden a una firme negativa del FMI a la petición de Atenas de retrasar otro de sus vencimientos. Un cóctel virulento que ha sembrado la inquietud entre los inversores en toda Europa.

A medida que el conflicto griego se enrarece comienzan a oírse más y más voces que aluden a un Grexit –salida del país de la zona euro– como la solución más beneficiosa para la UE y para la propia Atenas. Uno de los frutos positivos que ha dejado la dura crisis de deuda soberana que ha vivido Europa es el haber perdido el miedo a que la posibilidad de salida de una pequeña economía de la zona euro pueda resquebrajar la unión monetaria. Pese a ello, el Grexit debería continuar siendo una solución de último recurso, de la misma forma una amputación lo es ante un pierna gangrenada. Mientras ese escenario límite no se produzca, Europa debe seguir esforzándose por cerrar cuanto antes un acuerdo con Atenas que no deje dudas sobre la necesidad de respetar las normas del juego –aprobar reformas y hacer frente a las obligaciones financieras– y que sea lo suficientemente realista como para que Grecia pueda aceptarlo y cumplirlo.

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